Hay algo inquietante en la manera en que nos estamos relacionando como sociedad. Con demasiada frecuencia, las voces más exaltadas, categóricas e incendiarias terminan ocupando el espacio público. No necesariamente porque representen a la mayoría ni porque tengan mejores argumentos. Muchas veces, se imponen simplemente porque hablan más fuerte, reaccionan más rápido y están dispuestas a llevar cada desacuerdo hasta sus últimas consecuencias.
Este fenómeno no ocurre en el vacío. Los medios de comunicación y, especialmente, las redes sociales han contribuido a exacerbarlo. Una afirmación indignada, una acusación tajante o una descalificación captan nuestra atención. Y la atención, en la economía digital, tiene valor: se traduce en clics, comentarios, circulación y, finalmente, recursos. Así, las voces estridentes encuentran un ecosistema especialmente favorable para amplificarse.
Pero hay una parte de esta dinámica que puede quedar oculta y nos preocupa especialmente: ¿Qué rol jugamos quienes no queremos participar de esa lógica? ¿Qué consecuencias tiene el silencio de quienes podríamos introducir una voz más sensata y dialogante?
Nos referimos a quienes intentan comprender antes de juzgar. Esas voces que pueden reconocer razones en más de una posición y prefieren buscar acuerdos antes que derrotar adversarios. Personas que pueden tener convicciones firmes, pero que no necesitan convertir a quien piensa distinto.
Nuestra impresión es que, muchas veces, estas personas se restan. Callan en una reunión, no intervienen en una discusión o evitan expresar públicamente lo que piensan. Y es comprensible. Anticipan el costo de hacerlo: la simplificación de sus argumentos, la censura, la respuesta agresiva, la descalificación o la obligación de defender una postura en pocos minutos.
Cuando alguien vocifera, acusa o divide rápidamente el mundo entre buenos y malos, entrar en la conversación requiere energía. Además, quienes tienen una disposición más dialogante suelen percibir mejor la complejidad de los problemas: dudan, matizan, consideran excepciones. Mientras todavía están pensando cómo formular una idea, otro ya instaló sus certezas. Y esas certezas tienen una ventaja adicional: simplifican. Frente a una realidad compleja, la categorización social nos permite ordenar rápidamente el mundo entre un “nosotros” y un “ellos”, acentuando las semejanzas dentro de cada grupo y las diferencias entre ambos. Así, quien piensa distinto puede dejar de ser percibido como una persona con argumentos particulares y pasar a convertirse en representante de “los otros”. El desacuerdo ya no gira solamente en torno a una idea, sino también en torno a quiénes somos, quiénes son ellos y de qué lado está cada uno. En ese escenario, los discursos categóricos resultan especialmente eficaces: ofrecen fronteras claras, adversarios reconocibles y explicaciones sencillas, mientras que una voz sensata y dialogante exige sostener matices, reconocer excepciones y aceptar que la realidad rara vez cabe por completo en dos bandos. Y cuando quienes están dispuestos a introducir esos matices optan por retirarse, esa ventaja deja de ser solo discursiva: comienza también a definir qué voces permanecen visibles y cuáles desaparecen de la conversación. El problema es que ese silencio tiene consecuencias, y no son menores.
Cuando las voces distintas se retiran, las posiciones más estridentes quedan sin contrapeso. Y cuando una perspectiva ocupa casi por completo el espacio, fácilmente comenzamos a suponer que representa a muchos más de los que realmente representa. La reiteración crea una apariencia de consenso: aquello que escuchamos una y otra vez empieza a parecernos normal e incluso inevitable.
Aquí aparece una paradoja incómoda: quienes más valoran el diálogo pueden terminar, mediante su silencio, entregando la conversación precisamente a quienes menos interés tienen en dialogar.
Ser sensato no significa ser tibio ni necesariamente moderado. Tampoco significa ubicarse siempre en el centro. Significa ser capaz de defender con convicción una postura sin perder de vista la humanidad de quien está enfrente. Poder decir “creo que estás equivocado” sin convertir esa discrepancia en “por eso eres una mala persona”. Reconocer que los problemas complejos rara vez se resuelven mediante consignas simples. Y mantener abierta la posibilidad de que una conversación pueda transformar no solo al otro, sino también a nosotros mismos.
Pero esa forma de participar en el espacio público requiere algo más que buenas intenciones: requiere coraje.
Implica atravesar la incomodidad que aparece cuando una conversación comienza a polarizarse y atreverse a decir: “No estamos seguros de que sea tan sencillo”, “creemos que hay algo que no estamos considerando” o, simplemente, “entendemos tu argumento, pero no estamos de acuerdo”.
Son intervenciones pequeñas, pero importantes. Cada vez que alguien introduce un matiz donde solo había certezas, vuelve a abrir espacio para el pensamiento. Cada vez que alguien discrepa sin agredir, desafía la lógica de los bandos y muestra que existe otra manera de convivir con nuestras diferencias.
Y eso también puede ser contagioso. Una persona se atreve a disentir sin atacar; otra descubre que también puede hacerlo; una tercera, que permanecía callada, comprende que no está sola. Poco a poco comienza a cambiar aquello que consideramos normal en nuestras conversaciones.
Por eso el silencio de las voces sensatas no es inocuo. Hay momentos en que callar es prudente, por supuesto. Pero también hay momentos en que el silencio termina siendo cómplice, involuntariamente, con la misma dinámica que rechazamos.
En tiempos de polarización, necesitamos que quienes todavía creen en el entendimiento se atrevan a ocupar el espacio. No para gritar más fuerte, sino para introducir matices, reconocer la complejidad de los problemas y mantener vivos el diálogo y el reconocimiento del otro.
Porque si quienes están dispuestos a dialogar se retiran, el espacio no quedará vacío. Lo ocuparán quienes no tienen ningún problema en imponerse.
Tal vez, una cultura del entendimiento no comience esperando que las voces incendiarias se acallen. Quizás comience cuando más personas sensatas estén dispuestas a atravesar la incomodidad y participen, cuando sería mucho más fácil guardar silencio.

Muy cierto lo que presentan …. Espero que por disentir en una discusión sin exaltarse, además de costar mucho, pueda modificar esas posturas absolutistas, que de por sí parece muy difícil …
Aparentemente muy razonable y admirable. El problema es quién califica si una postura es razonable, ubicada, o que busca el bien y el bien común????? O es autoevaluacion????? La democracia soluciona este dilema. Un ciudadano un voto, elige a sus representantes. Quizás algunos grupos dicen que les gusta y adhieren a la democracia solo cuando ganan….. ahora, si se trata de hablar, escribir, confrontar, opinar, debatir, bueno, la libertad plena existe para ello. Ahora, si no hay fuerza de convicción y argumentos, nada que hacer…….