La pelota ya empezó a rodar y, con ella, el inicio de la cita deportiva más importante del mundo. Altos índices de audiencia televisiva en los partidos, el furor del álbum Panini, con láminas agotadas y eventos masivos de intercambio, camisetas de selecciones mundialistas por todos lados. No hay duda: el Mundial ha llegado.
Eso sí, la herida aún está fresca: Chile no participará en esta Copa del Mundo. No tendremos la dicha de ver el último Mundial de Alexis o de Vidal, ni los primeros pasos de una nueva camada de jugadores, ¿cómo podemos explicar la fiebre mundialista que se está viviendo en el país?
Durante un mes, la Copa del Mundo funciona como un gran organizador psicológico y social de la atención. No solo convoca a fanáticos del fútbol; instala un calendario emocional común, produce conversaciones obligadas, reactiva recuerdos e identidades colectivas, ofrece relatos dramáticos de incertidumbre y convierte partidos en rituales compartidos. Por eso, incluso quienes no se consideran aficionados o futboleros quedan expuestos, interpelados o arrastrados por el acontecimiento.
Desde la psicología, el Mundial no solo afecta a los fanáticos del fútbol; basta con que sea el tema dominante del ambiente social para influir a la mayoría. Aparece en noticieros, redes sociales, oficinas, familias, colegios, universidades, marcas, memes, apuestas, publicidades y conversaciones cotidianas. La atención colectiva hace que el Mundial sea difícil de esquivar. Dicho concepto explica cómo millones de personas orientan su atención hacia el mismo objeto durante un periodo breve e intenso.
Pero ¿qué puede ser más potente que la orientación de la atención hacia un mismo objetivo? Lo que sentimos. El Mundial no solo genera audiencia; primordialmente genera un clima emocional envolvente. “¿Viste el partido?”, “¿viste el gol?”, “¿viste los penales?”, “¿viste ese robo?”, “¿dónde viste la final?”. El evento genera un clima emocional antes, durante y después del partido. Incluso, la ausencia de la selección chilena en la cita mundialista no elimina la emoción colectiva; más bien desplaza sus objetos de identificación hacia otros lugares: una final, una selección sorpresa, una figura como Messi, Mbappé o Cristiano Ronaldo, una selección latinoamericana, un equipo “débil” que avanza, una rivalidad histórica o una narrativa moral de justicia o injusticia deportiva. Desde la psicología social, este fenómeno puede comprenderse como una expresión de emociones colectivas: afectos que no se viven solo de manera individual, sino que circulan, se amplifican y adquieren sentido dentro de un “nosotros”.
Al final, un Mundial es mucho más que una sucesión de partidos. Es una pausa simbólica en la rutina del mundo, y en algún sentido, se transforma en una realidad paralela o alternativa a la cotidianidad. Durante algunas semanas, millones de personas saben que algo está ocurriendo al mismo tiempo: alguien celebra, alguien sufre, alguien espera, alguien recuerda, alguien se suma aunque diga que no le interesa. Durante un mes, la vida cotidiana se mezcla con goles, cánticos, penales, y con ello, con esperanzas, decepciones y celebraciones ajenas que, de alguna manera, también se nos impregnan, se vuelven propias.
Quizás sea importante detenernos en la palabra «Mundial», siendo este un adjetivo, en esta competición se transforma en un sustantivo, “el mundial”, lo cual refleja la importancia global del fenómeno. Más allá de ser un torneo internacional más, constituye uno de los pocos acontecimientos de la cultura contemporánea capaces de convocar a gran parte de la humanidad en torno a una experiencia común. Durante algunas semanas, personas separadas por idiomas, culturas, religiones e ideologías comparten emociones similares y participan simbólicamente de una misma historia. Sin borrar en lo más mínimo nuestras diferencias ni los conflictos que atraviesan y desgarran nuestras sociedades, el Mundial nos recuerda que existe una dimensión de la experiencia humana que nos une y que, más allá de nuestras identidades particulares, también formamos parte de una humanidad compartida.
La pelota, entonces, no es solo un objeto deportivo, se convierte en un organizador de conversaciones, identidades y emociones compartidas. Y sí, Chile no participará en la cancha, pero el fenómeno persiste porque el Mundial no pertenece únicamente a quienes juegan ni a quienes ganan. Pertenece primordialmente a quienes miran, comentan, recuerdan, se emocionan o simplemente no pueden evitar enterarse. Esa es su paradoja psicológica: incluso cuando creemos estar fuera, el Mundial encuentra formas de incluirnos en una emoción colectiva. Por un mes, el fútbol nos recuerda que las emociones rara vez son completamente privadas; muchas veces, también se juegan en común.
