Hay pocas figuras políticas que trascienden las barreras del tiempo y del espacio para convertirse en una suerte de patrimonio cultural compartido por parte importante de la humanidad. Uno de estos personajes es Winston Churchill, corresponsal de guerra, parlamentario, Primer Ministro de Reino Unido en dos ocasiones (1940-1945 y 1951-1955), Premio Nobel de Literatura (1953).
Churchill tenía profundas convicciones, que estaba dispuesto a defender y promover asumiendo íntegramente los costos que ello conllevara. A lo largo de su vida, y en especial de su carrera política, hay innumerables ejemplos de esta coherencia que lo caracterizó y que, de alguna manera, definió su vida y su carrera pública.
Un buen ejemplo de ellos fue su paso del partido conservador al liberal y nuevamente al conservador en un lapso de 20 años.
En 1903, el Ministro de la Colonias del Gobierno Conservador, Joseph Chamberlain propuso gravar las importaciones extranjeras y fijar tarifas preferenciales para los productos provenientes del Imperio Británico, con la finalidad de reforzar los lazos entre la metrópoli y los territorios de ultramar, a la vez que proteger la agricultura e industria británica. Un joven Churchill se opuso desde el comienzo y realizó una campaña basada en cuatro ejes, señalando que la propuesta dividiría al Partido Conservador, encarecería los productos alimenticios a expensas de los más pobres, aislaría a Inglaterra y provocaría una guerra. Este asunto alcanzó tales proporciones que culminó cuando el Primer Ministro Conservador, Arthur Balfour, decidió retirarse de la sala en plena intervención de Churchill contra las medidas proteccionistas. Después de meditarlo, en mayo de 1904, el joven miembro del parlamento conservador ingresó a la sala, atravesó el pasillo hacia la bancada de la oposición y se sentó junto a Lloyd George. Winston Churchill dejaba las filas del Partido Conservador por lealtad a sus convicciones y principios, y se sentó con los liberales. Se ganó el odio político de los conservadores, a tal punto que cuando era Lord del Almirantazgo y se le culpó por el desastre de Gallipoli durante la Primera Guerra, el Primer Ministro no dudó en pedir su renuncia para conservar su gobierno.
Para 1923, el escenario político había cambiado, y tras pasar 2 años fuera de la Cámara de los Comunes, Churchill hacía un llamado a los liberales a cerrar filas con los conservadores para evitar un gobierno laborista, que consideraba sería catastrófico para Reino Unido. La historia fue distinta, los liberales permitieron a los laboristas formar un gobierno de minoría, con la intención de dejar en evidencia la incapacidad de este partido para gobernar y forzar así una nueva elección. Para Winston Churchill esto era una traición a los principios por un oportunismo político, lo que demostró ser cierto para le elección de 1924 en donde los liberales fueron barridos y los laboristas pasaron a ocupar su lugar como la otra fuerza política de Reino Unido.
En ese contexto, Churchill volvió a la política, pero esta vez con los conservadores, limando una serie de asperezas tanto con el partido, con la dirigencia como con los votantes. Fueron 20 años de desconfianzas y recelos, al parecer necesarios para que Churchill y el Partido Conservador se reencontraran mutuamente.
Otro ejemplo igualmente clarificador dice relación con la convocatoria a elecciones generales en 1945 después de 10 años sin renovar el Parlamento. Aunque esperaba mantener el gabinete de unidad hasta la rendición de Japón, los laboristas no querían seguir en el gobierno y estaban ávidos por retornar a la confrontación política. Churchill entendía que un retorno a la normalidad institucional era vital para el proceso de reconstrucción nacional y de Europa continental. Por ello accedió a convocar elecciones, por su profundo compromiso con el régimen parlamentario representativo que identificaba como parte del legado de Reino Unido a la tradición occidental. Por lo mismo, su eje de campaña fue denunciar el socialismo -el que se identificaba con el Partido Laborista- como contrario en su esencia al sistema y tradición británico, a la libertad de las personas y a la manifestación de oposición política y disidencia, y a la propiedad privada.
Al mismo tiempo, Churchill fue más bien crítico en materia de control estatal de la economía de cara al periodo de postguerra. Churchill contaba con una alta valoración en la opinión pública y en el electorado, y pensó que su popularidad sería más que suficiente para dar una victoria a los conservadores. La derrota sufrida a manos de los laboristas fue contundente e irrefutable. Pero cuando se le dijo que la gente era ingrata -después de su entrega durante la guerra- no dudó un instante en refutar esta idea, argumentando que no compartía esa idea y que la gente había tenido unos años muy difíciles. Esto refleja su profundo respeto y compromiso con el sistema institucional inglés, el Parlamento, las elecciones libres y la decisión de los electores.
Se podrían seguir mencionando otras anécdotas y ejemplos, todas ellas con el mismo resultado. No cabe duda que siendo un maestro de la política, el arte de lo posible, Winston Churchill era un político de profundas convicciones e ideas. Pero como ha quedado demostrado en más de una ocasión en distintas latitudes, no es suficiente tener ideas y convicciones firmemente arraigadas, sino que se requiere tener la determinación de actuar coherentemente y de asumir los costos que esto pueda tener para quien decide actuar.
En esto, Churchill se sigue diferenciando de muchos líderes políticos y de opinión pública del siglo XX y del siglo XXI. ¿Por qué? Es muy fácil encontrar figuras políticas que hablan retóricamente sobre ideas, principios y convicciones; lo difícil y a veces imposible es encontrar políticos dispuesto a actuar en base a esas ideas y convicciones, aceptando que pueden existir costos electorales, en la evaluación pública, o en la valoración de la élite -sea esta última académica, social o cultural. Y quizás esto ha sido lo que ha faltado en los últimos 20 años en Chile, sobre todo en quienes se identifican con las ideas de una sociedad justa y libre.
¿Qué habría pasado con las dañinas reformas del segundo mandato de Michelle Bachelet si hubiéramos contado en el Congreso con tan solo una figura al estilo de Churchill? ¿Cómo estaría actuando la oposición al gobierno del Presidente Gabriel Boric en materias tan delicadas como la reforma de pensiones o la crisis del sistema de las instituciones aseguradoras de salud privada? Probablemente nunca podremos tener una respuesta cierta y concluyente, pero hay motivos suficientes para pensar que el debate público podría haber sido algo distinto a lo que fue, y quien sabe, a lo mejor más de alguna victoria de mediano y largo plazo podría haber sido obtenida.
Como todo personaje, Churchill tiene luces y sombras, y no se trata de generar una suerte de culto al líder, ni de pedir una transformación de los políticos nacionales a su imagen y semejanza. Esto es tan dañino para nuestro sistema institucional como intentar trasplantar instituciones políticas foráneas sin el adecuado estudio y adaptación a la realidad nacional.
Al conmemorar 150 años del nacimiento de Winston Churchill, y sin perjuicio de que mucho se ha dicho y escrito sobre el personaje, bien vale la pena que todos aquellos que se dedican a lo público en la vertiente de la política, y que aspiran algún a dirigir los destinos de la nación para promover los ideales de una sociedad verdaderamente justa y libre, vuelvan a revisar su figura y su trayectoria. No sólo sus aciertos y sus errores, sino que por sobre todo su coherencia política entre sus ideas y convicciones y su actuar.
