Hay cifras que obligan a detenerse. La Encuesta Bicentenario UC 2026 trae una que debiera inquietar a cualquiera que dirija una empresa en Chile: entre 2025 y 2026, quienes consideran que cada persona debe hacerse cargo de su propio bienestar cayeron de 42% a 23%. En paralelo, quienes creen que esa responsabilidad corresponde al Estado subieron de 28% a 43%. Es el giro más brusco en los 20 años de la encuesta.

¿Estamos frente a un cambio cultural, o ante una sociedad que empieza a dudar de que el esfuerzo, el mérito y el trabajo alcancen para salir adelante?

Sería un error leer este dato como un simple vaivén ideológico. La misma encuesta muestra que el 87% de las personas señala que trabajar y progresar profesionalmente es lo que más sentido le da a su vida. Los chilenos no han dejado de valorar el trabajo. Lo que parece estar en duda es si ese esfuerzo será correspondido.

Y aquí aparece la cifra que más nos interpela: sólo un 13% declara tener mucha o bastante confianza en las empresas. La paradoja es evidente y no podemos esquivarla. Las personas creen en el trabajo, pero no en las organizaciones que lo hacen posible. Creen en el camino, pero desconfían de quienes deberíamos abrirlo.

Sería cómodo atribuir esta distancia a un problema de comunicación, pero no lo es. La confianza no se exige ni se construye con declaraciones: se gana con hechos, con coherencia y con la forma en que tratamos a las personas cada día. No podemos pedir que se valore el esfuerzo si no ofrecemos oportunidades reales para que ese esfuerzo rinda frutos.

Una empresa no es únicamente una unidad económica que produce bienes, presta servicios o genera utilidades. Es, ante todo, una comunidad de personas y un espacio de desarrollo.

Cada oportunidad de formación, cada trabajador que despliega sus talentos y cada persona que logra reinsertarse laboralmente es una razón concreta para volver a confiar.

Eso exige revisar nuestras prácticas: invertir en formación, crear ambientes donde las personas puedan crecer y sentirse valoradas, y fortalecer la colaboración con nuestros trabajadores y sus organizaciones sindicales. La confianza no se proyecta hacia afuera si antes no existe adentro.

Por eso vale la pena que cada líder de empresa, se haga tres preguntas incómodas:

¿Las personas que trabajan con nosotros, sienten que aquí pueden progresar, o sólo pueden subsistir? ¿Medimos el desarrollo de nuestros equipos con la misma rigurosidad con que medimos los resultados financieros? Si preguntáramos a nuestros propios trabajadores si confían en nosotros, ¿estamos seguros de cuál sería la respuesta?

Ser competitivos, productivos y rentables es perfectamente compatible con poner a las personas al centro. Más aún: el desarrollo de la empresa y el bienestar de las personas son parte de un mismo propósito.

Por cierto, esta responsabilidad también involucra al Estado, que debe generar condiciones para el desarrollo y garantizar oportunidades. Pero el progreso de un país no puede descansar exclusivamente en la acción pública. Y cabe preguntarnos, con honestidad, si ese giro hacia el Estado no es también una señal de que muchas personas no han encontrado en la empresa las oportunidades que esperaban.

Desde USEC creemos que la empresa tiene una vocación que trasciende sus resultados económicos: contribuir a una sociedad donde el trabajo sea fuente de dignidad, desarrollo y realización personal.

La Encuesta Bicentenario nos deja una advertencia, pero también una oportunidad. No basta con administrar las expectativas de las personas. Tenemos que devolverles razones para confiar en que su esfuerzo vale la pena. Y esas razones las damos, o las negamos, en cada decisión que tomamos dentro de nuestras empresas.

Presidenta USEC, Unión Social de Empresarios Cristianos

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