Hace unos días Microsoft anunció la creación de su inédito chip Majorana, una verdadera revolución tecnológica que promete cambiar los alcances de la computación actual, ofreciendo soluciones impensadas para la industria o la medicina, que hoy no podrían resolver ni todos los ordenadores del mundo juntos.
En un contexto global donde la competitividad se define, en buena medida, por la capacidad de adaptación a nuevas tecnologías, las empresas chilenas no pueden darse el lujo de ver estos avances a la distancia. Y aunque parezca un desarrollo demasiado complejo para impactarnos en el corto plazo, la realidad es que la computación cuántica transformará desde la manufactura hasta la logística, pasando desde la optimización de cadenas de suministro hasta la ciberseguridad.
¿De qué manera podemos pasar de ser testigos pasivos de estos cambios a subirnos a este acelerado mundo de la tecnología, impulsando así nuestro desarrollo como país?
Al igual que con otros “dolores” del sector productivo chileno, la capacidad que tengamos de disminuir nuestra burocracia e impulsar los proyectos de inversión tendrá un rol clave en este desafío. Durante años hemos hablado de las ventajas competitivas de Chile para la construcción de data centers; sin embargo, nuestro intrincado sistema de permisos ha desincentivado estas inversiones. Acercar a grandes jugadores de la industria tecnológica global a nuestro país es un objetivo deseable que debiéramos promover activamente, no solo por sus positivos efectos en la economía o el empleo, sino también para facilitar así la adopción efectiva de tecnologías por parte de las empresas locales.
En los últimos años, la irrupción de herramientas de IA generativa tomó por sorpresa a muchas industrias, que se vieron forzadas a reaccionar en vez de anticiparse. Hoy tenemos la oportunidad de hacer las cosas de manera distinta. Chile puede sentar las bases para un ecosistema industrial que no solo adopte la IA como un pilar estratégico, sino que además esté preparado para integrar los avances que traerán las nuevas tecnologías cuando estas sean una realidad. El futuro no se construye de la noche a la mañana, pero sí se puede moldear con visión y acción en el presente.
Imaginemos un país donde se facilita la inversión en tecnología, se promueve el trabajo colaborativo público-privado en esta materia y se fomenta la formación de capital humano con las capacidades para la industria del futuro. Por qué no pensar, luego, en un sector exportador capaz de ir más allá de los commodities, preparado para crear y ofrecer al mundo soluciones industriales basadas en IA y computación avanzada.
No se trata de esperar a que este futuro sea una realidad comercial, sino de prepararnos desde ahora, asegurándonos de que nuestra industria esté lista para aprovechar su impacto en productividad, optimización y desarrollo de nuevas soluciones.
