Henry Kissinger
Crédito: Gerald R. Ford School of Public Policy University of Michigan

La figura de Henry Kissinger (27 de mayo de 1923-30 de noviembre de 2023) es quizás la más importante en la política exterior norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. Primero como Consejero de Seguridad Nacional y luego como Secretario de Estado, Kissinger logró revitalizar la diplomacia norteamericana mediante su política de la realpolitik, sustentada en la tradición europea del equilibrio del poder. Preocupado tanto de establecer las grandes líneas de acción como de una particular atención a los detalles (en ocasiones un verdadero micromanagement), este intelectual convertido en hombre de acción no sólo tuvo que enfrentarse a los grandes dilemas de la política mundial, sino también al caso de un país pequeño, que terminaría unido indisolublemente a su legado y también a su leyenda negra: Chile.

La posibilidad, muy real, de que Allende llegara a la presidencia de Chile había sido motivo de preocupación de varias administraciones norteamericanas. Por ello, en 1970 Washington destinó numerosos montos en ayuda encubierta para una campaña propagandística antiallendista. Kissinger veía tal acción como plenamente justificada, pues no concebía “por qué tenemos que permanecer pasivos y ver cómo un país se pasa al comunismo debido a la irresponsabilidad de su propia gente”. Detrás de ello estaba la idea de que Estados Unidos tenía no sólo la capacidad, sino también la responsabilidad, de evitar una deriva comunista en uno de los países de América Latina, de evitar una nueva Cuba, de un nuevo régimen pro soviético.

En tal sentido, tras la primera mayoría de Allende el 4 de septiembre de 1970, Nixon y Kissinger sobreestimaron las capacidades de acción de Estados Unidos para influir en la política interna de otro país, en una especie de arrogancia imperial. El deseo de hacer “chillar” a la economía chilena (palabras de Nixon) no pudo concretarse en el corto plazo, limitándose a rebajar la calificación crediticia de Chile ante las agencias norteamericanas. Comenzaba a quedar claro que no había tantas herramientas como se creía y que debía confiarse en los actores locales.

Por ello, gran parte de los esfuerzos de Kissinger se concentraron en ideas presentadas por los propios chilenos, ya sea forzar una nueva elección en la que Eduardo Frei Montalva sería candidato y, luego de frustrada esta, la propuesta de los generales Viaux y Valenzuela, de forzar una crisis institucional mediante el secuestro del comandante en Jefe del Ejército, general René Schneider. El respaldo de Kissinger a esta iniciativa, por medio de la CIA, ha sido el punto más criticado de su actuación y si bien a última hora le quitó apoyo a la intentona -no por motivos morales sino por no creer en su viabilidad-, Viaux y Valenzuela siguieron adelante, lo que terminó en el asesinato de Schneider. Mal que mal, no eran agentes estadounidenses y no tenían por qué obedecer a Washington. La intentona tuvo finalmente un efecto contraproducente para los objetivos norteamericanos, fortaleciendo a Allende.

Tras el fiasco, Kissinger adoptó una opción mucho más pragmática frente a Chile, que reconocía los límites de la capacidad de acción estadounidense, en lo que se llamó una postura “fría pero correcta”. Esta implicaba asumir una política contraria al gobierno de Allende, especialmente en lo financiero (algo de toda lógica si se considera que Allende atacaba directamente los intereses norteamericanos), pero sin ser abiertamente hostil, dando la impresión de una normalidad diplomática. En paralelo, se mantuvo una política de injerencia en los asuntos internos, pero se aprendió la lección y se evitó apoyar a los grupos que querían precipitar rápidamente la caída de Allende, decidiéndose, en cambio, por financiar a los partidos y medios de oposición, particularmente la Democracia Cristiana y El Mercurio, para que fueran ellos los que lideraran la lucha contra Allende.

Contrariamente a lo que afirma un lugar común, Estados Unidos no participó directamente de la planificación del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, si bien se tuvo noticias de los planes de los militares chilenos algunos días antes. A un comentario de Nixon al respecto, de que “nuestra mano no se nota en esta”, Kissinger replicó: “No lo hicimos. Quiero decir, los ayudamos a crear las condiciones lo más posible”. Ese un buen resumen de la actuación norteamericana en esos años, quizás dándose demasiado crédito, pero reconociendo que la caída de Allende fue, sobre todo, obra de los actores locales.

Kissinger consideraba a las críticas de los sectores liberales estadounidenses contra la Junta Militar por las violaciones a los derechos humanos como una hipocresía flagrante: “¿Por qué Chile tiene que ser el único país que debe recibir una comisión investigadora sobre derechos humanos?… ¿Qué pasa con otros países africanos donde las personas son ejecutadas en la plaza pública?”. No obstante, el Secretario de Estado reconocía que esa era la situación existente y que, ante la amenaza del Capitolio de establecer sanciones más duras contra Chile, más valía tratar de convencer a la Junta de que rebajara el nivel de la represión.

Ante la falta de avances por parte del gobierno chileno, Kissinger aceptó, a regañadientes, que Estados Unidos votara a favor de la condena contra la Junta Militar en la Asamblea General de Naciones Unidas a partir de 1975. Incluso durante su visita a Chile en 1976, Kissinger trató de convencer a Pinochet de que hiciera algunos gestos en derechos humanos, especialmente en materias de garantías constitucionales, pues ello facilitaría las relaciones bilaterales. Sus argumentos siempre eran pragmáticos, no moralistas, reflejando una ética de las consecuencias y no de las intenciones.

Al finalizar su gestión como Secretario de Estado, Kissinger y su realpolitik serían objeto de numerosos elogios, pero también de críticas radicales, siendo muchas veces culpado de la desestabilización y caída del gobierno de Allende. Sin darse cuenta, quienes plantean tal perspectiva terminan negándole agencia a los actores chilenos, dando a Estados Unidos un rol casi omnipotente, en una especie de inconsciente imperialismo académico, que gusta de simplificar fenómenos complejos en una visión de blanco y negro.

*Milton Cortés Académico Instituto de Historia Universidad San Sebastián

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