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La condición eminentemente social del hombre, propia de su naturaleza, determina ciertos comportamientos en él tales como la afectividad, equilibrio y respeto entre muchos otros, para su convivencia social en paz. Ahora bien, sin duda la LIBERTAD, que contiene los comportamientos anteriores, es la aspiración más importante que mueve los actos humanos, lo que hace conveniente y necesario dedicar un tiempo a quienes dan testimonio de ella, con el objeto de aproximarse mejor a la comprensión de su significado y alcance.

La palabra LIBERTAD encierra la más fascinante y atractiva condición de vida dentro de aquellas a que se recurre frecuentemente para representar los actos humanos, con el necesario complemento de las capacidades de bien que estos representan para su desarrollo. Sin embargo, apreciamos a diario que los intereses anhelados de mejor calidad de vida, movidos por diferentes corrientes ideológicas, culturales y de poder, terminan por instrumentalizarla en beneficio de tales corrientes, distorsionando su alcance y Compromiso.

Siendo la LIBERTAD finita ya que su frontera está morigerada por el Respeto de los derechos que le asisten a cada persona en el ámbito particular para su interacción en sociedad como también en el ámbito que delimita las capacidades humanas de cada persona para respetarla, se abre una característica propia e inherente a ella, cual es el ejercicio de la voluntad de elegir frente a las opciones que se dan en las diferentes circunstancias de la vida.

En tal sentido, como bien expresa el profesor Jorge Peña Vial, aludiendo a la Filosofía de la voluntad de Paul Ricoeur, vale la pena tener en cuenta: «…cuánto de nuestras decisiones y acciones es libre y voluntario y qué proporción es no libre y e involuntario». Agrega el profesor Peña: «Tomar conciencia de ello implica que no disponemos de una libertad absoluta, divina o angélica, sino solamente humana, finita, limitada, creada». (Ética de la Libertad. Capítulo 5, La Libertad Como Consentimiento). Lo anterior es sin perjuicio del ámbito ético que ciertamente toca en la esencia de la LIBERTAD, en cuanto debe considerar los actos humanos en función de la consecución del bien común. Es así como cabe concluir que LIBERTAD no es la facultad de tirar y abrazarse, como se dice vulgarmente, para hacer o no hacer lo que a cada uno se le venga en gana.

La LIBERTAD contiene la opción de elegir y en ese sentido es interesante la referencia que hace señalado profesor Peña Vial (La Contextura Ética de la Libertad, Pág. 288) en que refiriéndose al libro «On Liberty», de John Stuart Mill, (trad. al cast. Josefa Sainz P., Madrid: Aguilar, pág. 29) destaca la exacerbada valoración del autor respecto de la LIBERTAD, en donde expresa: «…La especie humana ganará más en dejar que cada uno, que viva como le guste más, que en obligarle a vivir como guste el resto de sus semejantes».

Consistente con lo anterior, el profesor Peña señala que el autor de On Liberty: «Considera que si una persona posee una razonable cantidad de sentido común y experiencia, su propio modo de disponer de su existencia es el mejor, no porque sea el mejor en sí mismo sino porque es el suyo», en consideración a lo cual agrega que esto desemboca tarde o temprano en lo que denomina: «…patologías de la libertad: desde un creciente individualismo en su ejercicio hasta el relativismo y el permisivismo moral». Por último, el académico señala: «Cuando se desvincula el uso de la libertad de unos principios comunes y universales, se corre el riesgo, advertido por C.S. Lewis, de que la libertad sólo obedezca a impulsos».

Por su parte, G. Alonso-Bastarreche en su trabajo «Libertad y Destino según Max Scheler» se refiere a la LIBERTAD motivada, desde donde surge el Libre albedrío, a la cual Scheler nombra como «libertad de querer» que en definitiva se orienta al destino; su motivación. Agrega que la elección motivada es una suerte de «limitación por el lado del objeto, que es la «limitación» que, según Scheler, el destino supone para la libertad».

Al respecto, Tomas de Aquino señala: «En el hombre hay libre albedrío. De no ser así, inútiles serían los consejos, las exhortaciones, los preceptos, las prohibiciones, los premios y los castigos». Asimismo, considerando la LIBERTAD como principio electivo, que importa un acto reflexivo a diferencia de los animales que obran por instinto (juicio natural), expresa: «…El hombre obra con juicio, puesto que, por su facultad cognoscitiva, juzga sobre lo que debe evitar o buscar. Como quiera que este juicio no proviene del instinto natural ante un caso concreto, sino de un análisis racional, se concluye que obra por juicio libre, pudiendo decidirse por distintas cosas». Y agrega: «…las acciones particulares son contingentes, y, por lo tanto, el juicio de la razón sobre ellas puede seguir diversas direcciones, sin estar determinado a una sola, por lo tanto, es necesario que el hombre tenga libre albedrío, por lo mismo que es racional». Santo Tomas de Aquino. Suma Teológica, I, 83, 1.

Parece definitivamente claro entonces, que la LIBERTAD no se da en términos absolutos, ya que está sujeta a motivaciones en su objetivo y la reflexión proveniente de actos voluntarios que conducirán a la aceptación de una u otra opción según las circunstancias.

Sin embargo, se ve en el mundo moderno, más que nunca hoy, movimientos orientados a la exacerbación de la LIBERTAD, usada con propósitos de cambio en las estructuras sociales, con una motivación que va más allá de la búsqueda de un legítimo bien común.

Quizás la reflexión más profunda que cabe hacer, es si los movimientos promotores de la LIBERTAD, sustentados por la reconocida desigualdad social que puede apreciarse en muchos lugares de la tierra, pretenden corregir los errores que apartan de la consecución del bien común en orden a mejorar la convivencia y la calidad de vida de los seres humanos o si, en cambio, sólo se busca el control del poder temporal de la vida social, instrumentalizándola para el logro de tal corrección e intervenir así, todos los estamentos e instituciones de la estructura social, sin importar un bledo las necesidades de las personas.

Sin duda que en función de la obtención de ese objetivo aparece siempre más rentable mantener esa estructura social, con anhelos eternamente incumplidos, a fin de no perder, mediante ese mecanismo, la adhesión entre quienes falsamente se les ha esperanzado en una vida más justa y mejor que jamás ha llegado ni tampoco llegará y si llega se cuidará que sea sólo a medias, es decir, manipular la libertad porque el éxito de los movimientos afines al totalitarismo está justamente en mantener la vigencia del inconformismo. 

Tal manipulación aleja la solución de los problemas sociales que se supone es el propósito de tales movimientos, transformado la LIBERTAD en algo que se torna impredictible como bien señala Max Scheler: «El que la libertad signifique precisamente la predictibilidad del individuo, la coerción, el cambio, la impredictibilidad, explica otro fenómeno: que el hombre, como parte integrante de las masas, se torna cada vez más coercitivo e impredictible cuanto mayor sea su integración en las mismas. La masa es impredictible, caprichosa, histérica». Max Scheler, Fenomenológica y metafísica de la libertad, en Metafísica de la libertad. Buenos Aires, 1960, Pág. 12.

Por último, no es sorprendente entonces que en la modernidad actual, más que nunca, las manifestaciones sociales sean lideradas por jóvenes contestatarios, en muchos casos aún estudiantes, provenientes de hogares en donde no han conocido privaciones y menos la responsabilidad del trabajo para su sustento, por un lado y por otro lado jóvenes víctimas del abandono por el desapego a la institución de la familia, diezmada por su desnaturalización propia del creciente relativismo y la drogadicción.

Surgen entonces, frente a tales carencias nuevos y entusiastas movimientos juveniles con la ilusión de obtener soluciones a sus problemas mediante objetivos proselitistas movidos por manifestaciones manipuladas por intereses politiqueros, que abren espacios de participación inmadura en las instancias legislativas y de gobierno, en tanto se valida el uso de la violencia en la consecución de los propósitos de solución a un problema capital como es la educación.

En tanto, la fronda política interesada en su permanencia en sus cargos y la protección de sus posiciones político-partidistas, hace vista gorda y, por qué no decirlo, se beneficia de la real magnitud de los efectos negativos que esto acarrea para la estabilidad del sistema democrático, saltándose al efecto la institucionalidad sobre la cual se sustenta la paz social, gobernabilidad, judicatura y, en definitiva, la convivencia democrática, en miras a la obtención un bien común.

Se observa en los movimientos sociales una tremenda carencia de consideración al fin último de la persona cual es para este caso particular la paz social que contribuya a mitigar el enseñoramiento del relativismo, la prepotencia y la descalificación pasional de sus actores, movidos, como se dice antes, por ideologías y posturas interesadas de poder individual probadamente desgastadas e inoperantes como es el extremismo en general, alimentado por la fuerza comunicacional de medios sin sanción y tecnológica que hoy nublan la razón del verdadero camino al bien común.

Por consiguiente, es válido considerar como contrapartida a lo anterior que…»si se propone a la voluntad un objeto universalmente bueno y bajo todas las consideraciones, necesariamente la voluntad tenderá a él si quiere algo, pues no podrá querer otra cosa. Asimismo, «el fin último mueve a la voluntad por necesidad, porque es el bien perfecto. Y lo mismo cuanto se ordena a este fin sin lo cual no se puede llegar a alcanzar, como el ser y el vivir, etc.». Santo Tomas de Aquino, Suma Teológica, I-II,10, 2 ad-3.

En la hora actual y frente a una próxima elección popular, vale la pena hacer votos para que el pueblo de Chile, verdadero cultor de la tradición democrática de este país refrende su decisión el plebiscito constitucional del 4 de septiembre de 2022 en donde rechazó la refundación de Chile, eligiendo sus representantes pensando en el interés de Chile y los candidatos que sean elegidos, honren la decisión popular en el ejercicio de su vocación de servicio público respetando su compromiso con los electores en torno a la lucha por el bien común, por sobre intereses personales.

A su turno, los políticos, es de esperar se jueguen por las convicciones expresadas en sus discursos electorales, por sobre esos intereses personales, promoviendo acuerdos de unidad que es lo que esperamos todos. Si bien reconozco excepciones en esta actitud, es hora de que esto sea un esfuerzo de conducta general que devuelva la confianza de los electores en sus gestiones de gobiernos comunales, gobernaciones y el Congreso.

*Manuel José Noguera, abogado

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