Un fantasma recorre Europa, podríamos decir usando la fórmula del Manifiesto de 1848: hoy es el fantasma de la anarquía.
No hablo del anarquismo, esa corriente de ideas con sus escuelas y sus teóricos. Hablo de la anarquía a secas: el desorden, el caos, la destrucción del orden existente sin la menor intención de levantar otro en su lugar.
Francia es el caso más visible. El sábado 17 de octubre, una jornada contra el costo de la vida, sumada a las protestas de liceanos por la falta de profesores, reunió a 550.000 personas según el Ministerio del Interior. Terminó con el ayuntamiento de Limoges en llamas, cerca de 1.500 locales comerciales dañados, cientos de efectivos heridos y toques de queda en varias ciudades.
Macron prometió que pagarán quienes intentaron derribar la República. Su primer ministro, Sébastien Lecornu, fue más lejos. Acusó a grupos de ultraizquierda de organizar la violencia y, citando a los servicios de inteligencia, advirtió que buscan instalar un desorden profundo en el país hasta la elección presidencial de abril. Según Lecornu, existe toda una nebulosa capaz de activarse para poner en duda el calendario, e incluso la realización, de esos comicios.
Todo esto ocurre en un país donde no existe mayoría parlamentaria desde las elecciones de 2024, que ha cambiado tres veces de primer ministro (dos de ellos derribados por la Asamblea en disputas por el presupuesto) y cuya deuda supera el 117% del PIB.
Francia no es un caso aislado. España vivió a fines de julio, en Ceuta, su crisis migratoria más grave con Marruecos desde 2021. Miles de personas entraron a la ciudad a nado o a pie, bordeando el espigón fronterizo del Tarajal. Hubo decenas de muertos y el Gobierno tuvo que desplegar al Ejército en la frontera. En octubre, cientos de miles de personas marcharon en Madrid y otras ciudades por una vivienda cuyo arriendo se duplicó en diez años, después de que el Congreso rechazara los decretos del Gobierno.
Italia atraviesa su propio otoño caliente, con estudiantes, camioneros y agricultores en la calle y desabastecimiento de combustible en el sur. En Albania, las protestas contra Edi Rama ya son las más grandes desde la caída del régimen comunista.
Los detonantes son distintos: el presupuesto, la vivienda, la frontera, la corrupción. Son problemas plurales, pero llevan un mismo signo, el antisistema. Detrás hay Estados sobreendeudados (Italia sobre el 138% del PIB, Francia sobre el 117%, España sobre el 100%) que prometieron más de lo que pueden pagar, y clases políticas fragmentadas, con falta de liderazgo e incapaces de decidir.
Hay un factor que buena parte de la prensa europea trata con pinzas: la inmigración y la falta de asimilación. Los datos todavía son parciales, pero apuntan en una dirección. En Niza, el prefecto de los Alpes Marítimos, Jean-Marie Girier, informó que un tercio de los detenidos por los desmanes eran extranjeros y anunció que les retirará sus permisos de residencia. Fuentes policiales citadas por Europe 1 reconocieron que jóvenes de los barrios periféricos aprovecharon el caos para saquear tiendas. No se trata de culpar a los inmigrantes, que en su mayoría trabajan y respetan las leyes del país que los recibió. Hay un problema más profundo: el arraigo. Cuando no hay asimilación de la cultura del país de acogida, ni siquiera entre quienes nacieron en él, falta aquello que sostiene a una comunidad política: un sentimiento nacional, una conexión con esa tierra, con ese Estado y con su historia y, cuestión clave, con el proyecto de futuro.
Quien no siente que la República es suya no tiene reparos en quemar un ayuntamiento. Ese vacío de pertenencia hace mucho más probable que el desmán prenda y que grupos organizados logren imponer la anarquía, porque encuentran a mano a jóvenes sin nada que los ate a lo que destruyen. Si se confirmara que la extrema izquierda instrumentaliza esa frustración, estaríamos ante algo más grave que un estallido espontáneo.
¿Qué gana la ultraizquierda con todo esto, si cada vidriera rota podría sumar votos a Marine Le Pen? Paul Smith, de la Universidad de Nottingham, lo dijo sin rodeos: ve un solo beneficiario, y es Le Pen. La pregunta parece de sentido común, pero supone que estos grupos quieren ganar elecciones. No es así. Su lógica es la de agudizar las contradicciones: tensionar el sistema hasta que ceda. Si en el camino llega al poder el adversario más duro, tanto mejor, porque confirma su relato. Por eso no son movimientos orgánicos. No proponen un orden nuevo: buscan reventar el existente.
Mientras tanto, Jean-Luc Mélenchon niega toda responsabilidad y habla de un movimiento “autoorganizado”. Cuando ardían los edificios públicos, prefirió criticar a los canales que mostraban las imágenes de violencia.
Los chilenos conocemos esta película. El 18 de octubre de 2019 vimos cómo demandas legítimas eran capturadas por grupos que no buscaban reformas, sino el quiebre, y cómo el Estado llegó tarde porque no supo leer lo que se venía. Francia parece haber tropezado con la misma piedra: la prensa francesa habla de una movilización subestimada y de una falla de inteligencia, y el ministro del Interior acaba de ordenar a los prefectos reforzar la inteligencia sobre las próximas jornadas.
Chile debe mirar a Europa como una advertencia. Eso exige invertir en una inteligencia moderna y profesional, capaz de anticipar cuándo el descontento social está siendo aprovechado por quienes buscan el caos, y de distinguir al manifestante legítimo del que sólo quiere destruir.
Un Estado que no ve venir la crisis termina administrando sus escombros. No podemos permitirnos otra revolución de octubre en Chile.
Íñigo Fernández Zegers, director de contenidos
Fundación Ideas y Futuro

Me parece un buen análisis y descripción de hechos objetivos. Yo pienso que no habrá espacio para una nueva revuelta, será sofocada oportunamente conforme a estado de derecho