Si Argentina gana el próximo Mundial, habría que mirar el sur con otros ojos. No sólo por el fútbol, sino por el riesgo de los asados. Tierra del Fuego tiene casi 48 mil kilómetros cuadrados. El 60% es nuestro, chileno, un territorio tres veces el tamaño de la Región Metropolitana (15.403km2), o similar a la Región de Los Lagos (48.584 km2). En ese sur extremo, 8.000 habitantes hacen patria en condiciones que la mayoría de los compatriotas no imagina. Argentina, con quien compartimos la Isla Grande, tiene 190.000 habitantes. Se imaginan: once argentinos en un asado, eufóricos, abrazándose después de ganar la Copa del Mundo, cruzando la frontera con el corazón caliente de victoria, once argentinos por un chileno para recibirlos en varios kilómetros a la redonda. No es una exageración futbolera. Es una proporción que debería quitarnos el sueño.

Me quedé pensando en eso hace unos meses, cuando sobrevolé la Isla Grande con luz de tarde. La extensión de esa tierra desde el aire es una cosa que no se olvida. Bosque cerrado, ríos oscuros, tierra partida al medio por una línea que no se ve desde arriba, pero que existe en cada tratado y en cada mapa: la frontera.

El desequilibrio demográfico en Tierra del Fuego no es un dato estadístico, sino más bien es una fractura de soberanía que ningún gobierno ha decidido enfrentar en serio. Tres pasos fronterizos conectan ambos lados. Tres puertas que comunican un territorio densamente poblado y articulado con uno que, en los hechos, permanece casi vacío. No porque la tierra no valga, sino porque el Estado chileno nunca terminó de llegar. Repito: 8.000 chilenos versus 190.000 argentinos. En la misma isla. Dividida por la misma línea.

Argentina entendió hace décadas que la soberanía se construye con gente. Con ciudades que funcionan, con servicios que no requieren un viaje de horas para resolverse, hospitales que cuidan a sus habitantes, con incentivos reales para que familias echen raíces. Ushuaia es hoy una ciudad con más de 80 mil habitantes, con universidad, con hospital, con industria, con turismo internacional. No llegó sola a eso. El Estado argentino la empujó. La incentivó. La pobló con política pública sostenida en el tiempo. Hizo lo que se hace cuando un territorio importa de verdad.

¿Nosotros qué hicimos? Porvenir, la capital regional, bordea los 6 mil habitantes. El resto del territorio chileno en la Isla Grande es silencio. Un silencio que no es paz, es ausencia. La porción chilena de la Isla Grande de Tierra del Fuego representa cerca del 3,6% del territorio nacional, pero alberga apenas 0,05% de los habitantes del país, evidenciando uno de los mayores desafíos de ocupación efectiva, conectividad y soberanía de Chile.

La soberanía no se defiende con mapas enmarcados en la pared de un ministerio. Se defiende con presencia humana, con infraestructura, con conectividad y con condiciones de vida que permitan a una familia decidir quedarse. ¿Qué han hecho otros países? Tras la invasión rusa a Ucrania en 2022, Finlandia impulsó el programa de transición para las regiones fronterizas orientales, Transition Strategies for Finland’s Eastern and South-Eastern Border Regions, destinando recursos especiales para infraestructura, conectividad, empleo y resiliencia económica en Karelia del Norte, Kymenlaakso y otras provincias afectadas por el cierre de la frontera. El objetivo fue explícito: evitar el despoblamiento y mantener una presencia civil activa en más de 1.300 kilómetros de límite con Rusia.

Noruega lleva décadas aplicando en Finnmark y Troms la denominada Action Zone for Northern Norway, que combina reducción de impuestos, condonación parcial de créditos universitarios, subsidios familiares, apoyo a la vivienda y descentralización de servicios públicos. Gracias a estas medidas, el Estado noruego busca sostener comunidades permanentes en el Ártico, bajo una premisa estratégica basada en que no existe control efectivo del territorio sin población estable. Canadá, por su parte, a través de la Arctic and Northern Policy Framework, ha vinculado soberanía y desarrollo humano, financiando puertos, aeropuertos, telecomunicaciones, energía y vivienda en Nunavut, Yukon y los Territorios del Noroeste, entendiendo que la mejor defensa de una frontera remota es que existan ciudadanos viviendo, trabajando y construyendo futuro en ella.

La experiencia comparada demuestra que los países con fronteras extensas y complejas no enfrentan sus desafíos territoriales únicamente con cuarteles o destacamentos. Los enfrentan mediante políticas permanentes de poblamiento, infraestructura y desarrollo que transforman territorios aislados en espacios habitados, productivos y estratégicos para la nación. Tierra del Fuego plantea exactamente ese desafío para Chile. El problema no es que Argentina sea mala vecina. El problema es la asimetría. Y la asimetría no se resuelve sola.

Pensemos en el fútbol un momento más, porque la imagen sirve. Un equipo que sale al campo con once jugadores bien entrenados, bien alimentados, con cancha conocida, contra uno que sale con uno o dos, dispersos, sin banco de suplentes, jugando en condiciones de viento y frío extremo que sólo ellos conocen. ¿Quién tiene la ventaja estructural? No se trata de voluntad. Se trata de masa crítica. De presencia. De quién ocupa el espacio.

Chile tiene en Tierra del Fuego familias extraordinarias. Gente que eligió quedarse, que crio hijos en el sur extremo, que conoce ese territorio como nadie. Pero no podemos pedirles que sostengan soberanía con puro coraje y amor a la patria. Eso no es política de Estado. Eso es abandono con bandera.

Lo que se requiere tiene nombre: un Plan Tierra del Fuego. No una glosa presupuestaria. No un comité interministerial que se reúne dos veces al año. Un plan con visión de treinta años, con incentivos tributarios reales para instalarse y emprender, con conectividad aérea asegurada, con inversión en salud y educación que no obligue a una madre a volar a Punta Arenas para una consulta de especialidad, con una política habitacional que entienda que construir en ese clima no es lo mismo que construir en Santiago. El Estado tiene herramientas. Lo que ha faltado es la decisión de usarlas.

Noruega pobló su costa ártica con política pública deliberada. Israel construyó ciudades en el desierto porque entendió que la soberanía se escribe con hogares y escuelas, no sólo con decretos. No son ejemplos lejanos, son espejos. ¿Cuántos más años vamos a administrar esta brecha como si fuera un dato del paisaje?

El viento en Tierra del Fuego no para. Sopla desde el estrecho con una insistencia que parece un mensaje. Las familias que ahí viven aprendieron a pararse firmes contra él. Lo que no deberían tener que hacer es pararse solas, merecen que el Estado los mire a la cara.

La Isla Grande espera. La frontera existe. El viento no para… y el Mundial partió

Arquitecto/ Dirigente Gremial Araucanía

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2 Comments

  1. Toda la razón del mundo. Excelente exposición con datos duros y realidades de otros países que nos indica que es posible con voluntad, plan, recursos e incentivos.

  2. Muy bueno, sólido e interesante lo expuesto …. Otro asunto pendiente del cual dedicarse ….

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