Codo a codo con las dictaduras comunistas
En el Libro negro del comunismo chileno (El Líbero 2021) tracé la historia de un partido que desde su creación ha sido fiel a la herencia leninista en la que se formó desde que Luis Emilio Recabarren adhiriese entusiastamente a la dictadura instaurada por los bolcheviques en Rusia en 1917. Sus textos son elocuentes al respecto. Así se expresó, por ejemplo, en una entrevista publicada en 1923 después de visitar Rusia:
“Mi breve estadía en Rusia de los Soviets me ha confirmado en todas mis ideas respecto de la necesidad de la violencia revolucionaria y de la dictadura proletaria. He comprendido perfectamente que sin esa dictadura de la clase obrera la revolución social no puede ser conducida a buen término”.
Para los comunistas chilenos la dictadura soviética –y todas las instauradas posteriormente a nombre del comunismo– era la “verdadera democracia”, la “forma superior de democracia” que dejaba atrás a aquella “democracia burguesa” o “falsa” que conocemos como democracia liberal. Para ellos, con las palabras de Recabarren, esa democracia:
“es algo así como un juguete con que el explotador capitalismo ilusiona y entretiene al pueblo para calmar sus furores y para desviar su atención (…) En Rusia los trabajadores no creyeron jamás en las mentiras de la democracia y fueron derechamente por el camino de la revolución que es más corto y más seguro, y eso les ha dado la victoria que nosotros los comunistas celebramos”.
Este fue el credo del partido que quedó formalizado con su incorporación a la Internacional Comunista dirigida desde Moscú y que marcaría la inquebrantable adhesión de los comunistas chilenos a la dictadura soviética durante toda su existencia. Como lo sintetizó su longevo secretario general, Luis Corvalán, en 1993:
“El poder soviético surgió como un poder democrático, como una dictadura de la mayoría sobre la minoría, como una democracia cualitativamente superior a la que se conocía en Occidente (…) Desde aquellos ya lejanos días de octubre de 1917, por espacio de casi tres cuartos de siglo, el Partido Comunista de Chile apoyó resueltamente a la Unión Soviética en las grandes encrucijadas de la historia. La defendió de todos los ataques de que fuera blanco. Marchó siempre, codo a codo, con su Partido Comunista”.
Y luego, hasta nuestros días, seguiría marchando “codo a codo” con las restantes dictaduras comunistas. En este sentido, la posición actual del partido manifestando su “solidaridad activa con la Revolución Cubana” es de una continuidad impecable con una historia impresentable de la cual se enorgullece públicamente.
Los discípulos de Lenin
La figura clave de la historia del partido y de su ideología es, sin duda, Lenin. Este noble hereditario ruso que encabezó el golpe bolchevique de 1917 es el referente esencial de un partido que nunca ha dejado de reivindicarlo. El tweet de su actual secretario general, Lautaro Carmona, fechado el 22 de abril de este año, lo resume sin ambivalencias: “En el natalicio de Vladimir I. LENIN, reafirmamos el carácter leninista del Partido Comunista de Chile”.
Ser leninista alude a una concepción específica de la política que es central para entender la estrategia actual de los comunistas chilenos donde todas las formas de lucha son consideradas legítimas a fin de alcanzar los fines revolucionarios. El usar uno u otro medio se concibe sólo como un asunto de carácter práctico.
Esta posición, absolutamente carente de moral respecto de los medios de lucha, será adoptada plenamente por Lenin tal como lo expresa en el primer número de Iskra (diciembre de 1900), el periódico que fundó a fin de desarrollar y coordinar la lucha revolucionaria en Rusia, donde sostiene lo siguiente (recordemos que por entonces las corrientes comunistas aún se autodenominaban socialdemócratas):
“La socialdemocracia no se ata las manos, no limita sus actividades a un plan cualquiera previamente preparado o a un solo procedimiento de lucha política, sino que admite como buenos todos los procedimientos de lucha, siempre que correspondan a las fuerzas de que el partido dispone y permitan lograr los mayores resultados posibles en las condiciones dadas”.
Lenin volverá a abordar el tema en el cuarto número de Iskra (mayo de 1901) y por si alguna duda hubiese quedado acerca de si la expresión “todos los procedimientos de lucha” también incluía el uso del terror bajo circunstancias propicias, establecerá lo que sigue:
“En principio, jamás hemos renunciado ni podemos renunciar al terror. El terror es una acción militar que puede ser utilísima y hasta indispensable en cierto momento de la batalla, con cierto estado de las fuerzas y en ciertas condiciones”.
El uso de “todos los procedimientos de lucha”, incluido el terror, se haría realidad, a una escala sin precedentes, después de la toma del poder por los bolcheviques en 1917 y llegaría a su paroxismo bajo Stalin en la década de 1930. El gran terror de la época estalinista, con sus millones de muertos, fue el triste corolario de una moral en la que el fin, la construcción de la utopía comunista, justifica todo medio que se considere necesario para poder alcanzarla. Esa es la esencia del leninismo y a esa esencia sigue siendo fiel nuestro Partido Comunista.
Al acecho
En enero de 2025 se celebró el XXVII Congreso Nacional del Partido Comunista de Chile. En sus resoluciones se puede leer lo siguiente sobre el así llamado “estallido social” de octubre de 2019 y la actuación del partido en el mismo:
“La revuelta social marcó un momento de quiebre al poner en jaque al modelo político y económico imperante (…) El Partido no estuvo a la altura de los requerimientos de conducción durante la revuelta social. Faltó capacidad de anticipación y una lectura adecuada del contexto que permitiera liderar el proceso (…) Un partido pequeño, con bajo poder de organización y escasa inserción en los sectores populares, no logró canalizar el potencial transformador de la revuelta hacia cambios profundos”.
En otras palabras, la insurrección se frustró por las debilidades del partido, así como por su falta de inserción “en los sectores populares”. De otra manera, como fácilmente se entiende, se hubiese producido un golpe revolucionario capaz de derrocar al gobierno democráticamente electo de Sebastián Piñera. Faltó, para decirlo de otra manera, un fuerte partido leninista con capacidad de transformar el descontento en insurrección y toma del poder.
Esta constatación autocrítica definirá el derrotero estratégico del partido a partir de entonces. Se trata de prepararse para el próximo estallido, es decir, constituir aquella vanguardia leninista que estará en condiciones de transformar la revuelta popular en insurrección revolucionaria.
La Conferencia Nacional 2026 del partido, celebrada del 16 al 18 de octubre de este año, es un hito importante en la concreción de esta estrategia. El diagnóstico de la situación del país presentado en las resoluciones de la conferencia es categórico: estaríamos en presencia de un malestar que crece rápidamente ya que, a juicio del partido, “el gobierno de Kast fracasó, y tiene sumido al país en una crisis económica y social”.
Ello define la tarea central del partido: canalizar las aguas de ese malestar hacia su molino revolucionario a fin de destruir la “democracia liberal” hoy existente y dar paso a lo que llama “democracia participativa” o “democracia sustantiva”, lo que no son sino nuevos eufemismos para no hablar derechamente de la dictadura del partido al estilo de esa Cuba que se sigue admirando sin la menor ambigüedad.
Según las resoluciones de la Conferencia Nacional:
“Frente a este gobierno, el Partido se plantea en este período la resistencia estratégica: defender lo conquistado y, al mismo tiempo, acumular fuerzas, construir alternativa y preparar la contraofensiva”.
Ya sabemos, por las resoluciones del XXVII Congreso, en que consiste esta contraofensiva. El partido está al acecho, fortaleciendo su organización e inserción social. La próxima vez no piensa faltar a la cita con el golpe revolucionario. Quien lo dude no conoce la historia del comunismo.
