La historia internacional suele ofrecernos acontecimientos cuya verdadera trascendencia sólo se comprende cuando somos capaces de relacionarlos. Dos hechos ocurridos prácticamente en forma simultánea merecen hoy esa mirada: la XXX Cumbre Iberoamericana, celebrada en Madrid los días 4 y 5 de noviembre, y las elecciones legislativas estadounidenses del 3 de noviembre, cuyos resultados modificaron significativamente el equilibrio político en Washington.
A primera vista, poco tienen en común. Sin embargo, ambos podrían estar anunciando nuevas posibilidades para el multilateralismo, la cooperación internacional y, especialmente, para el futuro de Chile y América Latina.
Madrid: mucho más que una Cumbre
Bajo la presidencia del rey Felipe VI, y con nuestro compatriota Andrés Allamand al frente de la Secretaría General Iberoamericana, los 22 países lograron una declaración conjunta que no había sido posible en el encuentro anterior de Ecuador.
Los acuerdos sobre inteligencia artificial, movilidad académica, cooperación, cuidados y prevención de desastres representan avances concretos. Pero el verdadero significado de Madrid va más allá de esos compromisos.
La presencia del secretario general de Naciones Unidas, António Guterres; del presidente del Consejo Europeo, el portugués António Costa; y de la vicepresidenta ejecutiva de la Comisión Europea, Teresa Ribera, otorgó a la reunión una dimensión política que trasciende ampliamente el espacio iberoamericano.
Especial importancia tuvieron las palabras de Costa, quien afirmó que fortalecer las relaciones entre Europa y América Latina ya no constituye simplemente una opción, sino una necesidad estratégica.
No es una declaración menor. Europa reconoce que nuestra región posee recursos naturales esenciales, capacidades productivas, mercados relevantes y un potencial de cooperación que adquiere creciente importancia frente a la competencia entre las grandes potencias.
La Unión Europea es ya el principal inversor extranjero en América Latina y el Caribe, con inversiones directas superiores a 800.000 millones de euros. Su compromiso de profundizar esta asociación, teniendo como próxima referencia la Cumbre UE-CELAC de 2027, abre posibilidades que nuestros países deberían aprovechar.
Madrid demostró, además, que incluso entre gobiernos con profundas diferencias ideológicas sigue siendo posible alcanzar entendimientos. Es una señal alentadora en tiempos en que la confrontación parece imponerse sobre el diálogo.
Washington: la democracia modifica los equilibrios
Mientras Madrid reafirmaba el valor del entendimiento multilateral, los ciudadanos estadounidenses entregaban, mediante las urnas, un mensaje político de gran trascendencia.
El triunfo del Partido Demócrata en ambas cámaras del Congreso, con importantes victorias en territorios tradicionalmente republicanos y una participación destacada de candidatos moderados, introdujo nuevos contrapesos frente a la administración del Presidente Donald Trump.
No significa un cambio de gobierno ni asegura una transformación inmediata de la política exterior estadounidense. Pero sí modifica las condiciones en que deberán discutirse decisiones sobre comercio internacional, alianzas estratégicas, seguridad y relaciones hemisféricas.
El resultado recuerda una característica esencial de las democracias: su capacidad para corregir rumbos y restablecer equilibrios institucionales mediante la voluntad ciudadana.
Para América Latina podría abrirse un espacio de interlocución más amplio con Estados Unidos, especialmente si las nuevas mayorías parlamentarias favorecen una discusión más profunda sobre cooperación, inversiones y relaciones con nuestro continente. Sería prematuro anticipar resultados. Pero igualmente equivocado sería ignorar el significado de este nuevo escenario.
La coincidencia que Chile debe interpretar
Aquí reside, a mi juicio, el aspecto más interesante de ambos acontecimientos.
Madrid expresa una renovada voluntad europea de acercamiento estratégico a América Latina. Washington introduce nuevos equilibrios institucionales en la principal potencia de nuestro hemisferio.
Son procesos distintos, pero su coincidencia podría ampliar los márgenes de acción internacional de nuestros países.
Chile no debe interpretar este escenario como una obligación de escoger entre Europa y Estados Unidos, ni mucho menos como una invitación a participar en sus diferencias políticas. Nuestra fortaleza reside precisamente en mantener relaciones constructivas con ambos, diversificar nuestras alianzas y preservar nuestra capacidad de decisión soberana.
Disponemos de una extensa red de acuerdos comerciales, recursos estratégicos para la transición energética, instituciones con experiencia internacional y una tradición diplomática que ha sabido combinar principios con pragmatismo.
El desafío consiste en transformar esas ventajas en inversiones, transferencia tecnológica, desarrollo productivo y oportunidades concretas para nuestros ciudadanos.
En este contexto, la orientación estratégica que viene desarrollando nuestra Cancillería, combinando firmeza en la defensa de la soberanía, prudencia diplomática y apertura a la cooperación internacional, parece avanzar en la dirección adecuada. Es una línea que merece continuidad, porque responde a intereses permanentes de Chile y no a las contingencias ideológicas de cada momento.
¿Una señal frente al nuevo orden internacional?
Estos acontecimientos adquieren particular significado cuando observamos las profundas transformaciones que experimenta el sistema internacional.
La competencia entre potencias, el debilitamiento de las instituciones multilaterales y la creciente primacía de los hechos consumados están configurando una realidad en la que el poder parece imponerse cada vez más sobre las normas.
Es precisamente la tensión que he procurado examinar en mis reflexiones sobre la nueva doctrina internacional que comienza a emerger.
Madrid ofrece un contrapunto: demuestra que la negociación y el multilateralismo todavía pueden producir acuerdos. Washington, por su parte, recuerda que las instituciones democráticas conservan mecanismos capaces de modificar los equilibrios del poder.
Ninguno de estos acontecimientos garantiza por sí solo una transformación del orden mundial. Pero ambos muestran que la política internacional no está determinada exclusivamente por la fuerza de las grandes potencias.
También cuentan las instituciones, la voluntad ciudadana, la capacidad de diálogo y la inteligencia diplomática.
Una oportunidad que no debemos desperdiciar
América Latina necesita abandonar su frecuente condición de espectadora de las grandes transformaciones internacionales y asumir un papel más activo en la construcción de su futuro.
Chile puede contribuir a ese propósito mediante una política exterior que privilegie los intereses nacionales permanentes, fortalezca la cooperación regional y proyecte nuestra presencia internacional con autonomía y visión estratégica.
Madrid y Washington podrían estar abriendo una ventana de oportunidad. Corresponde a nuestra diplomacia reconocerla y transformarla en resultados.
Porque, finalmente, la grandeza de una política exterior no consiste en escoger entre las grandes potencias, sino en construir, con inteligencia, prudencia y firmeza, el lugar que nuestra nación merece ocupar entre ellas.
