El miedo es una emoción adaptativa. Nos ha servido, a la especie humana, para sobrevivir de los eventos catastróficos que desde los inicios de la especie nos hemos enfrentado. Es una emoción que guía hacia conductas protectoras para evitar el daño, el dolor e incluso la muerte. La química del cerebro cambia cuando sentimos miedo, se secreta una hormona llamada cortisol que desempeña un papel importante en la respuesta del cuerpo al estrés agudo provocada por el miedo y nos prepara ya sea para la confrontación o el ataque a la situación adversa o bien para el escape o huida de esta.
Cuando se percibe el medioambiente como amenazante y en permanente riesgo, sufrimos de lo que se conoce como estrés crónico o estrés tóxico. Los niveles de cortisol se elevan ante las respuestas protectoras frente a los eventos que nos causan miedo y cuando este es permanente. Literalmente nos intoxicamos de cortisol y la calidad de vida de quienes viven bajo constante amenaza se ve deteriorada en diferentes niveles.
Alteraciones en el sueño, en la capacidad de atención y concentración, deficiencia en el funcionamiento del metabolismo y el sistema inmune, dolores de cabeza, trastornos gastro intestinales son algunos de los efectos no deseados del alza crónica de esta hormona. Estamos más propensos a contraer enfermedades en la esfera de la salud mental como son las crisis de pánico, la depresión y la incapacidad de disfrutar con aquellas cosas que antes si lo hacíamos simplemente porque estamos en alerta permanente. Sentimos miedo.
Si consideramos que sobre un tercio de la población en nuestro país vive con miedo, según el último estudio de Paz Ciudadana, nos encontramos frente a un problema de salud pública grave.
La complejidad que significan estos resultados debe ser tomadas en serio. La calidad de vida de la población se está viendo seriamente afectada por la inseguridad, el temor a los robos y los portonazos.
Con el intento de evitar el peligro, el individuo tiende, naturalmente a evitar las situaciones de riesgo. Se modifica su conducta, la forma de ser y estar dentro de la sociedad cambia y se ajusta como una especie de búsqueda de la homeostasis del organismo para evitar el malestar del estrés tóxico. Lo que se asemeja mucho a la respuesta de huida.
O bien, respondemos con la misma e incluso más violencia que percibimos o derechamente recibimos del ambiente que nos rodea. Lo que se asemeja a una respuesta de ataque.
Entender cómo funciona nuestro cerebro a la hora de tomar decisiones que apuntan a la sobrevivencia puede darnos algunas luces de por qué nos replegamos en nuestros hogares evitando cualquier riesgo o nos exponemos a este con la creencia de que somos capaces de controlar al agresor con una respuesta equivalente.
El asunto es que vivimos con miedo. Antes de salir a algún lugar que sabemos que se cometen asaltos, portonazos e incluso homicidios, un tercio de la población elige encerrarse. Porque el miedo es adaptativo en el más puro sentido de la palabra.
Nos adaptamos para sobrevivir, pero el costo que estamos pagando es demasiado alto como para no tomar en serio las implicancias futuras en la salud que esto tendrá si no somos capaces hoy de realizar los cambios que se necesitan para evitarlo.
Jacqueline Deutsch G. – Psicóloga
