Por años, la élite política chilena confundió moderación con inacción y acuerdos con inmovilidad. Mientras el país acumulaba problemas urgentes, buena parte de la dirigencia insistía en administrar la normalidad. En ese contexto, cuando la campaña de José Antonio Kast habló derechamente de un Gobierno de Emergencia, el establishment reaccionó con incomodidad: “extremo”, “alarmista”, “exagerado”. Sin embargo, ese lenguaje, tan incómodo para algunos, fue exactamente el que hizo sentido en millones de ciudadanos que vivían, y viven, una emergencia real: inseguridad desbordada, inmigración ilegal sin control y una economía sin horizonte claro. La incredulidad no era ideológica, era experiencial. Y el hartazgo, transversal.
No es casual que el concepto incomodara. Nombrar una emergencia implica aceptar que se falló en prevenirla. Explica, en parte, por qué mientras algunas candidaturas hablaban de diálogo, trabajo en equipo y acuerdos abstractos, Kast hablaba de urgencias concretas. Lo que vino después despejó dudas: Gobierno de Emergencia no era un slogan ni una consigna diseñada para el golpe comunicacional. Ha sido el eje ordenador de la acción política antes de asumir, en las giras, en las nominaciones ministeriales y en el trabajo silencioso pero decisivo desde la OPE. Gobernar, en este caso, comenzó antes del traspaso de mando, con una premisa simple y exigente: si el diagnóstico es de emergencia, la respuesta no puede ser de rutina.
La conformación del gabinete es quizá la prueba más elocuente. No hubo espacio para amigos, cuoteos ni favores políticos. En la mayoría de las carteras, los elegidos fueron, sencillamente, los mejores. Algo que parece obvio, pero que en Chile se había vuelto excepcional. Destaca, además, una diversidad de trayectorias que rompe el molde: mundo público y privado, experiencia política y gremial, academia y centros de pensamiento. Un gabinete que entiende la complejidad del momento porque la ha vivido desde distintos frentes, no desde la comodidad del cargo.
También conviene subrayar lo que no ocurrió. No hubo vendettas ni gustitos personales, tan frecuentes en nuestra política. Por el contrario, la amplitud fue un requisito. En Chile, esa amplitud la definieron las fuerzas del Rechazo a un proyecto constitucional que estuvo a punto de cambiarlo todo, y no para bien. De ahí que hoy veamos ministros que fueron críticos duros del Presidente electo cuando era candidato. En un Gobierno de Emergencia, todos son necesarios. No hay espacio para pequeñeces cuando el país arde.
Esa lógica se extiende a la política exterior. La fotografía con Lula y el saludo caballeroso con Petro en Panamá no son gestos cosméticos ni concesiones ideológicas. Son decisiones de Estado. Si una relación sólida con Brasil tiene consecuencias positivas para Chile, se fortalece sin complejos. Como dijo el propio presidente electo: “Un presidente no administra una trinchera, lidera una nación”. Esa frase resume un estilo que privilegia resultados por sobre la autoindulgencia doctrinaria.
Durante la campaña, sus adversarios intentaron instalar que su credo religioso implicaría “retrocesos en derechos”. Otra vez se equivocaron. Lejos de dogmatismos, ese credo se traduce en una ética de responsabilidad: ejercer el cargo con dignidad, nominar a la mejor persona para cada tarea y responder ante todos los chilenos, no ante grupos de interés circunstanciales.
Gobernar en emergencia no es gobernar con estridencia. Es priorizar, decidir y asumir costos. La pregunta de fondo no es si el diagnóstico fue exagerado, sino por qué tantos se negaron a hacerlo cuando aún había tiempo. Chile no necesita relatos tranquilizadores; necesita acción competente. Y hoy, por primera vez en mucho tiempo, el poder parece haber entendido que la negación también tiene consecuencias.

Excelente, claro y coherente
Excelente columna, gracias