La fragilidad de los vínculos, la postergación del matrimonio y la caída de la natalidad son manifestaciones de una situación que mina el futuro del país. La familia chilena atraviesa una crisis que no responde sólo a dificultades económicas o cambios en las costumbres, ha señalado el cardenal Chomali en una reciente carta dirigida a las familias de la Arquidiócesis de Santiago. Ambos factores inciden, pero existe otro más profundo: la forma de comprender a la persona, el amor, el compromiso y el sentido de la vida.
Para la mayoría establecer una familia actualmente es difícil. La vivienda es costosa, los empleos inestables, los ingresos insuficientes, la conciliación del trabajo con la crianza una tarea ardua. A ello, se suma el debilitamiento de las redes familiares y comunitarias que antes acompañaban a los padres. No sorprende, entonces, que numerosos jóvenes miren con lejanía la posibilidad de casarse y tener hijos.
Sin embargo, más determinante todavía es una herida incrustada en el meollo del alma nacional. Se ha extendido una cultura que privilegia la autonomía individual, la satisfacción inmediata y la reversibilidad de las decisiones. Las promesas duraderas resultan poco atractivas en una sociedad acostumbrada a sustituir prontamente todo aquello que deja de satisfacer. Tendencia que impacta negativamente en las relaciones interpersonales, que son valoradas según la utilidad o el bienestar que proporcionan. Por contraste, el amor implica voluntad responsable, disposición al sacrificio y fidelidad, no sólo sentimientos o deseos.
La familia reclama un tránsito del “yo” al “nosotros”, hecho que no supone la desaparición de la individualidad, sino su enriquecimiento mediante una relación estable de entrega recíproca. Amar a otra persona significa reconocerla valiosa por sí misma, no descartable. La convivencia se asienta en el diálogo, el perdón, la paciencia y la perseverancia. Y requiere el propósito de edificar en común una realidad valiosa que trascienda a la pareja, más que la búsqueda afanosa de una pretendida felicidad puramente individual. En cualquier escenario, no hay familia que esté libre de conflictos; lo crucial es contar con las virtudes necesarias para afrontarlos sin traducir cada desacuerdo en motivo de ruptura.
La crisis de la familia no se resuelve idealizando el pasado ni desconociendo las situaciones dolorosas de tantas personas. Precisamente, porque la familia es un bien humano y social de primer orden, se precisa acompañar a quienes enfrentan dificultades, retejer redes de apoyo, promover la paternidad compartida, e impulsar políticas públicas que la fomenten.
Pero, sobre todo, es imperativo recuperar una cultura favorable al compromiso, la generosidad y la apertura a la vida, pues no hay política pública que reemplace al amor y la responsabilidad personal. Habrá esperanza para Chile en la medida que apueste decididamente por la riqueza irreemplazable de la vida familiar. Revitalizar la familia es, a fin de cuentas, cuidar el porvenir del país.

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