Credit: @PM_ViktorOrban

Viktor Orbán gobernó Hungría durante 16 años con la convicción inquebrantable de que había llegado para quedarse. Con el fin de reducir la labor de la prensa libre convirtió el 80% de los medios de su país en un altavoz propio. Así lo documentó Reporteros Sin Fronteras, que lo calificó como “depredador de la libertad de prensa”. Reformó la Constitución de su país en 15 ocasiones, rediseñó los tribunales a su medida y manipuló los límites de los distritos electorales para que las zonas donde ganaba su partido tuvieran más peso que las zonas donde perdía. El domingo 12 de abril los húngaros decidieron que era suficiente.

Orbán construyó un sistema pensado para perpetuar su propia permanencia en el poder. Cada reforma, cada ley, cada nombramiento fue pensado para disminuir cualquier voz disidente. Apuntó contra Bruselas, contra la prensa independiente y contra el Poder Judicial. Lo que no vio, o no quiso ver, es que mientras levantaba muros hacia el exterior, el interior se erosionaba en silencio.

Según la Comisión Electoral húngara, en las elecciones del domingo votó el 78,8% del electorado. Esta es la participación más alta desde la caída del comunismo en 1989. Ese número se explica, en parte, por un sentimiento popular que se enquistó fuertemente: la población húngara sintió que su vida cotidiana estaba sufriendo un malestar profundo. El voto manifestó, lejos de las interpretaciones de algunos sectores progresistas, un descontento concreto con las condiciones de vida de los últimos años. No fue consecuencia de un cambio de carácter ideológico.

Reuters ha declarado que Hungría lleva tres años de estancamiento económico con un alza vertiginosa del costo de vida. Lo anterior, sumado a los escándalos de corrupción que involucraron a Orbán y a su cúpula partidaria del Fidesz hicieron que su relato fuera insuficiente para retener el poder. Su narrativa que siempre fue más grande, siempre más épica siempre contra algún enemigo externo, había dejado de alcanzar para cubrir la realidad.

Esa es la vulnerabilidad estructural que el populismo autoritario no puede ver en sí mismo: necesita que el relato sea permanentemente más grande que la realidad. Cuando la realidad lo supera, el sistema no tiene anticuerpos, porque durante años eliminó todo lo que podría haberle advertido que estaba perdiendo a la gente. Los sistemas que se blindan contra el adversario externo suelen quedar completamente indefensos ante el desgaste interno. Orbán dedicó 16 años a blindarse contra sus enemigos. Nadie le dijo, o nadie se atrevió a decirle, que el verdadero peligro no estaba afuera. Esa es quizás la lección más antigua de la política: los líderes que silencian las voces críticas no eliminan los problemas, sólo eliminan la posibilidad de escucharlos a tiempo.

Coordinadora internacional de IdeaPaís

Participa en la conversación

2 Comments

Deja un comentario
Debes ser miembro Red Líbero para poder comentar. Inicia sesión o hazte miembro aquí.