Meta Platforms acordó pagar cerca de US$16.680 millones para cerrar una demanda de 29 estados norteamericanos, que la acusaba de optimizar deliberadamente el diseño de sus aplicaciones para maximizar el enganche de niños, niñas y adolescentes, a costa de su salud mental, y de recolectar ilegalmente sus datos sin consentimiento parental. Como parte del acuerdo, la compañía deberá reforzar la verificación de edad, ampliar los controles parentales y limitar el uso nocturno de adolescentes en Facebook e Instagram.

Es un fallo con un enorme valor simbólico: traslada de la sospecha cotidiana a la sentencia judicial una intuición que padres, profesores y psicólogos venían señalando hace años. Un tribunal, con la evidencia interna de la propia empresa sobre la mesa, le puso nombre a algo que hasta ahora se discutía en términos difusos de «uso excesivo de pantallas».

En Chile, la conversación pública sobre redes sociales y niñez suele moverse entre dos extremos poco útiles: el pánico moral genérico («las pantallas son el problema») y la resignación («es imposible controlarlo»). El caso Meta ofrece una tercera vía, más precisa: el problema no es la tecnología en sí, sino decisiones de diseño concretas -notificaciones, scroll infinito, recompensas variables, algoritmos de recomendación- optimizadas para el tiempo de pantalla y no para el desarrollo saludable de quien las usa. Esa distinción cambia la pregunta de «¿cuánto tiempo de pantalla es aceptable?» a «¿qué diseño deberíamos exigir para proteger a los niños que usan estas aplicaciones?».

Desde la psicología del desarrollo sabemos que la adolescencia es un período de especial sensibilidad a la validación social, la comparación y la búsqueda de pertenencia, justo los mecanismos que estas redes sociales explotan con mayor eficiencia. No es que los adolescentes sean más débiles o menos capaces de autorregularse; es que el diseño está construido a la medida de esa vulnerabilidad propia de la etapa del desarrollo, algo que un cerebro adulto ya consolidado procesa de forma distinta.

¿Qué podría significar esto para Chile? Al menos tres ideas concretas. Primero, que la discusión regulatoria no puede depender solo de la autorregulación de las empresas ni de reglas caseras que cada familia improvisa por su cuenta: se necesita una política pública con estándares mínimos de diseño y verificación de edad, como ya se exige en otros países. Segundo, que la alfabetización digital de padres, madres y profesores debe integrarse de forma sistemática en la educación parental y escolar, y no quedar reducida a charlas puntuales. Y tercero, que como sociedad necesitamos mejores datos propios: sabemos sorprendentemente poco, con evidencia local y no solo importada de Estados Unidos, sobre cómo el uso de redes sociales se relaciona con el bienestar de los niños, niñas y adolescentes chilenos.

El acuerdo de Meta no resuelve el problema; solo lo hace innegable. La pregunta que queda abierta es si Chile va a esperar su propio litigio para actuar, o si es capaz de anticiparse con una discusión seria sobre qué entorno digital queremos para nuestros niños, niñas y adolescentes.

Doctor en Psicologia, Salud y Calidad de Vida. Académico de la Universidad San Sebastián

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