Es un hecho conocido que Chile lleva años estancado en su camino al desarrollo. El reciente estudio “Una década perdida” de los economistas Arturo Claro y Gonzalo Sanhueza, concluyen que el período que va desde 2014 al 2023 muestra fuertes caídas en las tres fuentes del crecimiento: fuerza de trabajo, productividad e inversión, si se comparan con la década 2004-2013.
Para salir de esta situación hay muchos cambios que Chile debe realizar a nivel político y económico, teniendo en cuenta que el contexto es distinto y que no será fácil repetir el crecimiento de la década del 90. Si bien muchos coinciden en que disminuir la “permisología” y moderar los impuestos son piezas claves a nivel general, en las estrategias productivas hay una gran gama de posibilidades: hidrógeno verde, explotación del litio, sumarse al desarrollo de la inteligencia artificial, etc.
Sin embargo, hay un macrosector productivo que parece menos novedoso, porque hemos sido, o seguimos siendo, grandes productores a nivel mundial. Me refiero a la bioproducción, es decir, la producción en base al manejo de vegetales o animales. Chile fue exportador de trigo a mediados del siglo XIX y hoy destacamos en nuestra fruta fresca (cerezas, uvas, ciruelas, etc.) y salmonicultura, nuestros pollos, pavos y productos lácteos llegan a Norteamérica, así como nuestra carne de cerdo es bien recibida en Asia, y hasta hace poco nuestra producción forestal era un importante pilar de desarrollo del país. Todos estos sectores exportan por un valor cercano a los 30 mil millones de dólares anuales.
Dado que esta producción está basada en el cuidado o crianza de seres vivos -plantas, ganado, aves y peces- el agua es un factor clave para su desenvolvimiento. El agua es irremplazable para que las plantas realicen la fotosíntesis, y se puedan desarrollar. El agua es clave también para la producción de peces, como medio en el que viven, o para bebida animal y para labores de limpieza del proceso de alimentos.
En años recientes, gran parte de la preocupación en materia hídrica ha sido el consumo humano, lo que quedó bastante bien resguardado al establecerse por ley que el acceso al agua potable y el saneamiento es un derecho humano esencial e irrenunciable que debe ser garantizado por el Estado, y en las diversas disposiciones para priorizar el consumo humano por sobre los demás usos del agua. Probablemente la larga sequía que enfrentamos, así como un antecedente histórico en que el agua era vista únicamente como recurso productivo, generaron esta atención centrada en el consumo humano.
A pesar de lo anterior, no debemos desatender la importancia del agua en su dimensión de recurso productivo. El sector de la bioproducción es un sector 100% renovable, que aprovecha las condiciones climáticas y geográficas de nuestro país junto a nuestras capacidades humanas para desarrollar productos que son comercializados en el mundo entero, cumpliendo con los altos estándares que nos exigen los mercados más avanzados.
Es de los pocos sectores productivos capaces de capturar carbono, y está transitando a paso firme en prácticas de mayor sostenibilidad, entre ellas, una mayor eficiencia en el uso del agua y la posibilidad de reusar aguas depuradas. Este sector será un actor principal en el mundo del futuro, aportando a muchos de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, con el alimento para avanzar en “Hambre Cero” (ODS 2), con la madera para “Ciudades Sostenibles “(ODS 11), así como “Trabajo Decente” (ODS 8), “Producción Responsable” (ODS 12) y otros.
La bioproducción es un sector que conocemos bien, y tenemos experiencia para destacar a nivel mundial. Es un sector que puede transformar el agua en desarrollo, y hemos visto que podemos confiar en él para sacar adelante a Chile y traer bienestar a los chilenos. No le cortemos el agua.
