La primera vez que fui a Estancia Cerro Guido fue el invierno pasado. Viajé para conocer el lugar, entender cómo funcionaba y ver qué podía ofrecer a nuestros pasajeros. Había visto fotografías y me habían contado sobre la estancia, pero estar ahí fue diferente.

Lo que más me llamó la atención fue justamente que no se trataba de un hotel construido para parecer patagónico. Las casas forman parte de la historia del lugar. La primera es de 1906 y conserva ese origen ganadero desde el cual comenzó a desarrollarse la vida en esta zona. Dormir ahí permite acercarse a una Patagonia que existía mucho antes de que nosotros llegáramos como visitantes.

Durante ese primer viaje entendí que el lujo podía ser algo muy distinto de lo que solemos asociar a esa palabra: desayunar mirando las Torres del Paine, dormir en una casa con más de un siglo de historia o simplemente sentarse en silencio. Para mí, poder escuchar ese silencio también es un lujo.

Volví de ese viaje con la idea de crear una propuesta diferente. Quería que fuera pequeña, personalizada y con el tiempo suficiente para que cada persona pudiera conectarse con el lugar de una manera única. Porque, incluso frente al mismo paisaje y compartiendo un mismo itinerario, cada viajero observa y descubre algo distinto.

La fotografía como punto de partida

Tiempo después conocí el trabajo de Timothy Dhalleine, fotógrafo francés radicado en Puerto Natales y profundamente vinculado con la Patagonia. Me gustó ver cómo una persona que había llegado desde otro país podía querer tanto este territorio y, a través de sus fotografías, acercarlo también a quienes vivimos en Chile.

La fotografía me pareció una manera muy natural de plantear esta experiencia. Nuestro país es extraordinariamente fotografiable, pero también sucede que muchas veces conocemos mejor otros destinos que los paisajes de nuestra propia geografía. Quería que este viaje despertara las ganas de mirar lo que tenemos cerca, no solamente de pasar por un lugar y registrar que estuvimos ahí.

Como era la primera vez que Timothy participaba en una iniciativa de este tipo junto a una agencia, optamos por mantener un grupo reducido, favoreciendo así una interacción más cercana, conversaciones espontáneas y una guía adaptada a los intereses y nivel de conocimiento de cada participante.

Una mirada desde la conservación

Ya instalados en la estancia, la experiencia comenzó con uno de esos momentos que quedan grabados para siempre. Un amanecer extraordinario tiñó el paisaje de tonos dorados, rosados y anaranjados. Por unos minutos, el silencio y los colores únicos del cielo nos dejaron a todos sin aliento.

La primera salida comenzó temprano, cerca de las siete de la mañana, cuando nos dirigimos al área de conservación para acompañar el trabajo de Fundación Cerro Guido y conocer de cerca las labores de monitoreo de la fauna que habita este territorio.

La estancia tiene una historia ligada a la ganadería y, durante mucho tiempo, la presencia del puma fue entendida como una amenaza para las ovejas. La respuesta habitual era cazarlo para proteger el ganado. Actualmente, el trabajo de la fundación busca demostrar que la actividad productiva y la fauna nativa pueden coexistir.

Entre las medidas implementadas destacan los perros guardianes de ganado y el monitoreo de fauna mediante cámaras trampa, huellas y otros registros. Los investigadores son capaces de reconocer a algunos ejemplares por una cicatriz, una marca en la oreja o ciertas características físicas, y así siguen sus movimientos y hábitos.

Durante la excursión nos dividimos en grupos pequeños para intervenir lo menos posible en el entorno. Nos entregaron binoculares y acompañamos a los rastreadores, atentos a las huellas, las aves y cualquier señal que permitiera comprender lo que estaba ocurriendo alrededor.

Ahí uno entiende algo bastante sencillo: nosotros somos los visitantes. Somos quienes debemos respetar los senderos, evitar alimentar a los animales y procurar que nuestra presencia tenga el menor impacto posible. No se trata solamente de ir a buscar una buena fotografía.

El día terminó con un arreo de alrededor de 2.400 ovejas. Para quienes vivimos en la ciudad, puede parecer una escena lejana, casi ajena, pero allí forma parte del trabajo cotidiano. Aunque llueva, nieve o haga frío, los animales deben ser cuidados y trasladados. Participar de ese momento nos permitió acercarnos a la vida de estancia.

Fotografiar la experiencia

Tim llegó a la estancia y se encontró con el grupo durante la tarde. Varios pasajeros lo conocían y seguían su trabajo. En la cena se sentó con nosotros y, desde ese momento, comenzó a generarse una relación muy natural.

Las jornadas siguientes combinaron clases y salidas a terreno. El clima no permitió realizar las actividades que inicialmente habíamos pensado, así que reorganizamos el programa. Durante la mañana, Tim hizo una sesión más técnica de fotografía y luego salimos al Parque Nacional Torres del Paine para practicar.

Para mí fue especialmente valioso ver cómo Tim compartía sus conocimientos. En terreno se acercaba a los pasajeros, revisaba sus encuadres y los ayudaba a resolver dudas. Incluso se ofrecía a fotografiarlos, algo que ellos recibían con una mezcla de sorpresa y entusiasmo.

No importaba si alguien tenía una cámara profesional o simplemente un teléfono. Todos podían aprender, preguntar y avanzar a su propio ritmo. Algunos buscaban perfeccionar aspectos técnicos, mientras otros simplemente querían aprender a observar mejor el paisaje y capturar recuerdos del viaje.

Encuentros inesperados

Ningún recorrido puede garantizar el avistamiento de un puma. Uno puede conocer sus movimientos, recorrer los sectores donde suele estar y prestar mucha atención, pero finalmente es el animal el que aparece o no.

Durante la primera actividad de conservación, uno de los grupos alcanzó a ver la cara de un puma durante apenas unos segundos. Después se perdió entre el paisaje. La expectativa, sin embargo, seguía presente.

Al día siguiente, mientras regresábamos de una salida fotográfica, se cruzaron frente a nosotros una madre y sus dos cachorros. Caminaron con tranquilidad y pudimos observarlos durante varios minutos.

El conductor se ubicó cuidadosamente para no bloquear el camino ni alterar su recorrido. Los pasajeros alcanzaron a sacar sus cámaras y fotografiarlos. No hubo que perseguirlos ni acercarse de manera invasiva. Permanecimos a distancia, en su territorio y bajo sus reglas.

Pensamos que ya habíamos tenido mucha suerte, pero, al día siguiente, durante el regreso de la última salida, apareció otro puma, esta vez un macho que caminaba solo. Comenzaba a oscurecer y todos veníamos pensando en el asado de despedida que nos esperaba en la estancia. De pronto, las cámaras volvieron a salir.

Ver la reacción del grupo fue uno de los momentos que más disfruté. Habían llegado con la esperanza de avistar un puma y terminaron observándolos durante tres días seguidos.

Experiencias que dejan huella

Ver las caras de las personas cuando aparece un puma, cuando descubren algo nuevo o cuando contemplan un paisaje que nunca habían visto es una de las partes más gratificantes de estas experiencias. También me alegra ver cómo cada vez más chilenos se interesan por recorrer y conocer su propio país.

Viajar dentro de Chile no siempre es tan accesible y entiendo que una persona pueda comparar cuatro noches en la Patagonia con una semana en otro destino. Pero son experiencias distintas. Aquí no se busca solamente descansar o acumular actividades. Uno camina, observa, aprende, prueba productos locales, conversa con quienes habitan estas tierras y comienza a entender mejor el lugar
que está visitando.

Yo suelo decir que los viajes son una inversión para el alma. No porque todos debamos regresar transformados ni porque exista una manera correcta de vivirlos. Lo digo porque viajar permite dedicar tiempo y recursos a aquello que nos hace bien, nos calma o nos despierta curiosidad.

Product Manager en Travel Security

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