No se vota, no se legisla, no tiene autor. Pero condiciona, todos los días, la aprobación presidencial.
El petróleo es probablemente el impuesto más relevante de la economía moderna. No pasa por el Congreso ni se discute en campaña, y carece de responsable político directo. Pero sí tiene consecuencias electorales inmediatas.
En Estados Unidos, la evidencia es clara, aunque lejos de perfecta: los períodos de alzas sostenidas en la gasolina suelen coincidir con caídas relevantes en la aprobación presidencial. Ocurrió en los años setenta, se repitió en 2008 y volvió a observarse en 2022. La relación no es mecánica, pero sí persistente —y, sobre todo, asimétrica—: el alza en los precios se castiga rápido, mientras la baja tarda en compensar.
La evidencia académica reciente lo ha formalizado. Un estudio de Rangan Gupta, Christian Pierdzioch y Aviral Tiwari muestra que el precio de la gasolina no solo correlaciona negativamente con la aprobación presidencial en Estados Unidos, sino que incluso tiene capacidad predictiva sobre ella. No es casualidad. Es el reflejo del llamado “voto de bolsillo”: el votante no evalúa teorías económicas, evalúa cuánto le cuesta vivir.
Ese patrón no es exclusivo de Estados Unidos. En Chile, aunque no exista una relación causal directa demostrada, la experiencia reciente es consistente con esa lógica: cuando el costo se vuelve visible, la evaluación política se ajusta. No es el precio en sí lo que gatilla el efecto, sino el momento en que se hace evidente. Cuando se acelera el traspaso del precio del petróleo al consumidor —cuando el amortiguador se reduce—, el impacto deja de ser técnico y pasa a ser político. El MEPCO, el mecanismo que busca amortiguar la volatilidad del precio internacional en el precio que paga el consumidor, nació precisamente para administrar ese riesgo, no para eliminarlo.
Ahí está el punto: lo relevante no es solo cuánto sube el precio del petróleo, sino cuándo se siente.
El impacto, además, no se queda en el costo de la energía. El índice de alimentos de la FAO volvió a subir con fuerza —en marzo, 2,4% mensual—, impulsado por mayores costos energéticos. El petróleo no solo se paga en la estación de servicio: se paga en el supermercado. Y cuando eso ocurre, el efecto deja de ser aislado.
Por eso, la discusión relevante no es si el alza se traspasa o no. Siempre se traspasa. La pregunta es otra: quién la absorbe y cuándo. Mecanismos como el MEPCO no eliminan el problema; lo administran. Precisamente por ello, las decisiones que ajustan fuertemente estos instrumentos —dolorosas, pero que pueden ser económicamente responsables— requieren un timing adecuado. Ya que, en cualquier caso, el capital político utilizado necesitará tiempo para recuperarse.
En Estados Unidos, a meses de una elección clave, la administración de los efectos en los bolsillos, no es solo una decisión técnica. Si la gasolina se mantiene presionada —por conflictos, restricciones de oferta o primas de riesgo—, el patrón histórico y la evidencia empírica apuntan en la misma dirección: el costo de vida pasa a dominar la conversación y el voto de castigo gana fuerza.
En ese contexto, Donald Trump no necesita controlar el precio del petróleo. Le basta con algo más acotado —y más realista—: hacer menos perceptible el aumento. Reducir incertidumbre, moderar expectativas, compensar el efecto. No es control, es gestión del clima económico.
Porque la lógica es simple: si el costo de vida deja de deteriorarse, el castigo pierde intensidad.
Ahí aparece la tensión con “America First”. Si el votante percibe que la política exterior —conflictos, sanciones o disrupciones— termina encareciendo su vida, la promesa pierde credibilidad. No por razones ideológicas, sino por algo más básico: el bolsillo.
No hay evidencia de que un gobierno pueda controlar el precio global del petróleo. Pero sí hay evidencia —y experiencia— de que su evolución condiciona el resultado político. El desafío de los gobiernos no es dominar ese precio, sino gestionar sus efectos: decidir cuánta volatilidad absorben ellos y cuánta trasladan al votante, y en qué momento.
