Bastó que Evelyn Matthei dijera que ella no veía otra salida a la crisis en que se encontraba Chile en 1973 que el pronunciamiento militar que de hecho se produjo, para que se le fueran encima todas las huestes que rodean al actual gobierno con el mismo Gabriel Boric a la cabeza. A ellos se agregaron, como generales después de la batalla, varios personajes provenientes de los partidos de oposición, RN, UDI, Evópoli, y grupos afines. Los dos primeros se habían organizado, sin embargo, al alero del gobierno militar y con el objetivo de proyectar su legado hacia el futuro.
Es tedioso repetirlo, pero hay desde luego testimonios que no dejan lugar a la menor duda, como los de Eduardo Frei Montalva y Patricio Aylwin, de que ese año Chile no tuvo otra salida que la de optar por una intervención militar.
De hecho, el presidente de entonces, Salvador Allende, estaba dispuesto a convertir a nuestro país en una segunda Cuba y en un lacayo de la Unión Soviética, para lo cual sistemáticamente arruinó la economía confiscando centenares de empresas y desmanteló la agricultura provocando una terrible escasez alimentaria; intentó también apoderarse de la educación mediante el proyecto de Escuela Nacional Unificada (ENU) e intentó ahogar la libertad de expresión confiscando la industria de la Papelera a la vez que armaba milicias destinadas a enfrentar a nuestras Fuerzas Armadas. Saboteó la constitución, las leyes y las sentencias judiciales. Es decir, erigió su propia voluntad como la única voluntad válida en todo el país. Su partido, el Partido Socialista, incluso, proclamó en su congreso de Chillán en 1967 que la violencia no sólo era un instrumento válido para conquistar el poder, sino que era, para esos efectos, el único instrumento legítimo.
En definitiva, Chile fue conducido por ese régimen a una situación de virtual guerra civil en la cual la población civil y mayoritaria, desarmada y sin preparación, iba a ser simplemente masacrada. De “derechos humanos”, nada.
Las Fuerzas Armadas y Carabineros hicieron lo posible para mantenerse al margen de esta confrontación y si, al final, decidieron intervenir fue no sólo porque la población lo pedía a gritos sino porque se dieron cuenta que, sin su intervención, Chile desaparecía como nación y quedaba convertido en una cárcel para sus habitantes como ya era el caso de Cuba. Por eso, su decisión de intervenir y de asumir el gobierno de la República.
Sin embargo, el juicio de los grupos que han criticado a la ex alcaldesa no se ha formulado sobre la base de lo que fue el régimen marxista 1970-1973, sino sobre lo que sucedió después y ello, parcialmente. Tal como están formuladas, esas críticas significan blanquear al régimen de Allende, y aceptar su estrategia que conducía a la destrucción del país. Es cierto, muchas críticas, y graves, pueden hacerse al gobierno militar, pero a la vez no se puede desconocer que éste entregó el poder de manera pacífica y una vez que hubo sacado al país del marasmo en que quedó después del régimen marxista. Lo recibió en el último lugar de los países del continente y lo entregó ubicado a la cabeza. Y la política que él aplicó, fue continuada sin reservas por los gobiernos siguientes.
En definitiva, había un camino fácil y expedito para evitar el pronunciamiento: que Allende cambiara sus políticas destructoras y así, sin duda, las Fuerzas Armadas y de Orden hubieran permanecido en sus cuarteles, pues para nada ellas andaban buscando el poder. Pero, Allende no estaba disponible. Fue, entonces, su insistencia en esas políticas lo que obligó al pronunciamiento tal como, desde el primer momento, lo reconocieron los ya mencionados Eduardo Frei Montalva y Patricio Aylwin. De hecho, es contra el juicio de éstos que deben dirigirse los críticos de hoy. ¿Están dispuestos a hacerlo?
Tratar de tender un manto de olvido sobre lo que sucedió en Chile, es la mejor manera para lograr que se repita. Las dos grandes lecciones que pueden extraerse de un suceso como el pronunciamiento son claras y precisas. En primer lugar, nunca más conducir al país a una situación como la que provocó el régimen marxista de Salvador Allende. Es muy oportuno, entonces, recordar a los gobiernos, tanto de hoy como de mañana, que con el poder no se juega. En segundo lugar, que con nuestras Fuerzas Armadas y de Orden tampoco se juega. Ellas no están para dirimir conflictos por el uso del poder en Chile y si lo tienen que hacer es porque los civiles han fracasado en su misión de conducir la política en Chile.
Por eso, en definitiva, ahora somos los civiles los que tenemos la palabra.

Excelente que alguien recuerde al Pronunciamiento Militar, y lo que llevo a ello. Como al actuar patriótico de las Fuerzas Armadas y de Orden. Y de cómo este Gobierno Militar ha sido el único que entregó el poder pacíficamente. Pero, hoy la rancia Izquierda y la Izquierda Woke más la Derecha Socialdemócrata, criticaron lo que expreso acertivamente Evelyn Matthei. Lo penoso de todo esto es que habiendo pasado 52 años, aún la Izquierda derrotada siga con la anquilosada morcenga del Golpe de Estado y de la Dictadura Militar.Esto demuestra que el odio y la venganza lo tienen a flor de piel.
Allende preparaba la lucha armada
En el semanario parisiense Le Nouvel Observateur (Nº 462 del 17 al 23 de septiembre de 1973) Régis Debray escribió sobre una entrevista que sostuvo con Salvador Allende en agosto de 1973: «En su embriaguez fúnebre o en su emborrachamiento sarcástico, Allende se entregaba diariamente con una tranquilidad de jugador de ajedrez, a sus maniobras tácticas. Yo no me atreví y nadie se atrevería a preguntarle: “¿Con qué fin? ¿Y cuál es la estrategia en todo esto?”. Éste estaba todo el tiempo manipulando. Todo el mundo sabía que se trataba sólo de ganar tiempo para organizarse, para armarse, para coordinar el aparataje militar de los partidos de la Unidad Popular. Carrera contra el tiempo que era preciso mantener semana tras semana».
El texto original de la precitada publicación francesa es: «Enivrement funebre ou entetement sarcastique, Allende s’adonnait, avec un flegme de joeur d’échecs, a ses manoueuvres tactiques, chaque jour a recommencer. Je n’ai pas ossé et personne ne le faisait plus, lui demander: a quoi bon? Et quelle est la strategie dans tout cela? Ceut été de mauvais alois. Chacun savait qu’il s’agissait seulement de gagner du temps pour s’organiser, pour s’armer, pour coordonner les apareils militaires des partis de l’Unité Populaire. Cours contre la montre qu’il fallait tenir semaine apres semaine».
Adolfo Paúl Latorre
Abogado
Magíster en ciencia política
Excelente columna, como siempre.