Lula
Foto Twitter Lula

Lula da Silva ha vuelto recargado y en este nuevo periodo ha radicalizado sus posturas con todas las izquierdas del continente, sin distingo de sus diferentes versiones, añadiendo a lo anterior su decidido entusiasmo por liderar América del Sur y tener protagonismo en el reajuste del sistema internacional. Tanto es así que se ha puesto a promocionar una mediación frente a la invasión de Ucrania, teniendo en cuenta sus convergencias con Rusia, que exceden este ámbito, y se proyectan en el nuevo diseño de un sistema económico que prescinde del dólar y de la hegemonía estadounidense.

A través de los BRICS y en la reciente reunión del G-7 trata de plantear la voz del Sur Global (a través de otros polos emergentes) con Sudáfrica e India, aunque es bien discutible que China Popular sea un socio de ese Sur como lo son efectivamente India, Sudáfrica y Brasil, cada uno con fortalezas y pies de barro.

Ahora bien, su voz no ha sido disonante respecto de Petro o de López Obrador, quien acaba de llenar de elogios a la democracia cubana, para denostar seguidamente al gobierno peruano. Por su parte, Petro ha dicho que el avance de Vox en España le parece como el avance del nazismo. Y Lula, para no ser menos, ha dicho que Maduro es víctima de una narrativa mediática, y que debe ser reintegrado a la integración latinoamericana. Poco importa que Boric conteste, en este carnaval de maximalismos que se trata de sufrimientos reales, o que Felipe González haya comentado, en Madrid, el informe del Instituto Casla que incluye el manual del Sebin, el organismo de inteligencia, que protocoliza interrogatorios y castigos a los adversarios políticos. De modo que los supuestos montajes de los medios de comunicación no son invenciones, sino que es una práctica sostenida sobre la violación de los derechos de las personas.

Ahora bien, algunas observaciones. En política internacional el tamaño sí importa, y es evidente que Brasil tiene la capacidad de representar un polo de poder en esta parte del mundo. No se trata de representatividad regional, sino de poder internacional. En este sentido el país que contiene algo más del 50% del territorio, la población, el PIB, las FF.AA. de América del Sur, tiene un sitial por sí mismo y capacidades para liderar persuasivamente al resto de la región. Pero incluso en este aspecto, Brasil no está solo en las Américas, ni en el mundo, y hay otros intereses nacionales en la región, que es un continente, no un país.

En este punto Brasil no representa a América del Sur cuando interviene en la guerra de Ucrania ignorando que la región ha censurado esa agresión, ni cuando quiere liderar en G-7 compitiendo con India. Brasil lo hace cuando reactiva viejos proyectos como Unasur (2008-2020), que fue el proyecto de integración del actual Presidente.

Aquí empiezan los problemas, cuando ese liderazgo convierte una invitación a once gobiernos en conversar sobre integración y cooperación, para en otra fase buscar la resurrección de su proyecto regional anterior que fracasó por la sobre ideologización. Porque hay que actuar en bloques de poder, ha dicho Lula, para que la voz regional sea escuchada. Con todo, la Cumbre informó el 30 de mayo de la elaboración en 120 días de una hoja de ruta entre los participantes para alcanzar una “efectiva área de libre comercio” abarcando líneas maestras para el fomento del comercio, las inversiones, medidas unilaterales, cooperación económica. Esta coordinación que incluye también a Perú, Ecuador y Uruguay, promoverá cooperación en salud, ambiente, infraestructura, energía, seguridad fronteriza, transformación digital y crimen transnacional.

Dependerá su éxito de cuánto coincidan con Van Klaveren, quien ha dicho que la política exterior de Chile busca mecanismos y opciones pragmáticas, en que puedan caber distintas visiones políticas para que cuando haya un cambio de signo en los países miembros, estos no cancelen la membresía. Pero esto peligra porque Lula ha acentuado su dogmatismo y se basa en un frente común con AMLO y Petro, en el cual hay buenos y malos según su visión. Mientras AMLO trata de torpedear la Alianza del Pacifico, Lula vuelve al pasado y pasa revista de curso con sus colegas del subcontinente e induce a tratar los problemas del continente como producidos por la ausencia de su visión del mundo.

En este sentido, la voz de Boric ha sido disonante al disentir de su blanqueamiento del régimen venezolano, aunque se reconozca la necesidad de acordar pautas mínimas acerca de la migración que, desde su país, huye de la represión, la inseguridad, el hambre y el hundimiento económico. En este sentido, recibir con honores a Maduro y reintegrarlo a la comunidad sudamericana hace concluir que en términos de democracia no hay un mínimo aceptable en la región y que el documento resultante bajo el nombre de Consenso de Brasilia, reduce el estado de derecho democrático a elecciones amañadas. También que Brasil intenta liderar, no aunar, un proceso auto inducido que incluye una moneda propia. Obviamente que los intereses nacionales no pueden plegarse a diseños pretendidamente no alineados, anti hegemónicos, funcionales a los intereses chinos y rusos, sin mostrar un mínimo de autonomía frente a este intento.

Hay un costo adicional al protagonismo de Lula, cual es que los costos de su estrellato mediático internacional lo paguen los actores menores de la región. Si eso ocurre el retorno de Unasur será lo peor de los mundos: sobreideologización, discursos políticos selectivos, y funcional a un liderazgo brasileño que también tiene debilidades globales en la pugna por el poder. Brasil, aunque sea grande, juega en lides menores a Europa, Rusia y China, y por eso su propuesta sobre Ucrania cae en el vacío, más si otro aliado de Moscú, el Presidente de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa, también propuso el pasado 16 de mayo otro proyecto de paz africano para el mismo conflicto. Para eso, estaba mejor el aislacionismo de Bolsonaro.

Deja un comentario

Debes ser miembro Red Líbero para poder comentar. Inicia sesión o hazte miembro aquí.