Churchill decía: “Damos forma a nuestros edificios y luego ellos nos dan forma a nosotros». Es una frase demoledora, poco elegante y cargada de advertencias.
Todos hemos tenido experiencias sensoriales silenciosas frente a ciertos espacios. La luz en la Basílica de la Sagrada Familia de Gaudí no se observa, se absorbe. Y también se percibe, sin cruzar el umbral, la carga al pasar frente a una cárcel. Hay lugares que elevan, otros que tensan. Los espacios empujan conductas, aunque no lo notemos.
Al revisar el informe Radiografía de la Seguridad en Chile 2025 del Observatorio del Crimen Organizado y Terrorismo, lo que aparece no es sólo un aumento, sino un cambio de naturaleza. Los homicidios han crecido más de un 79% en la última década; los robos con violencia, un 46%; las extorsiones, más de un 200%. Son datos que nos estallan delante de nuestra pasividad.
En Chile, la violencia dejó de ser una percepción para convertirse en una frecuencia. Hoy ocurre, en promedio, un secuestro al día (385 casos al año), y los homicidios alcanzan 941 víctimas en 2025. Son acciones que nos aterran, estar retenidos en contra de nuestra voluntad por locos que no necesariamente actúan como seres civilizados, son imágenes que no queremos tener en nuestra cabeza. No son cifras aisladas ni episodios excepcionales: son un ritmo. Y ese ritmo tiene geografía. No se distribuye de manera uniforme en el territorio, se concentra, se repite, se instala en ciertas ciudades y en ciertos barrios con una persistencia que ya no puede explicarse solo por variables sociales o económicas.
Cuando se mira con más detalle, aparece algo más inquietante: esas mismas zonas donde aumenta la violencia coinciden con ciudades que han ido perdiendo calidad de vida. Antofagasta, Copiapó, Coquimbo, Los Ángeles, Arica. No es una coincidencia exacta, pero tampoco es azar. Hay un cruce evidente entre deterioro urbano y aumento del delito. Es en ese punto, cuando la ciudad empieza a perder forma, continuidad, capacidad de organizarse, donde la violencia encuentra espacio. Es en las grietas donde se acuna.
El Índice de Calidad de Vida Urbana de la PUC y la CChC lo mide con precisión, pero también deja entrever algo más profundo: la piel y los datos se conectan. Lo que se percibe al caminar, el deterioro, la fractura, la falta de amabilidad, termina apareciendo en las cifras. Y lo que muestran las cifras, tarde o temprano, se vuelve experiencia cotidiana.
Se puede discutir mucho sobre causas: educación, inmigración irregular, precariedad laboral, debilidad institucional, las redes sociales. Todo eso influye. Sin embargo, hay un elemento silencioso: el escenario donde todo esto ocurre.
Las ciudades nacieron hace milenios para constituirse en espacios seguros para cada tribu o grupo, en parte, para proteger, cuidar y finalmente dar identidad. Hace más de tres mil años eran dispositivos de resguardo: murallas, accesos controlados, límites claros. En su interior, la vida podía organizarse, los ciudadanos que compartían tradiciones, creencia y saberes. Afuera, estaba la amenaza. Mesopotamia, Egipto, Grecia: detrás de la belleza había una lógica de defensa.
Entonces la pregunta deja de ser abstracta: ¿qué tipo de ciudad estamos construyendo? La historia está llena de ejemplos donde poder y ciudad están conectados. Recuperar los intersticios no sólo es seguridad, es darle valor a los que habitan espacios convulsos y rotos.
París enfrentó esta cuestión en el siglo XIX con una crudeza que hoy cuesta imaginar. El barón Georges-Eugène Haussmann, bajo Napoleón III, intervino una ciudad densa, estrecha y propensa a levantamientos. Las grandes avenidas que hoy disfrutamos con elegancia fueron, en su momento, operaciones quirúrgicas: abrir, ventilar, despejar. Diagonales majestuosas acompañada de parques fueron ejes que permitían ver y desplazarse. Reducían los puntos ciegos, donde aún había levantamientos. La ciudad dejó de ser un entramado opaco y pasó a ser legible.
Barcelona, cien años después, encontró otro tipo de acumulación: puntos donde el delito se repetía con insistencia. En el Raval, el alma del Barrio Gótico, los mapas policiales se llenaban de alfileres en los mismos lugares. No existían imágenes satelitales, ni Google Earth, sólo percepción espacial mostrando presión, violencia y oscuridad. Urbanistas como Oriol Bohigas entendieron que ahí había una cuestión espacial. Calles angostas, poca luz, visibilidad mínima, usos superpuestos sin perspectiva. Deterioro de la ciudad y de los habitantes. La respuesta fue intervenir el tejido: adquirir edificios, demoler estructuras de más de 200 años y abrir. El llamado “esponjamiento urbano” permitió que el aire y la luz circularan donde antes todo estaba comprimido. Aparece una plaza, un vacío que contiene la transparencia del Museo de Arte Contemporáneo (MACB) diseñado por Richard Meier. Esta actuación urbana cambió la manera en que el lugar se usaba, se recorría, se habitaba.
Cerca, en nuestro continente, está Medellín que avanzó en la misma dirección con una intuición parecida. Tras la caída de Pablo Escobar, la ciudad decidió intervenir en los sectores más golpeados por el dolor, activó desde la presencia. Bajo el liderazgo de Alejandro Echeverri y su equipo, aparecieron las bibliotecas-parque, el Metrocable, equipamientos de alto estándar en medio de barrios históricamente relegados. Edificios referenciales y espacios urbanos de gran calidad estética, con premios internacionales, y que hacía que los vecinos se sintieran parte de la identidad del barrio, orgullosos de sus nuevos destinos, una mejora significativa, no solo funcional y estética, eran hitos visibles de una nueva ciudad.
Cuando se vuelve a Chile, nuestro teatro local, aparece una cierta incomodidad. La discusión urbana se ha ido reduciendo a la entrega de viviendas, como si la ciudad fuera una suma de unidades independientes. O a pequeñas intervenciones barriales, que no tienen continuidad y sólo son réditos para los políticos de turno que las inauguran. La verdadera ciudad no funciona así. Necesita continuidad para tener identidad, referencias, espacios y edificios emblemáticos de uso público que estructuren.
Chile tuvo esa ambición. El primer centenario dejó una red clara: la Biblioteca Nacional, el Parque Forestal, la Alameda, el Parque Cousiño. No eran piezas aisladas. Eran parte de una misma idea de ciudad que buscaba una identidad de grandeza y cuidado a sus habitantes. Orgullo y colaboración de toda la ciudadanía.
Hoy esa lógica se ha diluido. Y los espacios que quedan sin forma no permanecen vacíos. Se ocupan. Las grietas presentes en todas las ciudades. Por eso, cuando se habla de seguridad, hay algo que queda fuera del foco. No basta con mirar los delitos; hay que mirar dónde se repiten, cómo barrios se han fracturado esperando no sólo más luminaria, necesitan contenido, necesitan atmósferas que inspiren orgullos (me niego a hablar de dignidad).
La crueldad de la violencia también encuentra ahí su escenario: espacios agrestes, duros, que no ofrecen lugar para encontrarse ni convivir. La ciudad no es un escenario mudo, es el que construye la atmosfera, por lo tanto, es parte de la ecuación de la intervención. Porque los humanos nacemos, crecemos y nos desarrollamos en espacios que nos abren oportunidades o nos expulsan.
Localidades como Antofagasta, Copiapó, Rancagua, Arica, Coquimbo, Puerto Montt, Porvenir, Cañete o barrios como Meiggs, Bajos de Mena, Cerro Playa Ancha funcionan como puntos de saturación constante, oscilan entre orden y desborde. Cargan con una distancia que no es sólo geográfica, hay trizaduras que hieren a cada niño que crece en la ceguera de leyes y normas, vacías de coherencia y empatía. Lo frágil y lo áspero conviven. Intervenciones como hizo Barcelona en los ochenta, o acercamientos urbanos como los de Medellín que miró a los ojos el dolor de cada joven coqueteando con los narcos, requieren el coraje, el conocimiento y la sutileza para actuar.
Los espacios no determinan completamente lo que ocurre en ellos, pero sí inclinan la balanza. Y cuando esa inclinación se sostiene en el tiempo, termina por consolidar ciertas dinámicas. La ciudad cristaliza nuestra cultura. Cristaliza rascacielos, edificios de espejos, rayados en los muros y carpas en los bordes de los ríos.
Las calles, las plazas, los edificios deben formar una estructura que acoja, que sostenga, que entregue lugares. No sólo en lo privado, sino en lo colectivo: en el barrio, en el teatro, en el café, en la conversación.
Chile requiere volver a tejer un sueño. No uno abstracto, sino uno que se pueda caminar. Un país que vuelva a brillar desde la calle. Desde edificios colectivos que conecten. Desde bibliotecas y museos a cielo abierto o como respaldo que formen parte de la vida cotidiana. Porque cuando la ciudad deja de ofrecer ese espacio común, no sólo se rompe el tejido urbano, se rompe la posibilidad de brotar juntos.
