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A poco más de un mes de las elecciones presidenciales y parlamentarias, es clave comprender que sin recomponer las confianzas no podremos alcanzar la anhelada recuperación social y económica que tanto ansiamos luego de más de una década de una profunda crisis de confianza y estancamiento económico. En ese proceso, la empresa tiene un rol ineludible: trabajar por reconstruir confianzas desde de la organización hacia afuera, por medio de una relación ética con todos los stakeholders: trabajadores, familias, accionistas, clientes, proveedores, comunidad y Estado.

El momento es ahora. No podemos perder tiempo, porque para construir un Chile más justo, próspero, solidario y humano nos necesitamos a todos, donde cada uno aporte desde su lugar y capacidades para superar los problemas y desafíos país que tenemos hoy.

Esta nueva forma de mirar la empresa requiere liderazgos éticos que vivan su actividad empresarial como una noble vocación al servicio del bien común, donde el éxito empresarial no se mida sólo por la rentabilidad, sino por su aporte a la sociedad, es decir, en el ejercicio de su rol público. No hay confianza sin coherencia, y se reconstruye con gestos concretos, con decisiones que humanizan, con compromisos que se cumplen, incluso más allá de la normativa y leyes vigentes.

Tras el análisis de un sondeo que realizamos a nuestros socios, si bien el 77% de los encuestados considera que la empresa a la que pertenece la ética tiene un rol relevante, el 49% estima que el principal obstáculo para una conducta ética sostenida en el tiempo es la presión por los resultados. El corto plazo es el gran enemigo de la ética, debilitando la mirada a largo plazo y el actuar responsable con las personas y comunidades.

Lo anterior, se da en un contexto mayor que está ocurriendo en toda Latinoamérica, y de la que Chile no está exento. De acuerdo con los resultados del Barómetro de la Confianza de Edelman –que por primera vez se presentaron en Chile de la mano de Mariana Sanz, su CEO para América Latina, en el Seminario Anual USEC “El desafío de hacer lo correcto: construyamos el país que queremos”–, se constata la sensación ciudadana de que el sistema no está funcionando (o funciona para algunos pocos) y que las instituciones no están siendo capaces de resolver los problemas que nos afectan. La llamada “crisis del agravio”.

Pero también hay buenas señales. El mismo barómetro de Edelman muestra que la mayor relación de confianzas en Latinoamérica se da entre empleadores y trabajadores de una misma organización. Ahí las empresas las únicas instituciones éticas y competentes–, y sus liderazgos, tienen una tremenda oportunidad de aportar a la recomposición del tejido social de nuestro país. La cultura de la empresa es lo que crea confianza interna y externa.

La confianza se reconstruye con gestos concretos, con decisiones que humanizan, con compromisos que se cumplen, incluso más allá de la normativa y leyes vigentes. Necesitamos más líderes empresariales que vivan su rol público y más empresas que sean altamente productivas, plenamente humanas, y socialmente responsables.

Vivimos tiempos de desconfianza, fragmentación y polarización. Hoy las personas no confían en sus instituciones, ni entre ellas. Hemos perdido el sentido de comunidad, el “nosotros”. Chile necesita recomponer su alma. Volver a recuperar esos valores cristianos que han formado nuestra identidad: valores como la solidaridad, la dignidad de la persona y el bien común. Chile no se arregla desde la trinchera, sino desde el encuentro; y la empresa puede convertirse en ese espacio. Puede ser el lugar más relevante de transformación positiva de las personas.

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1 Comment

  1. La columna suena correcto, demasiado correcto. Nace de buenas intenciones. Habla de ética y bien común, pero se olvida o relega a un segundo plano peligroso el rol principal de la empresa. En su entusiasmo, olvida lo esencial: que la empresa sobrevive porque ofrece algo que la sociedad valora y por lo cual está dispuesta a pagar, generando empleos, dignidad a través del trabajo, y finalmente los impuestos que sostienen buena parte del Estado Benefactor.

    El verdadero desafío estimo no es vestir a la empresa de virtud, sino mostrar con convicción el aporte concreto de la empresa y hacerlo correctamente.

    La empresa compite, arriesga, innova y sobrevive bajo presión. Convertir ese esfuerzo en sermón moral la debilita. Nietzsche habría dicho que la fuerza creadora del empresario se sofoca cuando busca aprobación antes que verdad. Pensar sin permiso, también en el mundo empresarial, implica recordar que el bien común no nace del discurso correcto, sino del trabajo bien hecho.

    En síntesis, la columna es amable, bienintencionada pero no inofensiva. La empresa necesita ser más comprendida. La ética más sólida de una empresa está en lo que aporta correctamente. Y hay que decirlo con claridad: las declaraciones políticamente correctas hacen daño, no porque sean amables, sino porque distorsionan la comprensión de las nuevas generaciones sobre cuál es el verdadero aporte de la empresa. El riesgo es distorsionar su rol principal que lo acerca peligrosamente a una ONG y puede confundir el propósito de esta y debilita la confianza.
    Ojalá esta reseña sirva para encontrar en esta perspectiva un punto de encuentro más realista y fértil para la construcción de un país más libre, moderno y próspero.
    Cristián Rubio Adriasola
    Director Chilesuma
    http://www.chilesuma.cl

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