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Con las elecciones ya en el pasado, hemos analizado miles de datos de opinión pública digital y redes sociales para responder una pregunta clave: ¿cómo está usando la política las redes sociales y cómo responde la audiencia a estas estrategias? Lo que encontramos no sólo revela cambios en el comportamiento del electorado, sino también un mensaje contundente: la política sigue comunicando como si el mundo digital no estuviera en permanente cambio.

Uno de los hallazgos más significativos es el peso del voto por rechazo. Uno de cada dos votantes no eligió un candidato por afinidad, sino para bloquear a otro. Este dato es clave: ¿Cómo se puede gobernar con una base electoral construida sobre el rechazo en lugar de la afinidad?

Además, el 44% de los mensajes y post publicados por candidatos en redes sociales son negativos o críticas hacia sus oponentes, generando un 15% más de interacciones que los mensajes propositivos. Pero hay un giro interesante: el impacto de estas narrativas cayó un 18% respecto a las elecciones del 2021. De hecho quienes tuvieron un promedio mayor de mensajes negativos fueron los que menos resultados obtuvieron. La gente empieza a desconfiar del ruido político, está fatigada de mensajes negativos y exige propuestas concretas. Las críticas sirven para ser escuchadas, pero no para ser elegidos.

Las plataformas donde se libra la batalla electoral también están cambiando. Instagram y TikTok están dejando atrás a Facebook y otras plataformas tradicionales. Mientras el crecimiento de la audiencia política en Instagram fue del 15,3% y en TikTok del 7,4%, Facebook apenas creció un 1,8%. Esto no es sólo un cambio generacional, es un cambio en la forma en que la audiencia general consume contenido: rápido, visual y directo.

Pero aquí está el verdadero síntoma de la desconexión entre políticos y votantes: el 98,2% de los usuarios ve videos políticos de menos de 15 segundos. El 69,8% abandona antes de los 3 segundos. A pesar de esto, muchos candidatos insisten en subir videos de más de 45 segundos. Para la mayoría de la audiencia la política es fome. No genera retención. Los partidarios ya no tienen paciencia para discursos largos o elaborados. Tampoco para ver fotografías de reuniones y agenda de los candidatos. Quieren mensajes que les hablen a su realidad, no al ego de quien los emite.

Otro dato interesante es que la audiencia ya no reacciona igual que antes a los contenidos emocionales, de color, aquellos que buscan conectar con la audiencia. Estos siguen siendo relevantes ( generan un 28% más de interacciones), pero han perdido un 31% de efectividad respecto a 2021. La lección es clara: las emociones conectan, pero también necesitan evolucionar. No se trata de bailes ridículos o mensajes sin sentido, la gente quiere contenido.

Finalmente, los datos desmienten una idea recurrente: gastar más no garantiza el éxito. Francisco Orrego invirtió 2,9 veces más que Claudio Orrego en publicidad de Facebook e Instagram, y Pepa Hoffman, 3,7 veces más que Rodrigo Mundaca. Ambos perdieron. ¿Por qué? El dinero sólo funciona si está respaldado por una narrativa sólida y una segmentación precisa. En la política digital, hablar el idioma de los votados es más importante que el presupuesto.

Los datos son un llamado de atención para todos los políticos: los votantes quieren candidatos reales, humanos, cercanos. No buscan filtros ni discursos milimétricos. Quieren líderes que hablen desde el corazón, que comprendan sus problemas y que estén dispuestos a adaptarse al nuevo mapa electoral.

Es hora de que la política deje de ver el ecosistema digital como un complemento y lo entienda como el nuevo campo de batalla. Porque en este entorno, no ser visto es lo mismo que no existir. Y en política, ser invisible siempre será el primer paso hacia el fracaso.

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