Entre 2014 y 2024, las denuncias por delitos asociados a armas en establecimientos educacionales aumentaron en un 398%, según cifras entregadas por la Subsecretaría de Prevención del Delito a través de Transparencia. A nivel nacional, pasamos de 97 denuncias en 2014 a 484 en 2024, con un alza sostenida en diversas regiones del país. Si bien los registros no especifican si hay estudiantes involucrados directamente, estas cifras evidencian cómo la violencia está permeando nuestros colegios.

Las escuelas “no existen en el vacío». Lo que ocurre en las familias, en los barrios y en el entramado social impacta de forma directa en el entorno educativo. Entonces, debemos asumir una responsabilidad más profunda: como adultos, hemos fallado en modelar formas no violentas de resolver los conflictos. La forma en que discutimos, juzgamos o nos atacamos se vincula con lo que vemos en los patios escolares. Por eso, necesitamos un compromiso colectivo: escuelas más preparadas, sí, pero también adultos más conscientes de lo que transmitimos.

En este contexto, la formación docente inicial y continua se vuelve un eje estructurante. ¿Cómo estamos preparando a nuestros docentes para enfrentar escenarios conflictivos? ¿Cuánto énfasis estamos poniendo en el desarrollo de sus habilidades para la gestión de crisis, la resolución pacífica de conflictos y el cuidado emocional?

Gracias a la investigación aplicada, hoy sabemos qué habilidades y estrategias son eficaces. Una reciente revisión internacional identifica cinco factores clave en la prevención de la violencia escolar: las intervenciones basadas en evidencia; formación y apoyo a docentes; participación activa del estudiantado; involucramiento familiar y comunitario; y un clima escolar seguro y positivo.

Programas con fundamentos sólidos que fortalecen el sentido de pertenencia, normas prosociales y habilidades socioemocionales han demostrado reducir significativamente los niveles de agresión, acoso y exclusión. La evidencia también muestra que cuando los docentes reciben formación específica en estrategias de disciplina no violenta, resolución de conflictos y empatía, disminuye la violencia física y emocional en las aulas. Además, iniciativas que promueven la mediación escolar, el aprendizaje socioemocional y el involucramiento comunitario no solo reducen la violencia, sino que transforman los climas escolares.  

Por todo esto, para avanzar contra la violencia se necesita investigación, voluntad e inversión basada en un mensaje claro: la seguridad y el buen trato no se garantizan con medidas punitivas o aisladas, sino con relaciones significativas, comunidades acompañadas y escuelas fortalecidas. También se necesita una conversación honesta sobre cómo y por qué hemos normalizado la violencia en nuestras formas cotidianas de relacionarnos.  Los niños, niñas y adolescentes aprenden no solo lo que les enseñamos, sino lo que observan. Si queremos una escuela distinta, tenemos que ser una sociedad distinta. La violencia escolar no nace en la escuela, pero brota y se expande en ella. Prevenirla es una responsabilidad transversal y compartida por todos.

Decano - Facultad de Educación, Universidad San Sebastián Directora del Laboratorio de Investigación e Innovación Docente (LIID-USS)

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