Imagino a Lionel Messi dirigiendo la orquesta mundial del fútbol, en la que participan los músicos más virtuosos y famosos del planeta. Los futbolistas de esta Copa Mundial están a las órdenes del director argentino. La mayoría de los intérpretes están a la altura de su calidad y prestigio; otros desafinan un poco y algunos, mucho.

Veamos a Lionel Messi (director de orquesta): lleva la batuta imaginaria desde el podio y dirige a sus músicos, quienes lo llaman “maestro”. De la misma manera que en el terreno de juego, se encarga de dictar el ritmo, organizar las acciones y hacer que todas las piezas del equipo funcionen en perfecta armonía. La autoridad moral y deportiva de Messi lo coloca en un pedestal donde su técnico y compañeros sienten una verdadera admiración; inteligentemente, arman la Selección Argentina de acuerdo a las necesidades del astro trasandino y, hasta ahora, les funciona.
Siguiendo con los jugadores —perdón, con los músicos—, tenemos a Kylian Mbappé (flauta traversa): el francés aporta velocidad, vértigo, transiciones limpias y, finalmente, su olfato goleador.
Erling Haaland (trombón): toca un potente trombón de varas. Su elección refleja una fuerza física demoledora y una potencia goleadora capaz de romper cualquier línea defensiva con un sonido estruendoso.
Jude Bellingham (piano): es sabida su admiración por Elvis Presley, a quien en ocasiones representa cuando convierte un gol. En el Real Madrid y en la selección inglesa valoran su inteligencia y su despliegue físico para transitar por toda la cancha; toma decisiones con la calma de un veterano y contagia su carácter ganador a sus compañeros.
Harry Kane (contrabajo): maneja el instrumento más grande de las cuerdas. Su rol representa el soporte, la estructura pesada y la base sólida que un delantero centro clásico e histórico le da a todo el equipo. A mí no me gustaba mucho porque, a pesar de ser un gran goleador, nunca salía campeón, hasta la copa que consiguió recientemente con el Bayern Múnich. Con sus dos tantos ante Croacia en el primer partido de este Mundial, igualó a Gary Lineker como máximo goleador histórico de Inglaterra en esta competición.
Luis Díaz (las maracas): aporta todo el sabor caribeño y la alegría. Las maracas capturan a la perfección su ritmo, su juego vistoso, su velocidad eléctrica y el vértigo de su regate. Actualmente es la figura de Colombia y, poco a poco, reemplazará (si no lo ha hecho ya) a James Rodríguez como el referente máximo de “los cafeteros”.
Michael Olise (platillos): a este futbolista francés, que representa al Bayern Múnich, el director le asignó los platillos porque estos permanecen en silencio durante gran parte de una obra, pero cuando aparecen, lo hacen con un golpe estruendoso que cambia el ritmo de la música. Esto imita a la perfección sus cambios de ritmo y sus desbordes impredecibles; Olise está señalado como una de las grandes figuras del Mundial 2026.
Cristiano Ronaldo (violín): se ubica a la izquierda tocando con cara de máxima tensión y frustración bajo el efecto “asombro”. Esto representa su nivel de autoexigencia extrema, donde el más mínimo error o nota fuera de lugar lo hace gesticular con intensidad. Por su carácter y sus 41 años a cuestas, no es fácil su integración con el equipo. Vamos a ser directos: a CR7 sus compañeros no lo quieren ni lo idolatran como los seleccionados argentinos a Lionel Messi. En el inicio del torneo Cristiano desafinó y los lusitanos lo sintieron, logrando solo empatar ante la débil selección del Congo.
Lamine Yamal (triángulo): es el miembro más joven de esta singular orquesta. Lamentablemente, el “director” español lo integró al partido cuando faltaban solo 19 minutos para el término. A este tipo de jugadores, que no aparecen muy seguido, el técnico tiene que incluirlos desde el arranque, darles confianza y respaldarlos. El estratega hispano desafinó feo y así le fue a España: un magro empate 0-0 ante Cabo Verde en esta primera fecha del Mundial. El triángulo de Lamine no se pudo escuchar muy bien; sencillamente no tuvo tiempo.
Es difícil plasmar en pocas líneas los sentimientos que provoca un Mundial de Fútbol. Tal es así que personas que nunca van a un estadio ni lo ven por televisión, cuando llega la instancia mundialista, se transforman en grandes consumidores de fútbol, dando opiniones y comentando lo que ven por las pantallas. Todas sus opiniones son válidas porque, aunque sea una industria muy generosa en divisas, no deja de ser un deporte que nos apasiona y entretiene.
Se han jugado los 24 encuentros de la primera fecha de la fase de grupos y ya hicieron su estreno las 48 selecciones en competencia. De verdad no hay ninguna, salvo el traspié de España que igualó con Cabo Verde, la paridad de Portugal con el Congo y el punto que rescató Uruguay ante Arabia Saudita. Brasil, por su parte, no la tenía fácil ante un crecido Marruecos.
Al terminar esta fecha, podemos decir que a los 24 encuentros han asistido 1.572.584 espectadores, con un promedio de 65.524 personas por partido. La capacidad total de los estadios sumaba 1.672.417, lo que significa que se llegó a un 94,5% de asistencia en las instalaciones: un éxito completo.
Con los cambios sutiles pero insistentes que está introduciendo la FIFA no nos quedará otra que irnos acostumbrando; por ejemplo, a que en el minuto 22 de cada tiempo el juego se detenga por 2,5 minutos para que los jugadores se hidraten. Viendo el lado positivo de esta medida, los televidentes también tendremos tiempo para ir a buscar una pizza y una cerveza, con lo cual los auspiciadores no lograrán el objetivo de que veamos su publicidad. Pero hay que ser justos: si no fuera por la publicidad, estaríamos viendo el Mundial en un televisor Geloso, en blanco y negro.
