Los españoles se aíslan. Los últimos tiempos del gobierno de Pedro Sánchez han reafirmado su negativa a todo evento de querer subir los presupuestos de defensa, aumentar su participación financiera en la OTAN y acercarse a los Estados Unidos. En esta ocasión y frente a los bombardeos a Irán, la dinámica ha sido no permitir el uso de las bases de Rota y Morón en operaciones militares estadounidenses contra Irán. La decisión, coherente con la postura antinuclear y antiintervencionista de La Moncloa, provocó la retirada de aviones norteamericanos hacia Alemania y desató una ola de críticas en Washington, donde se ha dicho que los españoles son unos traidores, pidiendo incluso su expulsión de la OTAN. Trump, incluso llegó más lejos, amenazando con un embargo y declarando que no quiere “tener nada que ver con España”.
Es cierto, el uso de las bases requiere de las autorizaciones al Congreso, pero la disposición de La Moncloa es no prestar apoyo. Si bien el ministro de Exteriores, José Manuel Albares, convocó al embajador iraní para condenar los ataques en Oriente Medio y Chipre, evitó llamar al embajador estadounidense o a representantes israelíes. España insiste en que su postura es coherente con la condena al terrorismo y la defensa de la no proliferación. Veremos hasta dónde puede hacerlo y el coste de ello, porque el resultado es un doble aislamiento. Por un lado, frente a Estados Unidos, que reacciona con dureza ante la negativa española. Por otro, frente a Europa, donde Francia y Alemania lideran un grupo de diálogo nuclear con varios socios, mientras España se autoexcluye. España queda así fuera de las conversaciones clave sobre seguridad continental y no es convocada en la ronda de recientes reuniones de la OTAN.
Este aislamiento refuerza la imagen de Sánchez como referente de la izquierda frente a Trump, limitando la capacidad de España de influir en la arquitectura de seguridad internacional. El país se presenta como defensor de la no proliferación, pero en la práctica ya es irrelevante en un momento en que Europa busca reforzar su autonomía estratégica.
Para contraste, los franceses. Emmanuel Macron anunció este martes 3 de marzo, el primer aumento del arsenal nuclear francés desde 1992. Inédito en décadas. Francia dejará de comunicar cifras exactas de ojivas como elemento adicional de disuasión y construirá un nuevo submarino nuclear, L’Invincible, que entrará en servicio en 2036. El Presidente galo presentó –infografías en mano- además un sistema de “disuasión avanzada” con ocho socios europeos —Alemania, Reino Unido, Polonia, Países Bajos, Bélgica, Grecia, Suecia y Dinamarca— que permitirá desplegar temporalmente aviones Rafale armados con misiles nucleares en territorio aliado. Sí, lee bien…aliados.
El mensaje fue contundente: “En este mundo peligroso e inestable, para ser libre hay que ser temido”. Macron argumentó que dispersar las fuerzas nucleares complicará los cálculos de los adversarios y otorgará a Francia una nueva profundidad estratégica. El anuncio llega en medio de la guerra en Ucrania, la escalada en Oriente Medio y la crisis transatlántica bajo Trump. Ante la incertidumbre sobre las garantías nucleares de la OTAN, Francia ofrece un paraguas complementario, soberanamente europeo. En cadena nacional, Macron describió cuáles eran sus intereses en la zona en conflicto, a la vez que previno sobre de evitar ataques en el Líbano.
Sin embargo, lo más llamativo de la nueva política francesa es la creación de un grupo de dirección nuclear francoalemán y la vigencia de la Declaración de Northwood, firmada en 2025 con el Reino Unido, que estableció la coordinación de fuerzas atómicas independientes. Con esto, Macron subrayó que la decisión última sobre el uso de armas nucleares seguirá siendo exclusiva del Presidente francés, evitando cualquier cesión de soberanía. Al acecho, y él lo sabe, están los temas internos, porque si la ultraderecha de Marine Le Pen llega al poder el 2027, todo esto podría quedar en nada. Con todo, la credibilidad francesa no está puesta en duda.
Dos Europas, dos estrategias y Chile… La comparación entre España y Francia revela dos Europas en tensión. España opta por el aislamiento y la defensa de principios antinucleares, reforzando su identidad política, pero debilitando su influencia y lo que es peor su defensa. Francia, en cambio, apuesta por el liderazgo nuclear y la construcción de un paraguas europeo, buscando autonomía estratégica frente a la incertidumbre transatlántica. Se posiciona líder y avanza, no de la mano de Estados Unidos, sino por carril propio.
Ambas posturas tienen riesgos. El aislamiento español puede derivar en irrelevancia internacional, justo cuando las decisiones sobre seguridad mundiales se están tomando en distintos foros. La apuesta francesa puede enfrentar resistencias internas y depender de la continuidad política de Macron. Pero la diferencia es clara: mientras España se aparta, Francia se proyecta.
La pregunta de fondo es cuál de estas posturas permitirá a Europa enfrentar un escenario marcado por la guerra en Ucrania, la escalada en Oriente Medio y la crisis de confianza en la OTAN. España y Francia ofrecen respuestas distintas. El tiempo dirá cuál de ellas logra garantizar seguridad y legitimidad en un mundo cada vez más inestable.
Mientras tanto, en Chile seguimos enfrascados en el debate del cable submarino, ajenos a la redefinición estratégica que se está produciendo en Europa. Boric se despide con una retórica de neutralidad crítica, condenando tanto a Irán como a Estados Unidos e Israel, pero sin ofrecer una estrategia clara de inserción internacional. Kast, en cambio, marca un giro radical: respalda la ofensiva occidental contra Irán y se alinea explícitamente con Washington y Tel Aviv.
La conclusión es evidente: Europa discute cómo blindarse con disuasión nuclear, España se aísla, Francia se proyecta, y Chile se debate entre la retórica y el alineamiento. En un mundo incierto, la política exterior no admite ambigüedades, y aunque estemos en el Sur global, tarde o temprano alguien nos pasará la cuenta.
