Bernabéu

Anoche se disputó el encuentro entre el Real Madrid y el Girona (1-1), correspondiente a la fecha 31 del torneo español. El cuadro merengue marcha en segundo lugar, a seis puntos del líder y archirrival, Barcelona, que en unas horas se mide ante el Espanyol. De vencer el conjunto culé, estiraría la diferencia a nueve puntos sobre el Madrid; con solo siete fechas para el final, la suerte parece estar echada en favor de los catalanes.

Llevo algunos días en Madrid y observo que se respira una tranquilidad y un «vivir la vida» extraordinarios. Nada parece permear este bienestar: ni la política ni la guerra que se libra en Medio Oriente, a 4.500 kilómetros de España (una distancia similar a la que separa a Arica de Puerto Natales). Es en este ambiente donde, desde hace meses, mi yerno José Tomás —quien reside en Madrid a solo cinco cuadras del Bernabéu— tenía ya los tickets comprados para este partido.

De todo lo vivido, desde la caminata hacia el estadio en medio de la marea madridista hasta el ingreso a las gradas tras superar unos controles nada rigurosos, observar la grandeza y el confort de este gigante deportivo fue algo que jamás había experimentado. La iluminación, el césped similar a una alfombra persa gigante, las pantallas y el sonido envolvente (estrenado hace algunos meses)… en fin, todo estaba en su lugar, preciso.

Guardando las proporciones, lo primero que se me vino a la memoria fue cuando tuve la oportunidad de conocer la Casa Blanca en Washington e ingresar al Despacho Oval. Allí, la luminosidad del lugar, la alfombra impecable y el mobiliario histórico conformaban un espacio mágico, único e irrepetible; un sitio donde lo único que deseaba era que el tiempo se detuviera para permanecer más rato en ese entorno tan atrayente.

Por momentos, el espectáculo del entorno es tan cautivante que nos olvidamos del partido jugado. Y, a decir verdad, no hay mucho que comentar: fue un encuentro deslucido, con un Real Madrid sin alma. Pareciera que no basta con tener figuras, pues algunas de ellas son verdaderos «divos» que parecen más preocupados de las pantallas del estadio —buscando su mejor perfil o arreglándose el pelo cuando los enfocan— que del juego mismo.

Algo parecido le ocurrió al PSG en 2021, cuando integró a Messi junto a Neymar, Mbappé y Di María, y no pasó nada. Ahora el Real Madrid cuenta con Mbappé, Vinícius, Güler, Valverde y Bellingham, entre otros, pero queda claro que cuesta mucho encontrar a un entrenador que logre dominar a tal contingente de estrellas. El recuerdo agranda la figura de nuestro Iván Zamorano, integrante del cuadro merengue en la temporada 1994-95, donde logró 28 tantos en la Liga, transformándose en goleador e ídolo.

Al terminar este comentario, y apelando a la metáfora de la canción de Enrique Iglesias, puedo decir que la cita en el Bernabéu fue una experiencia «casi religiosa». Lástima que la paridad del resultado desluciera una fiesta que habría sido perfecta, tal como se lo merecía esta «Casa Blanca».

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1 Comment

  1. Muy buena columna Don Gonzalo. Interesante lo que cuenta sobre lo que se vive en el Bernabéu y que estadio más espectacular.
    Gracias por relatarnos su experiencia.

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