Cuando se habla por primera vez de filantropía con personas ajenas al sector social o al ecosistema de la filantropía, son diversas las reacciones. Para algunos, existe un total desconocimiento sobre su definición y acción, para otros, no se dimensiona su alcance o estado de arte, y en otros casos, se asocia a un concepto gringo característico de la sociedad norteamericana. Pero también, aparecen estigmas o mitos que sería interesante contrarrestar.
Usualmente, la primera pregunta que surge cuando se empieza a hablar de individuos o familias que hacen filantropía en el país es: ¿Para qué lo hacen? ¿Cuáles son sus intenciones? Y seguidamente aparece una voz respondiendo: para ahorrarse impuestos.
Las verdaderas razones distan de esta respuesta y lo he podido evidenciar al participar del sector filantrópico en estos últimos 15 años. Años en donde además ha habido un mayor dinamismo y proliferación de fundaciones filantrópicas según el Barómetro de Filantropía en Chile del CEFIS UAI, en donde el 51% del total de fundaciones filantrópicas se han creado en los últimos 10 años. Las razones que explicarían esa motivación inicial de institucionalizar la filantropía responden a otras motivaciones: en algunos casos, por gratitud al país y su gente, país que les permitió vivir y desarrollarse a nivel familiar, espiritual, empresarial y patrimonial. También están aquellos que tienen un genuino interés por lo público, ya sea porque visualizan brechas o porque han vivido experiencias concretas, buscan contribuir a resolver problemáticas sociales, culturales y/o ambientales. En otros casos, por emprender un proyecto filantrópico en familia, instancia en donde todos los miembros se sientan convocados y puedan contribuir con sus ideas, experiencias y energía. Y, por último, por un sentido de trascendencia, dejando un legado de mediano y largo plazo, generando un compromiso país y estimulando a más individuos a seguir un camino de responsabilidad y generosidad.
Lo anterior, no descarta o anula la posibilidad de utilizar los mecanismos legales existentes, como las leyes de donación y sus beneficios tributarios para que se destinen más recursos desde la filantropía sin tener que gravar la donación con un impuesto. Y si bien el marco jurídico podría ser mejor, hoy permite -por ejemplo- que personas que antes donaban a conservación y pagaban el impuesto correspondiente, hoy no tengan que ser “castigados” con ese gasto rechazado.
Una segunda respuesta que se suele escuchar es por ego. Al respecto, creo conveniente entender que existen matices. Una sana cuota de ego logra movilizar a los individuos a sacar lo mejor de sí y agregar valor a la sociedad, permitiendo en algunos casos grandes avances en beneficio de todos. Sin embargo, el exceso o el ego mal entendido ha generado grandes destrucciones e incluso muertes a lo largo de la historia. Por lo cual, si hacemos un paralelo y entendiéramos esa sana cuota de ego como el interés propio que mencionaba el economista y filósofo escocés Adam Smith al hablar del capital, intercambios y el comercio, ese individuo, al perseguir su interés personal, frecuentemente fomentará el interés general.
Una tercera respuesta que se da frecuentemente es que la motivación es por lavar su imagen o greenwashing. Puede que en algunos casos (menores) esa motivación haya estado presente, pero la inmensa mayoría responde a las motivaciones expresadas precedentemente y muchos ya están alejados de las “empresas operativas”. Sin ir más lejos, un gran desafío que tiene la filantropía local es visibilizar su accionar. Vale decir, todo lo contrario porque hay muchas buenas noticias que contar. Las fundaciones filantrópicas trabajan día a día para fortalecer al ecosistema sin fines de lucro, innovar en educación y salud, proteger y conservar nuestro patrimonio natural y cultural, entre otras causas… El problema es que se sabe poco. En gran medida, porque aún respondemos a una lógica de bajo perfil en donde “mi mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”. O en donde lo importante es hacer cosas, más que “quién las hace”. Totalmente legítimo, pero se requiere quebrar esa tensión entre “ser bajo perfil” y visibilizar las buenas acciones que se están realizando para posicionar el rol catalizador de la filantropía.
Por último, también se escucha que en Chile no hay filantropía. Efectivamente el porcentaje de donaciones en relación al PIB no está al nivel de países como Estados Unidos (3%), pero el ecosistema de la filantropía está más activo que nunca. Para entender esto, partamos por datos duros del segundo Barómetro de la filantropía realizado por el Centro de Filantropía e Inversiones Sociales de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez.
Las donaciones registradas ante el SII alcanzaron $349.654 millones en el año 2023, registrando una tasa promedio de crecimiento de 9,55% anual en los últimos 5 años (muy por sobre el crecimiento del país). Existen 124 fundaciones filantrópicas, de las cuales 43% tienen una operación mixta (donante y operadora de programas propios) y un 23% solo dona. De estas últimas, el promedio anual de donaciones en 2023 alcanzó los $924 millones, con una mediana de $304 millones. Además, un 47,4% de los presupuestos de las fundaciones filantrópicas se destina a educación (atención a la primera infancia, educación escolar y superior (técnica o universitaria). En otra oportunidad ahondaremos en algunas experiencias destacables.
Como se ve, es un ecosistema vivo y con hambre de seguir aumentando y mejorando su alcance. Y si bien la filantropía no está exenta de dificultades o riesgos, sí está claro que, en una sociedad libre, el rol de la filantropía es insustituible y se debe seguir promoviendo. A toda escala.

Que gusto leer tu artículo Armando …. Espero poder conocer cuanto antes experiencias destacables y ojalá éstas esté asociadas a requerimientos y urgencias sociales potenciales para Chile …