Durante años, el ahora exjuez Daniel Urrutia mantuvo como estado de WhatsApp la expresión L’enfant terrible. Una autopercepción riesgosa, porque, según cómo termine la historia, uno puede transformarse en un héroe trágico o en un personaje de Molière.
Y es que el niño terrible puede ser, efectivamente, un agente de cambio que, gracias a su actitud irreverente y transgresora, muestra a la sociedad adulta su propio cinismo o lo ridículo e injusto de ciertas costumbres y prácticas sociales. Sin embargo, eso exige una gran finura y agudeza; de lo contrario, esa irreverencia deviene rápidamente en protesta vacía.
Pero lo fundamental del caso Urrutia no es tanto determinar en qué medida logró ser un enfant terrible, sino más bien reflexionar sobre lo que esa figura representa en una institución como el Poder Judicial y sobre lo que su trayectoria enseña a las futuras generaciones de jueces. ¿Es compatible la idea del niño terrible con ser juez?
Una de las características de toda institución es ser un conjunto de reglas y prácticas que modelan el comportamiento de los agentes que participan en ella. La razón es que toda institución busca cumplir una función para lograr un bien social, y sus reglas están diseñadas precisamente para que, si los agentes las siguen, la institución cumpla ese fin. Desde esta perspectiva, en toda institución la subjetividad de los agentes -sus deseos y creencias personales- pasa a un segundo plano, y surge un conflicto abierto cuando el modo de ser del agente va contra la naturaleza de la institución.
Si existe una institución donde dicha postergación de la subjetividad es de vital importancia, esa es, sin lugar a dudas, la judicatura. Como es sabido, la función del juez es ejercer la jurisdicción, a saber, resolver los conflictos sociales mediante la aplicación del derecho. Ahora bien, esa función solo es posible en la medida en que el juez deje a un lado sus propias convicciones y sentimientos para ver el caso tal cual es y, a partir de ahí, encontrar en el derecho la solución adecuada.
En otras palabras, ser juez exige una de las actitudes éticas y epistemológicas más difíciles de lograr: la imparcialidad. Por eso la función jurisdiccional es difícilmente compatible con un enfant terrible, porque su naturaleza no admite ser instrumentalizada por agendas personales, que enturbian la mirada del juez.
Ahora bien, ¿significa esto que los jueces son meras bocas de la ley y espectadores pasivos de la vida social? Claramente no, pero hay una amplia diferencia entre un juez que debe afrontar la difícil tarea de resolver casos con lagunas normativas o leyes manifiestamente injustas y un juez activista o, más aún, uno que se declara el niño terrible del Poder Judicial.
Si lo que se busca es cambiar el estado de cosas en una institución o en la sociedad, la historia del exjuez Daniel Urrutia muestra que el camino no es la judicatura, sino la política, precisamente el lugar donde el carisma personal puede impulsar reformas institucionales. En ese sentido, un enfant terrible podría ser un gran político, pero probablemente un mal juez.

Es tan desagradable y repelente que tampoco podría ser político, tiene que conquistar votos. Tal vez de payaso en un circo le pueda ir bien.
Lo muy lamnetable ha sido la demora en desprenderse de este individuo que solo ha traido despretigio al poder judicial