El cáncer de ovario es una de las principales causas de muerte por cáncer ginecológico. Según la Coalición Mundial contra el Cáncer de Ovario, en 2022 más de 320.000 mujeres en todo el mundo fueron diagnosticadas con cáncer de ovario. Para 2050, la incidencia anual habrá aumentado a casi medio millón, un incremento del 55%, y Chile no está exento de eso. Si bien no tenemos un Registro Nacional de Cáncer, es claro que los estilos de vida actuales y la obesidad están afectando y aumentando la incidencia de muchos cánceres, incluyendo ovario.

La mayoría de las pacientes se diagnostican en etapa tardía y, según la literatura, cerca del 70% son candidatas a citorreducción inicial, con posterior tratamiento de quimioterapia basada en platinos y taxanos, lo que les confiere una mediana de sobrevida global de cerca de 3 años.

Esto estresa nuestro sistema de salud, pues una paciente con cáncer de ovario es, sin duda, una paciente cuyo manejo debe ser multidisciplinario, ya que es complejo, muy especializado y requiere seguimiento estrecho. Nuestros hospitales tienen excelentes equipos, oncólogos muy bien formados y cirujanos que se han especializado en ginecología. Pero el número de profesionales es insuficiente y, además, carecemos de una infraestructura óptima que permita una entrega oportuna de los cuidados necesarios.

Por otro lado, el cáncer de ovario, cubierto por el GES, sigue siendo una enfermedad poco visible, pese a su aumento en mortalidad. La quimioterapia y la cirugía oportuna y de excelencia son, sin duda, el pilar en la sobrevida global. Los avances se concentran principalmente en la genética del cáncer y los biomarcadores, con terapias target en poblaciones específicas, en las cuales la sobrevida libre de enfermedad y la sobrevida global aumentan casi como para hablar de curación. Sin embargo, el curso habitual de la enfermedad es recaída frecuente, con tratamientos basados en quimioterapia, muchas veces sin una buena respuesta, y finalmente refractariedad y muerte. En Chile, según datos del DEIS, en 2025 se registraron 570 defunciones por esta causa, lo que equivale a cerca de 6 muertes por cada 100.000 mujeres. Esto corresponde a un 30% más que en 2015.

Estas tasas son un estimativo; no tenemos claridad de la real incidencia y mortalidad de esta enfermedad. Esta realidad se suma a lo ya mencionado del diagnóstico tardío dado que la sintomatología suele confundirse con patologías benignas y más frecuentes que cáncer de ovario. Lamentablemente, no existe actualmente un método de screening certificado que pueda cambiar esta realidad. Por lo tanto, el llamado es al autocuidado: llevar una vida más sana, hacer ejercicio, controlar el peso y los trastornos metabólicos asociados, como la diabetes, la dislipidemia, etc., y mantener los controles ginecológicos habituales al día.

Los síntomas son inespecíficos, como distensión abdominal y, a veces, trastornos del tránsito. Pero, ante la persistencia de una distensión abdominal que no retorna a lo normal, el llamado es a consultar a un equipo médico.

Y si todo esto pareciera malo, lo peor está en la escasa información por parte del género femenino: sólo el 26% de las mujeres había oído hablar del cáncer de ovario antes de ser diagnosticada, según la Fundación Mujeres por un Lazo. Necesitamos revertir esta cifra. Urgente. Visibilizar sus síntomas y hablar más sobre el cáncer de ovario puede marcar la diferencia entre un diagnóstico oportuno y uno tardío. La tarea es proteger la salud y vida de miles de mujeres.

Onco-hematóloga Hospital Clínico Universidad Católica de Chile

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