Ya sea porque vivimos en sociedades de supervisión y vigilancia, como sostenía Michel Foucault, ya sea porque vivimos en sociedades del rendimiento y la eficacia, como últimamente afirma Byung-Chul Han, no hay duda de que ambos modelos, no necesariamente excluyentes, están permeados por una fuerte impronta tecnológica. Ella es capaz de generar matrices culturales en las cuales el papel de las llamadas Humanidades queda fuertemente cuestionado. Su presencia en la currícula de los sistemas educativos no parece responder a las “necesidades sociales”, y su propia naturaleza difícilmente les haga ser consideradas como algo más que un ornato.
No obstante, al menos por respeto a una venerable tradición más que bimilenaria, corresponde hacernos algunas preguntas. Ciertamente nadie negaría la importancia de algo que nos convoca desde lo más íntimo en tanto seres humanos, como lo son las Humanidades. En principio nadie puede ser indiferente a este llamado. Sin embargo, encontramos a muchas personas cuya vocación no pasa por responder a las preguntas radicales que legítimamente podemos (y tal vez debemos) hacernos respecto de lo que somos, de lo que debemos y podemos esperar, o del sentido de nuestras vidas. Hay mujeres y hombres cuyas vocaciones no pasan por ahí, sino que se sienten llamados por otro tipo de intereses. Y en buena hora que así sea. De otro modo, no tendríamos médicos, ingenieros, empresarios, músicos, administradores o biólogos, por citar algunos ejemplos.
Por eso podríamos hablar de la “vocación” en un doble sentido. El primero de estos sentidos, tal vez el más espontáneo, se relaciona con nuestros gustos e intereses más inmediatos. Éstos dependen de un conjunto de factores sobre los que tenemos poca o ninguna influencia: educación, entorno familiar o social, o incluso afinidades innatas con este o aquel sector de la realidad.
Sin embargo, hay un segundo sentido de la “vocación” que ya depende más de nosotros y podríamos considerarlo como un llamado que apela a nuestra responsabilidad, y respecto del cual gozamos de plena libertad para acogerlo o no. Lo sorprendente es que, si no lo acogemos, no por ello seremos moralmente imputables. Nadie podría reprocharnos que no nos inscribamos en Maestrías en Humanidades o en Doctorados en Filosofía, Historia o Letras. Con todo, esa plena libertad con que podemos enfrentar esta segunda vocación hace que seguirla nos enaltezca como personas, engrandezca nuestra alma y nos ponga en el camino de cierta perfección humana. El compromiso con esta segunda vocación (o llamado, que eso significa “vocación”), que ya no es espontánea ni está necesariamente ligada a nuestros gustos, exige de nosotros cierto esfuerzo, cierta capacidad de romper la inercia propia de la vida y de donde no quisiéramos salir.
Estudiar Humanidades, y más especialmente cuando ya hemos atendido el llamado de la primera vocación, no es un salto al vacío, sino un compromiso con una forma más plena de encarar la propia existencia. Cuando hablamos, por ejemplo, de un “Postgrado en Humanidades” no hablamos solamente de un grado académico, sino de un vínculo ético con la respuesta a preguntas esenciales, guiados por la pericia y sabiduría de quienes nos han precedido en ese mismo camino. También es esencial la presencia de las Humanidades en las carreras de grado, aun cuando lamentablemente en muchos casos ellas no sean vistas más que como un ornamento, como se dijo más arriba. Pero ya me referiré a la importancia de los adornos.
Esta tarea de ocuparnos de las Humanidades es tanto más urgente cuanto más nos sabemos inmersos en un mundo de alta densidad tecnológica, donde parece haberse esfumado la relevancia de la verdad en favor de la eficacia, y en donde la tendencia a los automatismos parece erosionar nuestra espiritualidad, es decir, lo que más nos define como seres humanos. Desplegar nuestra existencia sin hacernos cargo de la verdad, o sustituyéndola por la eficacia de las tecnociencias, es una forma nociva de autoengaño, tal vez la más perniciosa. La búsqueda y la veneración de la verdad no nos proporcionan, ciertamente, el hábitat confortable que nos ofrece la eficacia de nuestros artefactos, pero nos brinda una irreemplazable ocasión de verdadera plenitud humana.
El compromiso con esta segunda vocación no es tampoco una promesa de cómoda instalación en la verdad, pues ésta nunca promete placidez. La promesa que sí hace la verdad cuando se la busca, en cambio, apunta a uno de los más insondables misterios de nuestra naturaleza: la libertad.
La importancia de las Humanidades va manifestándose así, al espíritu atento, a medida que los aparentes progresos materiales del mundo las muestran como algo puramente ornamental.
Y ahora sí, dos palabras sobre los adornos. Podemos distinguir en lo “ornamental” un doble sentido, tal como hicimos con la vocación. El primer sentido, el promovido por alguna forma de inmediatez utilitaria, es el que hace del ornamento algo superfluo, puramente exterior y cambiante. En una segunda acepción del adorno que son las Humanidades, podemos decir que su dignidad está inexorablemente ligada a nuestra propia naturaleza. Y aquí el ornamento no es superfluo, sino esencial; no tiene el carácter de un cuerpo extraño en el currículo académico, sino que es entrañable porque habita dentro de cada uno de nosotros; y finalmente no es mudable, sino perdurable.
Y si esto es así, diríamos que el estudio de las Humanidades es una forma de respeto a una liturgia en la cual celebramos nada menos que nuestra propia condición de vivientes espirituales.
Es necesario recordar también que esa dignidad de lo humano y de las Humanidades no puede ser autorreferencial. Si ella está asociada a una vocación, a un llamado, es evidente que ese llamado no es un eco; no tendría sentido convocarnos a nosotros mismos. Sentirnos “llamados” necesariamente habla de Alguien que nos llama a descubrir un sentido. Y es en este momento cuando podríamos reformular la pregunta de Aristóteles en términos ligeramente diferentes que apunten, sí, al conocimiento del fin o sentido de nuestras vidas, pero también al de la respuesta a Quien nos llama. Tal vez las Humanidades no sean más que eso. Ni menos. De ahí su necesidad y urgencia innegociables e irreductibles a consideraciones utilitarias.
Quienes se oponen a la presencia de las Humanidades en los sistemas educativos con el argumento de que muy pocas personas tienen vocación por ellas, o que son simplemente un ornamento, los que nos hemos comprometido con ellas podemos responderles cómo entendemos una vocación y qué es para nosotros un adorno.
