Como abrazo del año nuevo 2026, la Quebrada Honda en San Carlos de Apoquindo estalló como una bomba minutos antes de las 15:00. Cuando se observó la incipiente columna de humo, los organismos competentes reaccionaron rápido. En 20 minutos Conaf estaba en el lugar, pero el fuego ya daba indicios de descontrol. Lo presencié todo ese día desde el lugar. Calculo que en tres horas se quemaron 500 hectáreas, formando una nube de incendio, que llaman pirocúmulo, un monstruo de aire húmedo caliente y humo que creció hasta alturas en donde el frío atmosférico pudo fabricar una tormenta eléctrica y quién sabe en las puertas de qué infierno mayor estuvimos aquel día. En los días siguientes el fuego consumió otras 400 hectáreas.
Ya la primera semana de enero, los esfuerzos se enfocaron en contener el suelo quemado antes del invierno para evitar aluviones, pero no alcanzamos a hacer mucho, porque el primer mes del año se despidió con una tormenta convectiva que en nuestras estimaciones azotó el lugar con entre quince y veinte milímetros en quince minutos… y el suelo se vino abajo por primera vez y todo pareció de pronto como dentro de una versión chilena de la película Don’t look up, en que un grupo de astrónomos descubre que un meteorito colosal impactaría la Tierra en seis meses: reconocer la amenaza y lograr actuar a tiempo parecían dos tareas demasiado distantes.
Lo que vino a continuación fue un impulso público y privado de mucha voluntad y pocas herramientas a disposición. Sabemos que cada gasto público de emergencia debe pasar por un proceso de malabarismo institucional que contra el tiempo es enfrentar a Goliat honda en mano y una sola piedra que debe darle entre los ojos en movimiento al gigante, pero este, que mostró su fuerza en el verano y se echó a dormir una siesta hasta julio, evitó el hondazo y despertó en la forma de Corriente del Niño en octubre, que además del drama humano que ha causado en las 40 hectáreas urbanas que está castigando en forma de crecidas y aluviones, le está significando al país del orden de USD200 millones.
Yo no sé, sinceramente, si la capacidad institucional para evitar lo que estamos viviendo existe en Chile. Personalmente no lo creo. Este es un país que invierte poco menos del 0,4% de su PIB en Investigación y Desarrollo en plena era de la IA, cuando el promedio de la OCDE está en torno al 3 y el top de línea en 6. Lo que sí sé es que había evidencia suficiente para evitar el incendio que originó todo y tuvimos tiempo suficiente para hacerlo: la última sequía grande que vivimos en la zona central del país comenzó en 2010, y en 2019 Quinta Normal registró 82 mm de precipitaciones, lo que debilitó sustantivamente los ecosistemas naturales del entorno de Santiago de Chile y el caso particular del valle de San Carlos de Apoquindo quedó categóricamente castigado por encima de la media. Desde el año 2020, se pudo empezar a planificar un sistema de cortafuegos, limpieza de combustible y el paisaje con criterio de retención del agua de lluvia con el fin de favorecer la restauración de los bosques debilitados.
Es muy fácil echarle la culpa a la chispa que cayó sobre esa bomba, aquel 29 de diciembre de 2025, pero por favor ¡la bomba estaba ahí hace seis años, al lado de colegios, clínicas, universidades y barrios residenciales! Hasta un estadio. Y en seis años es mucho lo que se puede hacer si los mecanismos y los recursos lo facilitan.
En paralelo, todo lo que está pasando nos está mostrando que, en el tramo urbano, la ciudad sabe poco de dónde viene el agua de lluvia, entre el Mapocho y el Maipo: un macizo precordillerano de 13 mil hectáreas coronado por el Cerro San Ramón a 3.250 m.s.n.m. Este horizonte montañoso cuenta con tres cuencas de más de mil hectáreas y más de veinte menores. Todas desembocan en barrios urbanos en distintos estados de madurez y características ¿Cuánto llueve a 2 mil, 2.5 mil metros sobre el nivel del mar cuando en Quinta Normal caen quince milímetros, si el clima en ese lugar es otro? ¿Qué tipos de suelo hay y qué capacidad de saturación tienen tienen? ¿Cuál es el riesgo de incendio sembrado en el lugar? ¿Cuánto cuesta para la cuidad que este territorio no esté manejado profesionalmente con mirada ecológica cuando el desastre 2026 en esta materia ya le está costando 200 millones de dólares al país, en un rincón menor de la zona de impacto potencial, por no hablar del drama humano? ¿En qué estaríamos si esto hubiese pasado en La Florida y no en Las Condes, que es una comuna de altos recursos? Si esto pasó en Las Condes, en un país de 4 mil kilómetros de cordillera de norte a sur, quiere decir que sabemos muy poco de un aspecto que es medular en un país único al respecto, es decir, nadie nos va a poder enseñar tanto, ¿no es cierto? Y perdón, pero el 0,4% del PIB en Investigación y Desarrollo no ayuda.
Ecología y economía comparten una raíz: oîkos, casa. Conocerla y administrarla deberían ser tareas inseparables. Quebrada Honda muestra las consecuencias de dejar que el territorio se deteriore hasta que sus costos irrumpen en el habitar humano. Como vimos, las señales estaban a la vista desde mucho antes del incendio. Por eso, el desarrollo del país también debe juzgarse por el estado de los bosques, los suelos y las cuencas que lo sostienen. Que el PIB crezca o no crezca no basta para concluir si estamos progresando si, al mismo tiempo, deterioramos el patrimonio que sostendrá nuestro futuro. ¿Qué directorio aceptaría un balance que exhibe ganancias mientras omite el deterioro de sus activos?

Un excelente y muy veraz artículo