Un puñado de votos podría inclinar la balanza hacia Keiko Fujimori en las elecciones presidenciales del Perú. Con un resultado estrecho que podría judicializarse, la segunda vuelta despertó gran interés en la región. Si en los últimos años ese país era noticia por la salida abrupta de sus presidentes, las elecciones de 2026 han estado marcadas por el peso del voto en el exterior y la división entre la costa favorable a Fujimori y la sierra alineada con Roberto Sánchez.
A este 25 de junio, sabemos que a ambos candidatos los separan 44 mil sufragios –con un 99% del conteo-, aunque observadores internacionales ya han advertido que ese escenario no alcanza para remontar la diferencia entre Fujimori -quien lidera los comicios-, y Sánchez, cuyo partido interpuso recursos ante Jurado Nacional de Elecciones por problemas con algunas actas (reclamos que fueron desechados).
¿Qué nos dejaría un triunfo del fujimorismo? ¿Es ya el giro a la derecha una tendencia en la región? Bajo el supuesto del triunfo de Keiko, Perú sería un caso más de este cambio de paradigma regional. Si a inicios de los 2000 la denominada “Ola rosa” dominó buena parte de América Latina, hoy gran parte de la región no sólo ve en las nuevas derechas como una alternativa, sino que directamente las elige para gobernar.
Las derechas tradicionales lograron triunfos históricos desbancando a coaliciones de centroizquierda e izquierda tras largos periodos en el poder. Sin embargo, hoy muchos de esos referentes han sido desplazados por una nueva generación de liderazgos, como Milei, Bukele o Bolsonaro, que construyen su identidad política diferenciándose de los actores tradicionales —de izquierda y derecha— y apelando a discursos contra el “establishment” o la “casta política”. En ese contexto, el caso peruano puede interpretarse como un nuevo capítulo de esta tendencia regional, aunque con matices propios derivados de su trayectoria política reciente.
Las denuncias de fraude tras la primera vuelta evidencian el deterioro de las instituciones democráticas y de un sistema de partidos transformado en una constelación de vehículos electorales personalistas. Precisamente, porque la crisis peruana tiene raíces institucionales, el país también ofrece una lección valiosa: cuando el diseño institucional deja de producir gobernabilidad, puede ser corregido. La reinstalación del Senado y mayores exigencias para acceder al Congreso buscan contener la fragmentación política de los últimos años. Su éxito aún está por verse, pero reformar instituciones a tiempo es siempre menos costoso que hacerlo en medio de una crisis.
Mientras se aguardan los resultados definitivos, la región también observa a Colombia y la elección brasileña de octubre. Con todos sus matices, Perú con Keiko se sumaría a los liderazgos de Milei, Kast y Bukele, aunque la moderación mostrada en la campaña podría acercarla a la visión de centroderecha de Rodrigo Paz en Bolivia. Las dudas sobre el legado autoritario del fujimorismo sólo podrán evaluarse en el ejercicio del gobierno.
Quizás la principal lección que deja Perú es que los electorados latinoamericanos son menos ideológicos de lo que muchas veces se supone. Más que adherir permanentemente a un sector político, premian o castigan a quienes gobiernan. En ese sentido, un eventual triunfo de Fujimori diría menos sobre el pasado del fujimorismo que sobre una realidad cada vez más visible en América Latina: los electorados no están votando por identidades ideológicas permanentes, sino buscando alternativas frente a gobiernos que perciben incapaces de responder a sus demandas.
