Hace apenas seis meses, Federico Errázuriz describía en El Líbero Un árido panorama para Coquimbo. La fotografía de febrero era crítica: los embalses regionales apenas alcanzaban cerca del 15% de su capacidad, La Paloma operaba al 7% y Puclaro, Recoleta y Cogotí se mantenían entre el 15% y el 18%. El diagnóstico era claro: si el invierno de 2026 no traía agua suficiente, la agricultura y la ganadería volverían a contraerse, profundizando sus consecuencias económicas y sociales.
Seis meses después, la fotografía es radicalmente distinta. Las precipitaciones acumuladas durante 2026 muestran un escenario excepcionalmente favorable en toda la Región de Coquimbo. Según el Boletín Hidrometeorológico de la DGA al 24 de agosto, todas las estaciones del registro oficial presentan acumulados superiores a sus promedios históricos a la fecha. Este comportamiento responde a una temporada extraordinariamente lluviosa, marcada por sucesivos sistemas frontales que el Centro de Estudios Avanzados en Zonas Áridas (CEAZA) llegó a calificar como «megaeventos», destacando episodios como el de La Serena, donde se acumularon casi 200 mm en seis días, más del doble de lo que precipita normalmente en un año completo. Sin embargo, este escenario no ha estado exento de dificultades: las severas lluvias e inundaciones trajeron consigo importantes pérdidas materiales y momentos muy complejos para diversos agricultores y pobladores de la región, recordando que los eventos extremos también generan graves afectaciones locales.
Los mayores superávits pluviométricos se observan en Vicuña, La Serena, Ovalle, Monte Patria, Recoleta y Combarbalá, donde los registros superan el 100% del promedio histórico. Destacan casos como Combarbalá, con 342,9 mm frente a un promedio histórico de 139,6 mm; Monte Patria, con 276,4 mm frente a 111,6 mm; y Ovalle, con 252,9 mm frente a 90,8 mm. Incluso las estaciones con menores excedentes mantienen balances marcadamente positivos, como Los Vilos (45,9% de superávit) e Illapel (70,5%).
Esta lluvia se ha traducido directamente en la recuperación de las reservas hídricas regionales, aunque con importantes diferencias entre cuencas. Al 24 de agosto, Recoleta, Cogotí, Culimo y Corrales se encuentran al 100% de su capacidad, mientras El Bato alcanza un 99%. La Paloma, el principal embalse regional por tamaño, registra 304,7 millones de m³, equivalentes al 41% de su capacidad, cifra sustancialmente superior a los 73,8 millones de m³ de agosto de 2025.
Esta recuperación es especialmente evidente en las cuencas del Limarí y Choapa. En contraste, la cuenca del Elqui mantiene una situación comparativamente más estrecha: Puclaro alcanza un 30% y La Laguna un 25%, ambos todavía por debajo de sus promedios históricos mensuales. Esto demuestra que la recuperación regional no es homogénea y que persisten distintos niveles de vulnerabilidad entre cuencas.
En conjunto, el escenario representa un cambio sustancial respecto de 2025 y entrega mayor seguridad para la próxima temporada de riego. Sin embargo, la existencia de embalses llenos junto con otros todavía deficitarios refuerza la necesidad de una gestión integrada: aprovechar los períodos de abundancia para almacenar, infiltrar y administrar el recurso, evitando interpretar la recuperación coyuntural como el término de la vulnerabilidad hídrica estructural de Coquimbo.
La tentación sería concluir que la crisis terminó. Eso sería un error.
La rapidez con que Coquimbo pasó de un escenario de escasez extrema a otro de relativa abundancia demuestra precisamente el desafío hídrico que plantea un clima cada vez más variable. No basta con administrar sequías; también debemos estar preparados para capturar, almacenar, infiltrar y gestionar el agua cuando llega.
La infraestructura hídrica debe diseñarse bajo esa nueva lógica. Los embalses siguen siendo fundamentales, pero no pueden constituir la única respuesta. La experiencia chilena demuestra que las grandes obras enfrentan largos períodos de desarrollo y que incluso pueden quedar subutilizadas cuando disminuyen las precipitaciones. Por ello, es necesario complementarlas con infraestructura de menor escala, modernización de canales, sistemas de acumulación, reúso, desalación y soluciones basadas en la naturaleza.
Especial importancia adquiere hoy la recarga gestionada de acuíferos como una de las soluciones estructurales indispensables para la cuenca. En febrero se planteaba la necesidad de contar con sistemas preparados para capturar eventuales superávits invernales. Ese momento llegó. Pero infiltrar no se improvisa: exige obras previas, pretratamiento de aguas para evitar la colmatación de poros en el suelo y una estricta planificación hidrogeológica.
Técnicamente, se opera mediante piscinas de infiltración superficial o pozos de inyección profunda. La efectividad de la inyección en áreas urbanas ante eventos de sequía o turbidez ya fue demostrada por Aguas Andinas en Lo Barnechea, mientras que la experiencia del río Copiapó evidenció la importancia crítica de filtrar sólidos para no saturar las piscinas. En la región, el piloto de Pan de Azúcar (INIA / GIRAgua) demostró que es plenamente factible inyectar hasta 50 l/s de agua de canal previamente tratada directamente al subsuelo.
¿Por qué no se implementa esta solución de forma masiva? Las principales barreras se encuentran en los nudos de gobernanza y regulación, la falta de «aguas de oportunidad» durante los ciclos secos y, finalmente, en los costos de infraestructura. Persiste la incertidumbre sobre cómo se contabiliza y quién puede extraer el agua recargada en un acuífero común. Además, pese a los avances de la Ley 21.435 —que reformó integralmente el Código de Aguas—, la tramitación técnica en la DGA y el paso por el SEIA suelen ser complejos. El mayor desincentivo legal es que la normativa limita el otorgamiento de nuevos derechos sobre volúmenes recargados en zonas de restricción o prohibición, frenando la inversión privada.
Integrar e impulsar activamente la recarga de los acuíferos dentro de la cartera prioritaria de proyectos es la única vía para construir resiliencia real y almacenar el agua de hoy para los ciclos secos del mañana.
Esto supone también diversificar las fuentes e incorporar la infiltración como puente entre las distintas alternativas. La desalación y el reúso permiten reducir la dependencia exclusiva de las precipitaciones y entregar mayor resiliencia al sistema hídrico. En Coquimbo, avanzar en desalación para abastecimiento urbano, reutilizar aguas servidas tratadas y liberar recursos continentales para otros usos debe formar parte de una estrategia integrada, junto con el almacenamiento superficial y la recarga masiva del almacenamiento subterráneo.
Pero la infraestructura y las técnicas de infiltración sin gestión tampoco basta. Necesitamos conocer en tiempo real cuánta agua existe, dónde está, cómo evoluciona la demanda y qué ocurrirá bajo distintos escenarios climáticos. Esto exige modelación, monitoreo y una gobernanza capaz de coordinar aguas superficiales y subterráneas. En el caso de los acuíferos, además, la naturaleza compartida del recurso hace imprescindible fortalecer las organizaciones de usuarios y generar incentivos para inversiones en obras de infiltración cuyos beneficios excedan a quien las ejecuta.
Si a comienzos de año el problema era cómo sobrevivir a la escasez, hoy tenemos una oportunidad distinta: decidir qué hacer con el agua disponible para que una parte de ella permanezca almacenada bajo tierra cuando vuelva la sequía.
Coquimbo no dejó atrás su vulnerabilidad hídrica solo porque haya llovido abundantemente en invierno. Al contrario, este episodio confirma que la seguridad hídrica dependerá cada vez menos de esperar un determinado régimen de precipitaciones y cada vez más de nuestra capacidad para gestionar extremos.
La verdadera prueba no es cuánto llueve. Es cuánto somos capaces de guardar, infiltrar, reutilizar y gestionar cuando finalmente llueve.

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