presidencializar

Una característica peculiar de la política chilena es que su principal tensión es generacional. Las nuevas generaciones pujan por presentar cosmovisiones modernizadoras como si fueran sustitutos naturales de las prácticas dominantes establecidas. En nuestra tradición política post independencia, a esto se le llama pipiolismo, que desafía a su oposición conservadora, el peluconismo.

En diversas etapas de nuestra historia política, el pipiolismo ha sido un factor decisivo en la formulación estética y política de movimientos muy variados. Ellos han proyectado su intención democratizadora antes, durante y después de la dictadura de Pinochet: los liberales, el nacionalismo egocéntrico de Alessandri Palma, los radicales eventualmente coronados, el socialismo burgués de Marmaduque Grove y Salvador Allende, la falange católica, y eventualmente el laguismo, el maternalismo ingenuo de Michelle Bachelet, el frentamplismo y los espectáculos de Pamela Jiles y Franco Parisi.

Sólo ahora el pipiolismo comienza a enfrentar su contracara: un peluconismo democrático. Con un fuerte apoyo que proviene de los más diversos rincones de la sociedad chilena, ha logrado -quizás por primera vez- aunar a una sociedad profundamente estratificada en pos de un ideal conservador. Alguna vez se atrevió a presentar a José Antonio Kast como una especie de Trump o Bolsonaro chilensis -seguramente un fashion faux pas de hace un par de años. Ahora, su Partido Republicano está en posición de lograr algo mucho más robusto, convincente y, bueno, auténtico.

Por supuesto, el Peluconismo Democrático todavía no parece un movimiento de vocación plenamente mayoritaria. Más bien, su objetivo parece ser soportar el peso de la noche en lugar de arrastrar a Chile hacia su propia Ilustración. Enfrenta, con todo, el enorme desafío de convertir a Chile en un país que maneja el dinamismo de una migración sustentable y culturalmente renovadora. Sin embargo, su claro talante democrático puede dar un nuevo aire a la política representativa estancada.

*Pete Leihy, Facultad de Educación y Ciencias Sociales, Universidad Andrés Bello

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