En el 2022, Chile tenía algo más de 5 personas en edad de trabajar por cada persona mayor de 65 años. Hacia el 2050, serán apenas 2,3. Si queremos que los ingresos que produce el país sigan aumentando en este cuarto de siglo, entonces, menos personas tendrán que producir más. Difícil desafío. Y si la IA viene, como algunos plantean, a reemplazar la capacidad humana, entonces además de que será menor la proporción de personas en la fuerza laboral, un porcentaje mayor de ellas estará desempleada. Menudo problema que se nos viene encima.
Se ve fatal, pero no estamos condenados a esa fatalidad. A lo que sí estamos obligados es a hacernos la pregunta sobre cuánto puede ayudarnos la tecnología a producir más mientras, en paralelo, nuestra fuerza laboral deja de expandirse.
En ese contexto, ampliar las capacidades de quienes estén trabajando será tanto o más importante que anticipar qué tareas entre las hoy realizadas por humanos serán mañana sustituidas por robots controlados por alguna variante de inteligencia artificial.
Algunos experimentos en distintas ocupaciones han mostrado aumentos importantes de productividad cuando la IA generativa se ha utilizado en tareas adecuadas. Por lo que existe cierta evidencia para pensar que la IA no viene sólo a destruir trabajo sino potencialmente también a aumentarlo. Por ejemplo, una revisión reciente de la OCDE reporta ganancias en productividad promedio que, según el tipo de trabajo, van desde alrededor de 5% hasta más de 25%. Los resultados varían según la tarea, la experiencia y las habilidades de quien utiliza la tecnología, así como de la forma en que la IA es usada para complementar sus capacidades.
Por eso, aquí falta algo de orden para no perder el foco. Cuando una inteligencia artificial realiza parte de una tarea libera tiempo y esfuerzo cognitivo humano. Ese margen es -potencialmente- pura ganancia pues puede utilizarse para producir más, verificar mejor, aprender, atender nuevos problemas o realizar trabajos que antes quedaban sin hacer. Si quien usa IA, en cambio, lo que busca es rapidez, sacar pronto el producto y obtener rápidamente y con mínimo esfuerzo la renta, entonces ese esfuerzo cognitivo que liberó la IA se va a despilfarrar. Y, seamos sinceros, los incentivos para ello son enormes y las consecuencias agregadas para una organización y, acumuladas, para una economía de despilfarrar el ahorro de esfuerzo cognitivo es una población menos capaz, menos productiva.
Y es aquí donde debemos detenernos porque hemos dedicado esfuerzos a averiguar qué puede hacer por nosotros la inteligencia artificial, pero no con igual entusiasmo ni celeridad a observar qué hacemos nosotros con el esfuerzo que ella nos permite reasignar. Siendo que es allí donde la oportunidad se produce.
Si usted está usando IA y ganó algo de tiempo, úselo de inmediato en pensar cómo rediseñar las organizaciones en que participa, el trabajo en que se desenvuelve, etcétera. Una empresa puede entregar inteligencia artificial a todos sus trabajadores y obtener poco. Pero otra puede utilizar exactamente la misma tecnología para reorganizar tareas, preservar capacidades críticas, reducir tiempos muertos y concentrar atención humana donde agrega mayor valor. Por lo tanto, si logramos o no ser más productivos tendrá menos que ver con quién compró primero una licencia que con quién aprendió a gobernar mejor esta nueva división del trabajo cognitivo a la que fuerza la IA.
La cuestión tiene también una dimensión política. Seguiremos necesitando discutir qué empleos pueden desaparecer y que haremos al respecto, pero esa discusión ya debería incorporar la otra mitad del problema: cómo utilizar estas tecnologías para elevar la capacidad productiva de una fuerza laboral que crecerá cada vez menos. En un país que envejece, discutir hoy cómo ampliar esa inteligencia puede ser una parte importante de cómo sostengamos nuestra prosperidad mañana.
