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El 24 de septiembre, la Iglesia Católica beatificó al obispo Fulton Sheen, conocido por su gran éxito en radio y televisión. Se dice que llegó a tener 30 millones de televidentes, compitiendo –incluso superando– a los programas de mayor rating de la época. Se presentaba frente de la cámara solo con una capa y una pizarra. Su desempeño televisivo le hizo merecedor del Emmy a la persona más destacada de la televisión.

Ante este tipo de casos usualmente cometemos un error: pensar que la Iglesia beatifica o santifica a algunos de sus miembros por los logros terrenales que cosechan. La tentación se repite, por ejemplo, con casos recientes como los de San Carlo Acutis, el santo millennial, una suerte de influencer en redes sociales y YouTube, o la madre Angélica, fallecida hace poco con fama de santidad, famosa por fundar la cadena televisiva EWTN. Es fácil pensar que esos son los móviles beatíficos eclesiales. Pero hay que preguntarse por qué la Iglesia lleva realmente a los altares a estas personalidades. Los motivos tienen que ver menos con bienes efímeros como la fama, y más con bienes concretamente humanos como la atención a los pobres.

Considero que del beato Fulton Sheen podemos aprender una premisa mayor: Life is worth livin – La vida merece ser vivida. Así fue como llamó al programa de televisión que lo catapultó a la fama. A partir de esta idea, podemos aprender otras dos cosas que son muy importantes para el mundo de hoy, un mundo frenético que vive encerrado detrás de una pantalla.

La primera es que, considerando la agitación del mundo y la avalancha de contenido que nos mantiene atrapados en lo virtual, debemos apuntar a un ritmo de vida distinto, ejercitarnos en una introspección continua. El propio Sheen dio el ejemplo: prometió una hora diaria de adoración eucarística desde que se ordenó sacerdote y la sostuvo toda su vida. La vida diaria se enriquece cuando miramos las cosas verdaderamente importantes y trascendentes: la gente que amamos, los amigos, la familia, las realidades concretas del día a día. Nuestra mente sólo puede vivir y trabajar a un ritmo humano, no a la velocidad de TikTok, Instagram o la IA. Una “vida que merece ser vivida” requiere ponerle pausa al scrolleo infinito.

La segunda lección hay que recogerla de la homilía que dio el cardenal Tagle en la ceremonia de beatificación: “Un misionero evangelizador [como Sheen] es beatificado por su comunión con las personas, en especial con los pobres y los vulnerables”. Tras la pantalla hay mucha gente pobre y vulnerable, no solo en un sentido material -que también existe, porque la virtualización de la vida afecta igualmente a los más desposeídos-, sino espiritual: las mismas tecnologías que Sheen usó, y que hoy tenemos en la mano, están generando esta nueva pobreza. Las pantallas nos han empujado, como dijo el Papa Francisco, a balconear la vida desde internet. Así, las nuevas tecnologías muchas veces nos vuelven más torpes, más superficiales, más inseguros de nuestros cuerpos, más ambiciosos e ilusos. Eso, sin contar el efecto de violencia y polarización que generan ciertas tendencias mediáticas en diversos grupos sociales. Una vida desconectada de la realidad e indiferente hacia los demás es una vida que no merece ser vivida. 

Sheen, más allá de haber sido una superestrella de la televisión, sirvió concretamente a los pobres. La circunstancia actual exige acercarnos a los más necesitados atendiendo a las nuevas formas de carencia. Están a nuestro alcance los instrumentos tecnológicos necesarios para lograr un crecimiento humano impresionante y para mejorar nuestra realidad en vez de empobrecernos. Sheen nos dio pistas para dar forma a la existencia mediatizada: hacer una pausa para lo trascendente y poner la mirada en quién está detrás de la pantalla; en suma, Sheen luchó para que la vida merezca ser vivida, aún en tiempos de viralización y algoritmos.

Máster en Gobierno de la U. de Navarra y Vocero de Voces Católicas

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