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Publicado el 06 de junio, 2019

Smart Media, la columna de Fernanda Demaria: Toda victoria tiene un costo

Periodista Fernanda Demaria

La ficción estaba en deuda. Y HBO estuvo dispuesta a saldarla. Chernobyl es una serie de cinco capítulos considerada la más exitosa del último tiempo. Un trabajo meticuloso, una recreación casi perfecta de la Unión Soviética de los 80 que muestra como nunca antes tanto la dimensión de la tragedia como el manto de silencio con el que fue cubierta. Una producción que para muchos constituye un tributo a los mártires del desastre y un ejemplo de cómo la ficción ayuda a comprender la realidad.

Fernanda Demaria Periodista

“Toda victoria tiene un costo”. Esa es la frase con que Mikhail Gorbachev autoriza el envío de un grupo de hombres a una muerte segura tras la tragedia de Chernobyl. O por lo menos ese es el texto del guión con el que se recrea una de las tantas reuniones de los altos mandos para enfrentar -o intentar enfrentar- los efectos del desastre nuclear más grande de la historia. Una escena que forma parte de la serie Chernobyl, ficción de HBO que ha batido récords de sintonía, además de liderar el ranking de IMDb -base de datos que recopila información relacionada con productos audiovisuales- con una puntuación de 9,7/10 superando a gigantes como Breaking Bad y Game of Thrones.

Esta tragedia nuclear ya fue un estremecedor libro: Voces de Chernóbyl -1997-, una obra indispensable para acercarse a un desastre sin precedentes. Escrito en formato documental por la periodista bielorrusa Svetlana Aleksiévich, constituye el trabajo más conocido de la Premio Nobel de Literatura 2015. Ella le dio voz a los sobrevivientes del desastre, seres humanos silenciados por años por las políticas de la ex Unión Soviética. Posteriormente vino el documental del mismo nombre, el cual se focaliza en los testimonios de los testigos, científicos, maestros, periodistas, familias y niños quienes hablan de sus vidas y del desastre. Y hace más de 15 años HBO realizó Chernobyl Heart, propuesta ganadora de un Oscar que muestra qué pasó con los jóvenes nacidos con deformaciones al corazón después de la explosión de la planta nuclear en 1986.

Pero la ficción estaba en deuda. Y HBO estuvo dispuesto a saldarla con una serie imperdible, tanto así que los comentarios de los espectadores son tan conmovedores como la misma producción: “Nací en Pripyat. Tenía cuatro años cuando ocurrió el accidente. Verlo es más espantoso que vivirlo. No sabíamos con qué estábamos tratando. No es como un huracán o un terremoto que te toma por sorpresa y causa una destrucción masiva. Aquí todo parecía normal, ese día era como cualquier otro día y, sin embargo, nos dijeron simplemente que abandonáramos todo y nos fuéramos. Las víctimas inmediatas del accidente no fueron muchas, pero tuvieron un impacto enorme en las vidas de cientos de miles de personas”. “Soy de Kiev, Ucrania. Tenía dos años y medio cuando ocurrió la catástrofe. Recuerdo la década de 1980 y puedo decir que se hizo un GRAN trabajo para mostrar cada detalle de cómo era la Unión Soviética. Los teléfonos, la ropa, los cortes de pelo, la pintura agrietada de los marcos de las ventanas, incluso el cristal de la puerta es similar a lo que recuerdo… Pero lo más importante que muestra esta película es que las autoridades soviéticas nos engañaron todo el tiempo… Recomiendo encarecidamente ver esta serie. Es un tributo a los héroes que perdieron sus vidas en una llama radioactiva y nos salvaron a todos de la muerte”. “La tragedia vivirá para siempre debido a esta obra maestra inquietante, ¡qué brillante logro creativo!”.

Al mirar la serie se siente el sabor a metal en la boca y dan ganas de cambiarse la ropa para sacarse las partículas radioactivas. El calor dentro del túnel resulta tan real como los mineros que lo construyen palazo tras palazo.

HBO se la jugó con un producto que podía espantar a parte de su público, ya que en varias oportunidades resulta necesario hacer un esfuerzo mayor para seguir avanzando en la trama. En uno de los capítulos, el científico Legásov -interpretado por Jared Harris- le explica gráficamente a Boris Shcherbina -Stellan Skarsgärd-, el encargado del Kremlin para dirigir las operaciones, el efecto directo de la radiación: “La radiación destruye la estructura celular. Salen ampollas. La piel se vuelve roja, luego negra. Después hay un período de latencia. El efecto disminuye y creen recuperarse. Eso dura un par de días. Después se manifiesta el daño celular, muere la médula ósea, falla el sistema de inmunidad y se descomponen los órganos y los tejidos blandos. Las arterias y las venas se abren como coladores hasta que no se les puede dar ni morfina para un dolor inimaginable. Y entre tres días y tres semanas están muertos». Posteriormente las imágenes no se quedan cortas al ponerle cuerpo y voz a la descripción. Así es como al mirar la serie se siente el sabor a metal en la boca y dan ganas de cambiarse la ropa para sacarse las partículas radioactivas. El calor dentro del túnel resulta tan real como los mineros que lo construyen palazo tras palazo.

Aunque resulte paradójico, el responsable de esta producción es el mismo que realizó Hang Over II y las dos sagas de Scary Movie. El director y guionista Craig Manzin leyó hace cinco años una nota sobre las estructuras de contención construidas en la planta nuclear de Chernobyl. “Se me ocurrió que, como casi todos, sabía que Chernobyl había explotado, pero la mayoría de la gente no sabe por qué, y yo tampoco”, confiesa. Y quiso mostrarlo. Para eso usó su mejor arma: la ficción. Pero anclada en la realidad. “Leí mucho. Fue esencial comprender detalles como, si un joven fue enviado a la zona de Chernobyl, ¿qué ropa estaba usando? ¿Qué sabe él sobre la radiación o qué tipo de arma pongo en sus manos”. También dejó fuera material “terrible”, tan terrible que resulta inverosímil y se centró en los científicos, los trabajadores de la central, los bomberos y sus esposas, los burócratas, los jóvenes enviados al corazón de la tragedia. Su objetivo era mostrar lo que muchos callaron. Y lo logró.

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