Chile creció cerca de 4% en la década 2006-2015 y durante ese período la inversión se expandió 6% anual en promedio. Estas cifras muestran, primero, que no es imposible apuntar a duplicar el crecimiento de la economía por un período sostenido y, segundo, que una condición necesaria para ello es tener un boom de inversión. El gobierno entiende este tema a la perfección y las señales entregadas en estos seis meses de administración son muy claras en esta línea. El proyecto de reconstrucción tiene un conjunto de medidas explícitas para acelerar la inversión, tales como la reducción de la tasa de impuesto corporativo de 27% a 23%, la invariabilidad tributaria y la agilización de la tramitación de permisos.
A su vez, las medidas administrativas tomadas por distintas entidades que participan del proceso de aprobación de grandes proyectos han mostrado resultados sobresalientes. No es casualidad entonces que el catastro de proyectos de la Corporación de Bienes de Capital contemple más de US$ 95 mil millones en proyectos de inversión para los próximos 5 años -un monto no visto al menos en la última década- y que entre marzo y julio hayan ingresado proyectos por US$ 35 mil millones al Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental (SEIA), una cifra que en gobiernos anteriores se alcanzaba recién al segundo año. Con la información disponible, es posible que el próximo año la economía crezca 3% o incluso más y ese crecimiento estará basado, en gran medida, por una aceleración de la inversión.
Pero para crecer sostenidamente sobre 4% no es suficiente con la inversión. El capital humano es otra variable central y hoy está completamente ausente del debate público. Esto es así, posiblemente porque a diferencia de la inversión en capital físico que muestra resultados rápidos, los retornos de la inversión en capital humano toman años o incluso décadas en materializarse. Sin embargo, una característica común de los países que han alcanzado el desarrollo es que han priorizado seriamente la inversión en capital humano.
En la prueba PISA 2022, sólo 44% de los estudiantes chilenos alcanzó el nivel mínimo en matemáticas, frente a 69% en la OCDE. Apenas 1% fue de alto desempeño, frente a 9% de ese grupo de países de referencia. El problema es que la calidad del aprendizaje está estrechamente asociada al crecimiento. Hanushek y Woessmann (2012) estudiaron 50 países durante 1960-2000 y sus resultados muestran que una desviación estándar adicional en pruebas internacionales de competencias -aproximadamente 100 puntos PISA- se asocia con cerca de 2 puntos porcentuales más de crecimiento anual del PIB per cápita. Las brechas de Chile con la OCDE son 60 puntos en matemática, 41 puntos en Ciencia y 28 puntos en Lectura. Es decir, si nos ponemos el objetivo de cerrar la brecha OCDE en las pruebas PISA podríamos pensar en que el país crezca en torno a un punto más per cápita de forma sostenida.
Por su parte, García, Heckman, Leaf y Prados (2020) evaluaron los programas experimentales ABC/CARE, que atendieron desde las primeras semanas de vida hasta los cinco años a niños de hogares desfavorecidos. Estimaron una tasa interna de retorno social anual de 13,7% y una relación beneficio-costo de 7,3 dólares por cada dólar invertido. Por último, el Banco Mundial (2018) muestra que las economías exitosas de Asia oriental desde los años sesenta realizaron inversiones intensivas y sostenidas en capital humano, primero universalizaron las competencias básicas y la educación primaria y luego ampliaron la secundaria. Los resultados de estas políticas son notables en términos de crecimiento per cápita sostenido.
La OCDE (2025) advierte que la convergencia de ingresos de Chile con las economías avanzadas está detenida desde 2012, en parte por la menor productividad y la debilidad de la inversión. Pero también identifica las bajas competencias de nuestra población como una restricción para la digitalización, la innovación y la adaptación a la inteligencia artificial. En educación escolar, el desafío central para nuestro país no es sólo de cobertura o recursos, sino, sobre todo, de calidad de los aprendizajes. Mejorar sustancialmente la educación temprana -con foco en aprendizajes, calidad docente y niños vulnerables- es una de las políticas de productividad más importantes que el país debe emprender.
Hoy se discute por qué las nuevas generaciones tienen un nivel de vida inferior al de sus padres. Las causas pueden ser diversas, pero lo que sabemos con certeza es que, si los niños acceden a una mejor educación que sus padres, es altamente probable que tendrán mejores ingresos y calidad de vida que sus progenitores. Si el gobierno del Presidente Kast quiere dejar un legado, ese debería ser sentar las bases para que los niños de nuestro país sean la primera generación en recibir una educación de excelencia, para que, al llegar a la adultez, tengan competencias comparables con las de sus pares en economías emergentes de alto crecimiento. Los resultados de estas políticas no aparecerán en el próximo Imacec, pero, junto con las políticas pro-inversión en curso, permitirán elevar nuestra capacidad de crecer sostenidamente durante las próximas décadas.

Excelente
Muy de acuerdo con Hermann González. Más aún creo que la inmensa mayoría de los chilenos, padres e hijos estarán eternamente agradecidos.
Las grandes transformaciones definen el rumbo de las generaciones que vienen y el desarrollo del país. El legado de este gobierno no será de quienes tomaron el timón, sino de los miles de niños y jóvenes que navegarán por el rumbo del aprendizaje hacia un futuro mejor.
Se debería lograr un acuerdo nacional para construir un sistema educativo capaz de asegurar que cada estudiante, independiente de su origen, desarrolle los conocimientos, habilidades, actitudes y valores necesarios para construir su proyecto de vida, participar activamente en la sociedad y contribuir al desarrollo del país.