En los tiempos que corren hay una paradoja difícil de ignorar. Mientras muchas voces especializadas repiten que el pensamiento crítico, la creatividad, la capacidad de diálogo, la adaptación al cambio y la comprensión de contextos complejos serán competencias decisivas para el futuro, nuestras autoridades gubernamentales parecieran estar dando señales que tienden a mirar las humanidades, las artes y las ciencias sociales como áreas secundarias frente a aquellas disciplinas consideradas “útiles” para el desarrollo económico.
La paradoja no es menor. Si existe algo que las humanidades, las artes y las ciencias sociales nos han enseñado con el tiempo es a no dar por sentada la verdad sobre todo lo que se nos dice. Pensar de manera crítica es fundamental para no confundir paja con trigo. Y eso incluye, naturalmente, al poder y sus acólitos.
Desde el cristianismo, espacio que muchas autoridades dicen habitar, esta cuestión adquiere una dimensión todavía más profunda. La vida cristiana, con toda la humanidad que supone, no reconoce una obediencia ciega al poder de los hombres.
La tradición cristiana, y particularmente la doctrina católica, no identifica obediencia con sumisión pasiva al poder político. Es más, el mismo Catecismo de la Iglesia Católica reconoce el derecho y el deber de ejercer una crítica constructiva frente a quienes ejercen el gobierno.
«Su colaboración leal entraña el derecho, y a veces el deber, de ejercer una justa crítica de lo que les parece perjudicial para la dignidad de las personas o el bien de la comunidad».
Por ello, cuando una autoridad entra en contradicción con la conciencia moral, la justicia, la dignidad humana y el bien común, aparece un principio decisivo y orientador: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”.
De esta manera, en el ámbito de otras “utilidades”, las humanidades adquieren una importancia que resulta difícil de pasar por alto. Filosofía, historia, literatura, arte, teatro y ciencias sociales constituyen espacios donde una sociedad aprende a formular preguntas incómodas: ¿qué entendemos por justicia?, ¿qué significa vivir dignamente?, ¿quién queda fuera de nuestras decisiones?, ¿qué tipo de sociedad estamos construyendo?, ¿qué relaciones de poder se esconden detrás de aquello que se nos presenta como inevitable?
Hablamos entonces de disciplinas que nos obligan a preguntarnos para qué queremos conocer y, por sobre todo, qué clase de ser humano estamos formando.
En una época donde la priorización es tema obligado para una esperable buena gestión, no es objetable el sentido profundo de la misma. Sabemos, además, que es muy necesaria en tiempos de restricción económica. Pero también es bueno recordarlo: dichas selecciones en el espacio público incumplen su legitimidad si están alejadas del bien común.
El problema, siempre hay uno, es que en momentos de polarización y, cómo no, de resquebrajamiento democrático, el citado bien —tristemente— obra como anzuelo de campaña y no mucho más.
En ánimo de no caer en majadería, es válido preguntarse cuántos errores se han venido cometiendo en nombre de priorizaciones ancladas en la levedad, diagnósticos precarios o certezas temerarias. Sólo recordemos cómo se ha ido restando espacio curricular a Historia, Filosofía, Artes y Ciencias Sociales en nuestro sistema escolar. Una curiosa manera de enseñar a pensar a nuestra juventud, quitando horas a las asignaturas que buscan hacerlo.
Otras priorizaciones han implicado modificaciones metodológicas y curriculares que ha tenido como resultado un bajo impacto a nivel de lecto escritura y comprensión lectora en nuestros escolares, llevándonos a sitiales indeseados y comparativamente desventajosos que desde luego no sientan base para pensamientos propios y profundos.
Con todo, el problema de subestimar estas áreas no es exclusivamente presupuestario. Es, en último término, un problema político y cultural. Una sociedad que reduce, por ejemplo, la educación a la adquisición de competencias funcionales corre el riesgo de formar excelentes ejecutores sin capacidad suficiente para preguntarse por el sentido de lo que hacen.
Surgen entonces preguntas sobre el propósito de lo impulsado por el Estado en diferentes administraciones, así como otras sobre los modelos políticos que no valoran la deliberación en los espacios ciudadanos. Es decir, sobre cómo se habita coherentemente la democracia.
En un mundo donde la inteligencia artificial amenaza con la homogenización y donde ésta ya está ocasionando pérdidas de trabajo, sería bueno preguntarse cómo establecemos diferenciación innovadora. Porque si todos tenemos las mismas respuestas a los problemas que nos limitan, el porvenir puede ser oscuro. Hay que tener cuidado con las adoraciones fetichistas, en este caso tecnológicas, las que pueden llevarnos a situaciones indeseadas y, por cierto, perjudiciales.
El llamado es a no descuidar las disciplinas que históricamente han propiciado nuestra libertad, desarrollado argumentación, interpretación, imaginación, reflexión ética y capacidad de mirar los problemas desde perspectivas diferentes.
Claro, esto requiere humildad frente a respuestas incómodas. Al mismo tiempo, vale tener presente que saber escuchar es un atributo de ese bien escaso que llamamos inteligencia.
Como persona de las humanidades que ha estudiado el teatro, puedo decir que este último, en cierto sentido, es un lugar donde una sociedad se mira a sí misma. Shakespeare interrogó al poder, Sófocles enfrentó la ley humana con la conciencia, Brecht convirtió al espectador en observador crítico y nuestro teatro chileno y latinoamericano ha sido, una y otra vez, un espacio para representar aquello que el discurso oficial preferiría mantener fuera de escena social.
Por eso, cuando un gobierno subestima las humanidades, las artes y las ciencias sociales, quizá no esté simplemente reduciendo determinadas áreas del conocimiento. Puede estar debilitando algunos de los instrumentos culturales que permiten a una sociedad pensarse a sí misma y cuestionar la manera en que se ejerce el poder. Y ello está muy alejado de la muy proclamada libertad con que algunos ganan elecciones.

Todo ésto es por platas más, platas menos en recursos presupuestario cierto????? Los recursos fiscales es el único sistema de financiamiento o cada grupo puede y debiera gestionar aportes??????? Por otro ladobhe leído que años anteriores humanidade, artes y otras se llevaba 80 y científico 20 y ahora se invertiría, cierto??? No recuerdo que reclamaran cuando % era al revés…….
Me parece que no se trata de descartar el aprendizaje de las humanidades, sino de cambiar algunos énfasis en función de las nuevas capacidades necesarias para enfrentar el siglo XXI
Los niños son una esponja y son capaces, como lo fuimos nosotros, de estudiar historia, geografía, filosofía, biología, francés, inglés, latín y arte además de todos los ramos científicos como física, química, matemáticas, álgebra y ahora agregarle la IA. Cada día se les exige menos y las consecuencias están a la vista.