El nuevo gobierno ha optado por una estrategia reconocible: ordenar la economía y comunicar sus avances a través de cifras. Crecimiento acotado, cuentas fiscales bajo presión, mercado laboral tensionado y un proceso de normalización tras años de desajustes. En términos técnicos, el enfoque es defendible.

El problema es otro: los datos, por sí solos, no construyen realidad política.

La evidencia acumulada -desde la economía conductual hasta los trabajos de Robert Shiller- es consistente en un punto: las personas no procesan la economía como un conjunto de indicadores, sino como un relato que les permita interpretar su experiencia. No se trata de un déficit de información, sino de una forma de funcionamiento cognitivo.

En ese contexto, el eje económico del gobierno enfrenta una limitación que no es técnica, sino conceptual: comunica información, pero no articula significado. Y la diferencia es sustantiva.

Hoy Chile convive con una paradoja conocida: se anuncian señales de estabilidad y reactivación, mientras la experiencia cotidiana sigue marcada por fragilidad laboral, altos costos de vida y baja capacidad de proyección. Esa brecha no se corrige con más datos; se corrige con una historia que los ordene y les dé sentido.

Aquí es donde la discusión contemporánea sobre política económica se vuelve ineludible: las decisiones técnicas requieren legitimidad narrativa como condición de viabilidad. No basta con hacer bien las cosas; es necesario que la ciudadanía pueda leerlas como parte de un rumbo coherente.

Un ejemplo ayuda a fijar el punto. A comienzos de los años 90, tras la transición, Chile enfrentaba un desafío complejo: consolidar el crecimiento, reducir la pobreza y mantener la estabilidad institucional. Los datos importaban, pero lo que alineó al país fue un relato simple y persistente: crecer con estabilidad para reducir la pobreza y ampliar oportunidades. Esa narrativa permitió sostener políticas graduales, disciplina macroeconómica y apertura comercial bajo un horizonte comprensible para la ciudadanía.

No era sólo crecimiento. Era crecimiento con propósito. Ese es el estándar.

Hoy, en cambio, la comunicación económica aparece fragmentada. Se informan medidas, se reportan cifras, pero no se construye una historia que conecte ajuste, estabilidad y futuro. Sin ese marco, la percepción pública se organiza en torno a experiencias inmediatas -muchas veces adversas- y a relatos alternativos que sí ofrecen coherencia, aunque no necesariamente precisión.

Lo que falta no es más información, sino una estructura narrativa clara: qué ocurrió -un ciclo de desorden y ajuste-, qué se está haciendo -ordenar las cuentas y reactivar la inversión-, hacia dónde se avanza -crecimiento sostenible y empleo formal- y cómo ese proceso impacta en la vida cotidiana. Esa secuencia no es cosmética; es lo que convierte una política en un proyecto inteligible.

En última instancia, la política económica opera en dos planos simultáneos: el de las variables objetivas y el de las percepciones compartidas. Descuidar el segundo no invalida el primero, pero sí limita su alcance.

Chile ya demostró que sabe construir esos relatos. La pregunta es si este gobierno recuerda cómo se hace.

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