Una lectura veraniega me hizo reflexionar sobre un tema importante que no ha sido tratado por el feminismo políticamente correcto. Se trata de El despertar de la señorita Prim (2013), una novela ingeniosa y apasionante, en que Natalia Sanmartín nos hace considerar algunos valores humanos entrañables, que se han ido perdiendo en el camino hacia lo que algunos llaman progreso y modernidad.

Prudencia Prim es una joven yupi atractiva, inteligente y eficiente, que se ha cansado del mundo progresista, acelerado y en crisis, en que ha estado inmersa. Altamente formada en las ciencias humanas actuales, acepta sin embargo un trabajo sin mayor importancia social en San Ireneo de Arnois, un pueblo que se refugia de la vida e influencias de la modernidad. Prudencia busca la belleza y el amor que no ha encontrado en un mundo que parece haber alcanzado el cénit del progreso humano.

La protagonista es sorprendida en medio de una conversación por medio de la cual intenta saber si está enamorada de su jefe. Una anciana sabia, lúcida y vivaz, que había enviudado y vuelto a casar tres veces, afirma decididamente que la base de un matrimonio razonablemente feliz es la desigualdad, indispensable para que exista admiración mutua. No debería haber igualdad de condiciones dentro del matrimonio, dice, porque solo se admira lo que no se posee.

Al leerlo me acordé, por contraste, de la descripción que hace Manent de la pasión igualitarista de nuestra sociedad democrática, que amenaza continuamente distinciones vitales para toda sociedad humana, como son aquellas entre el hombre y la mujer dentro del matrimonio. Se representa a la pareja como una asociación entre iguales, cuyo fin es obtener un beneficio o bienestar igualmente compartido, o la defensa contra un mundo exterior muy competitivo. Se tiende a minimizar la diferencia entre paternidad y maternidad en la educación de los hijos, enfatizando el ejercicio igualitario de la experiencia parental. Ya no existen tareas propiamente femeninas. La libertad se asocia con la afirmación personal, con la realización de potencialidades individuales en una carrera en la sociedad productiva actual. La inteligencia y la energía consagradas a la pareja o a la familia son consideradas como fatalidad biológica o tradición retrógrada.

Las consecuencias de ese esquema cultural en el deterioro de la familia son enormes. Pienso que la lucha justa de la mujer por tener acceso a todos los trabajos y jerarquías profesionales y políticas, como también a ser remunerada igual que el varón, no debe hacernos perder de vista un hecho antropológico fundamental: las diferencias entre el ser femenino y el ser masculino dentro de una igualdad esencial. No se trata solo de filosofía, sino de una antropología que tiene enormes consecuencias prácticas, y que debe ser considerada a la hora de establecer los derechos de la mujer en nuestra carta fundamental.