En una reciente columna retirada del ritmo de la contingencia Hugo Herrera hace una curiosa propuesta: las derechas chilenas necesitan más a Kant. Herrera sitúa su apremio en un diagnóstico por el que desliza sus preferencias doctrinales. Lapidario afirma: «Kant no es precisamente el pensamiento (sic) de los llamados “centros de pensamiento” derechistas. Ahí no se lo conoce en serio». Llevando, por contraste, agua al molino de la derecha nacional-popular que enarbola, lamenta: «Cristianos y laicos, conservadores y liberales, convergen así en la misma pampa [de desconocimiento de Kant]. Y desde ella opinan con soltura». El filósofo viñamarino remata con un punteo de ideas kantianas que considera relevantes para los problemas del presente.
No dudo de la genuina importancia que Herrera le da a Kant ni de que le saque algún rendimiento para su ideario. De lo que cabe dudar es de la afinidad global de las ideas kantianas con su pensamiento, el cual profesa la necesidad de combinar dos principios: el republicano y el nacionalista. El republicano —en donde sitúa uno de los aportes de Kant— promueve la dispersión del poder para evitar sus embates en contra de la libertad individual. Por su parte, el nacionalismo sirve para darle plenitud a nuestra necesidad de sentido exterior, en cuanto produce integración social. Herrera se parapeta en el nacionalismo para criticar tanto a una oligarquía encumbrada y desentendida de los excluidos, como a la atomización que produce el neoliberalismo.
Para ver qué cortocircuitos hace todo esto con Kant cabe destacar que para el nacionalismo la pertenencia a una nación implica obligaciones que no se fundamentan ni en los tratos voluntarios ni en la pura humanidad, sino que precisamente en esa pertenencia identitaria. Entre esas obligaciones suele estar la de no competir —en el plano económico— con los connacionales y la de reunir fuerzas para competir con las industrias extranjeras. En un extremo, para un nacionalismo corporativista —que no se aleja tanto de las simpatías de Herrera— no debe existir libertad de empresa, las industrias deben organizarse en corporaciones integradas por trabajadores y dueños, y ser tuteladas por un Estado que planifica el desarrollo de la nación.
Nada de esto puede estar más en las antípodas con Kant, quien fue, en primer lugar, un gran defensor del cosmopolitismo y del libre comercio por razones morales. Por esto, no puede ser compatible con su pensamiento la idea de que para hallar “sentido en nuestra exterioridad” debamos establecer obligaciones diferenciadas en torno a la nación. En segundo lugar, para Kant la fuente de nuestras obligaciones morales y jurídicas es nuestra autonomía. En cambio, el nacionalismo constituye de una u otra forma una fuente heterónoma de obligaciones.
Por último, Kant le asigna un rol clave a la competencia en el desarrollo de la humanidad. En un famoso opúsculo plantea una ilustrativa metáfora: la humanidad desarrolla sus disposiciones mediante la «insociable sociabilidad», esto es, mediante la tendencia a socializar pero a la vez a oponerse y antagonizar con los demás. Kant piensa que si eliminamos la odiosa competitividad «todos los talentos quedarían eternamente ocultos en su germen, en medio de una arcádica vida de pastores en donde reinarían la más perfecta armonía (…)». El nacionalismo —siempre afecto a la nostalgia bucólica— contiene en su interior una utopía que aspira a una hipertrofia de la sociabilidad. En la práctica, esa hipertrofia acaba por sofocar autoritariamente la insociabilidad virtuosa que reconocía Kant (y en un sentido similar, Adam Smith e incluso el “chicago-gremialismo”).
Quizás Herrera esté dispuesto a conceder en algo estos puntos y responder que no le quitan motivos a su exhortación. No obstante, su afirmación de que el resto de los intelectuales de derecha “no conocen en serio a Kant” es una chicana sostenida en omisiones alevosas. En particular, sorprende que no reconozca los aportes que Felipe Schwember alcanzó a hacer antes de fallecer como intelectual de derecha y estudioso de Kant. Schwember articuló un pensamiento liberal sólido y creativo desde el cual intervino en el debate público. Antes de su partida trabajaba en una Crítica de la razón económica, en donde buscaba fundamentar la disciplina económica en la filosofía crítica kantiana y fichteana. En ese camino discutía cuestiones como las del precio justo, la libre competencia, entre otras de suma relevancia pública. De no habernos dejado tan pronto, hubiera respondido el vacuo desafío de Herrera con un libro excelente como contraejemplo.
