El mundo Parisi vuelve a estar en el centro de la elección. Con cerca de un 20% en primera vuelta, ese electorado, desconfiado de la élite y sensible al bolsillo, se ha convertido en árbitro de la presidencial. Hicimos un análisis de datos de la encuesta Pulso Ciudadano de Activa, y de ahí emergen las cifras que siguen: un votante que no se identifica con la izquierda tradicional ni con los partidos clásicos, pero que responde a la experiencia de gobierno y a la percepción de orden o desorden que proyectan los candidatos.
La gran diferencia con 2021 es el voto obligatorio. Entonces, bajo voto voluntario, en una simulación de transferencia de votos estimamos que el 45,9% de quienes apoyaron a Franco Parisi habrían optado por quedarse en casa en el balotaje. Hoy esa salida desaparece: el votante molesto debe elegir entre marcar un nombre o expresarse a través del voto nulo o blanco.
En ese contexto, al analizar datos de la encuesta Pulso Ciudadano de noviembre, emerge una señal que el oficialismo no puede ignorar. Según la encuesta, la mitad de los electores del PDG (50%) declaraba estar dispuesto a apoyar a José Antonio Kast en segunda vuelta, mientras un 31% se inclinaba por el voto nulo o blanco y sólo un 20% optaba por la candidata del gobierno, Jeannette Jara. No es una adhesión afectiva, pero sí una inclinación clara: cuando se les obliga a elegir, muchos parisi-boys parecen ver menos riesgo en un giro hacia el orden y la estabilidad que en la continuidad de la experiencia oficialista.
La misma medición muestra que el resto de la derecha también tiende a cuadrarse con Kast: entre quienes votaron por Johannes Kaiser, un 88% se va al candidato republicano, y en el caso de Evelyn Matthei un 57% de sus votantes se dirige a Kast, mientras sólo un 16% cruza hacia Jara. Incluso en el segmento más moderado del sector, la candidata oficialista no logra convertirse en alternativa masiva para quienes buscan cambios con prudencia.
El dato más duro para La Moneda aparece al mirar el “antivoto”, la figura de rechazo. Entre los votantes de Parisi, el rechazo a Jara llega al 52,2%, mientras que el rechazo a Kast se mantiene en apenas 9,4%. En los votantes de Matthei se repite el patrón: cerca de un 40% declara que jamás apoyaría a Jara. Es decir, el mundo indispensable para ganar la elección tiene barreras mucho más altas hacia el oficialismo que hacia Kast.
Desde una perspectiva de centroderecha, estos números dibujan una oportunidad, pero también una responsabilidad. El votante de Parisi no se va a enamorar de un programa ni de un partido, pero sí puede ser persuadido de que un gobierno que ponga el foco en seguridad, crecimiento económico y control del desorden institucional es preferible a prolongar el experimento actual. Si la oposición no ofrece ese mínimo de certeza, muchos de esos ciudadanos optarán por el refugio del voto nulo o blanco, con el costo institucional que ello implica.
La magnitud potencial de esos votos “de protesta” no es un detalle técnico. En un escenario polarizado, un porcentaje alto de sufragios nulos y blancos no invalida la elección, pero sí erosiona la legitimidad de origen del ganador. Un presidente electo con un porcentaje razonable entre los votos válidos, pero bajo respecto del padrón total, enfrentará cuatro años de debilidad política.
Todo esto debe leerse con cautela: las encuestas son fotos de instantes en el tiempo y las, submuestras son pequeñas. Una frase desafortunada, un debate mal resuelto o un cambio en el clima económico pueden mover esos puntos que hoy parecen tan favorables a la derecha.
Parisi construyó buena parte de su fuerza en el norte, en regiones golpeadas por la crisis migratoria, la delincuencia y la sensación de abandono estatal. Allí, la idea de orden, control de fronteras y reglas claras pesa más que cualquier discurso abstracto sobre “procesos” o “modelos de desarrollo”. Si Kast logra conectar con ese malestar y ofrecer una salida creíble, el voto Parisi será hacia él; si no lo hace, aun puede emigrar hacia Jara o, peor aún, aumentará la tentación de la papeleta nula como castigo a “fachos y comunachos”.
En definitiva, el análisis sugiere que el llamado “voto huérfano” no es tan neutral como algunos suponen. La combinación de voto obligatorio, cansancio con el experimento de izquierda y menor rechazo a Kast que a Jara abre un espacio real para que la oposición transforme el enojo en mayoría. Pero también advierten de un riesgo: si ese mundo se refugia masivamente en el voto en blanco o nulo, el próximo gobierno —sea cual sea su signo— nacerá débil. Para quienes creen que Chile necesita recuperar el orden, la seguridad jurídica y un rumbo económico más claro, la disyuntiva es sencilla: o el desencanto se canaliza hacia una opción de cambio más firme, o se diluye en papeletas que no suman.
* Miguel A. López (IEI, Universidad de Chile) – Nicolás Miranda (Universidad de Salamanca)

Excelente!!