La derecha chilena enfrenta una encrucijada que trasciende las disputas programáticas habituales. Lo que está en juego no es una mera renovación generacional ni un ajuste táctico, sino su propia supervivencia como tradición política reconocible.

El fenómeno Johannes Kaiser ilustra con nitidez esta amenaza. Su propuesta combina el populismo libertario de Murray Rothbard -quien en Right-Wing Populism: A Strategy for the Paleo Movement abogaba por una derecha agresiva y anti-establishment-, elementos de la derecha identitaria europea, una retórica anti-woke deliberadamente simplificadora y referencias al cristianismo ortodoxo. Esta amalgama no es caprichosa: responde a un patrón que hemos visto replicarse con variaciones en otras democracias occidentales.

Los ejemplos abundan y son inquietantes. El Partido Republicano estadounidense, que alguna vez representó el conservadurismo progresista de Theodore Roosevelt Jr., el pragmatismo de Nelson Rockefeller o George H.W. Bush, ha quedado subordinado a la lógica trumpista. En Francia, la derecha gaullista tradicional —con su énfasis en el Estado fuerte y la grandeza nacional— se ha visto reducida a la marginalidad frente al avance de Marine Le Pen. En Argentina, el PRO, que nació como alternativa liberal-conservadora, ha terminado convertido en apéndice del proyecto de Javier Milei.

José Antonio Kast representa otra vertiente de este fenómeno. Aunque mantiene formas más institucionales, su proyecto fusiona el gremialismo pre-Lavín —aquel que privilegiaba la subsidiariedad y los cuerpos intermedios— con una retórica calcada de Giorgia Meloni y Viktor Orbán: énfasis en la identidad nacional, rechazo a las élites progresistas y defensa de valores tradicionales amenazados. Es una síntesis más presentable que la de Kaiser, pero igualmente disruptiva respecto a la herencia conservadora y liberal chilena.

Esta derecha tradicional hundía sus raíces en dos tradiciones decimonónicas: el conservadurismo católico, defensor del orden social y las jerarquías naturales, y un liberalismo desde doctrinario hasta reformista, comprometido con el Estado de derecho y las libertades individuales. Ambas corrientes, pese a sus diferencias, compartían un respeto fundamental por las instituciones republicanas y una concepción de la política como gestión responsable del bien común.

Las nuevas derechas radicales no solo difieren en contenidos, sino en su comprensión misma de la actividad política. Rechazan el gradualismo, desconfían de las mediaciones institucionales y cultivan un estilo confrontacional que convierte cada debate en batalla cultural. No buscan gobernar dentro del sistema: aspiran a refundarlo.

Ante este panorama, las respuestas posibles divergen. Existe la tentación de la frivolidad, ejemplificada en Mauricio Macri: minimizar las diferencias, buscar acomodaciones pragmáticas y terminar convertido en figura testimonial del circuito de conferencias internacionales. La alternativa es la claridad de Édouard Philippe en Francia o Friedrich Merz en Alemania, quienes han trazado límites nítidos y defendido la especificidad de sus tradiciones políticas.

La derecha chilena tradicional debe decidir si comprende la naturaleza existencial de este desafío. No se trata de competir por votantes ni de actualizar el discurso. Se trata de preservar una forma de entender la política que, con todos sus defectos históricos, resultó compatible con la democracia liberal y el pluralismo. Perderla no sería solo una derrota electoral: sería el inicio de la extinción de una cultura política.

Profesor de la Facultad de Artes Liberales, UAI.

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2 Comments

  1. Lo que no entiende este profesor de la facultad de artes liberales de la UAI, es que antes que la vertiente conservadora de la derecha tradicional llegara al punto que tanto le duele a él, la sección liberal de esa misma derecha ya se había vuelto loca; y de patio.
    Gracias a Dios, surgieron las nuevas derechas radicales como él las llama, porque la derecha liberal, fanática de Silvio Rodríguez y Quilapayún, y adoradora del arco iris y de la muerte mientras entona Bella Ciao, no nos habría dejado civilización cuando hubiera sido fagocitada por la extrema izquierda, como ya lo fue la DC.
    Y extrañamente, pasó en todo el mundo occidental, como él mismo profesor de la facultad de artes liberales pudo notar, lo que demuestra que no es un acontecimiento político, sino un renacimiento cultural; un sacudirse y vomitar la contracultura que se tragaron los liberales.
    La necesidad crea al órgano, Sr. Bustamante. Y la necesidad partió por ustedes.

  2. Aunque Jara, el Partido Comunista y la izquierda radical son el verdadero peligro que enfrentamos en esta elección, el autor de esta columna se dedica a atacar a la derecha y trata a sus candidatos de extremistas. ¿Acaso no sabe el daño enorme que ha hecho el comunismo en todo el mundo? Los millones de muertos? ¿No se acuerda que Allende llegó al poder prometiendo a todos que su gobierno sería moderado y que no se saldría de las leyes y la Constitución?

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