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Publicado el 17 de septiembre, 2016

Colonia: Poéticas alemanas en el paisaje maulino

La fotografía, el montaje y las actuaciones de Emma Watson y de Daniel Brühl: lo mejor de este filme dirigido por el realizador Florian Gallenberger, ganador de un Oscar en la categoría de cortometrajes (2001).

“¿Qué río enciende mi lengua con su doliente espuma?”.

Carlos De Rokha, en La colina en el cielo

Dos alemanes que están “perdidos” y enamorados en el Santiago de 1973 (se besan y se toman fotos, indiferentes a lo que ha de ocurrir…), una cámara con oficio (desplazamientos), la hechura de un encuadre técnicamente admirable (luces, composición, “regla de los tercios”), y la caída por la fuerza y la violencia, del gobierno de la Unidad Popular: elementos audiovisuales que delinean una situación de inestabilidad y de crisis, donde empero prevalecen el amor y la lealtad. La de Lena (Emma Watson) hacia el comportamiento temerario de Daniel (Brühl repite su patronímico en el elenco) y la fidelidad ideológica de este último, con la figura y la fallida administración conducida por el Presidente Allende.

Arrestos, deportaciones, torturas, y el brigadista extranjero termina detenido y cautivo ilegalmente en la Sociedad Benefactora Colonia Dignidad, la institución fundada por el prófugo Paul Schäfer, cerca de Parral, en la Séptima Región del Maule, durante 1961.  Y en ese paraje de bosques, de humedad y de afanoso trabajo de cara al sol, renacen la pasión y el compromiso, ante la bestialidad, la crueldad y la inhumanidad.

La ambientación: un campo de concentración, rejas eléctricas y armas automáticas ocultas, rodeadas por un entorno natural, de categoría paradisíaca. Belleza y barbarie civilizada se enfrentan. El resto lo hacen la cámara de Gallenberg, que se mueve, recorta, se acerca y se aleja, con una facilidad encomiable, y la interpretación de Watson: dueña de un estilo y prestancia identificables con facilidad, combina esa cualidad suya inherente, con una estructura interpretativa, que le permite mantener unos rasgos artísticos definidos, en cuanto a los distintos roles que habitualmente aborda.

Como azafata y leal enamorada, o bajo la máscara pasiva de una abnegada sirvienta de las huestes de Schäfer (el actor Michael Nyqvist), mientras recoge y pela papas, la actriz protagónica mantiene una línea y postura artística. Es ella misma, pero a la vez puede abordar el conjunto de esos rostros y situaciones, con franqueza y credibilidad psicológica, tanto de gestos, como en la forma de encarar diferentes y distintas instancias dramáticas.

Daniel Brühl (1978) confirma que debe ser, mejor dicho que es, el gran actor alemán de su generación. Luchador incansable de la causa revolucionaria, se ve detenido por las traiciones que los infiltrados del nuevo régimen, tenían antaño en las filas socialistas y comunistas. En la cancha del Estadio Santa Laura, se le denuncia como un ciudadano alemán adicto e incondicional a la derrotada Unidad Popular. Después, para sobrevivir, y luego de los apremios con electricidad a los que es sometido, se transforma en ese falso retardado con gracia, sentido de la ironía y del humor y, por qué no decirlo, también maestría.

Colonia Dignidad (Colonia, 2015), tiene bellísimos fotogramas, como cuando Lena se zambulle en uno de esos tantos estanques que en la realidad cruzan y atraviesan los campos arroceros, próximos a la ciudad maulina de Parral. La cámara la sitúa en un plano cerrado, el verde detrás, el pelo que resplandece, Watson cierra los ojos, y el agua le abre sus fauces y la recibe. Libertad, líquido, sensación audiovisual que traspasa la proyección y el holograma de la tela, donde esas mentiras viven y respiran. El sol, el calor de ese Maule ficticio en el verano (la locación de la producción es en Baviera), hacen sudar a la mujer, demudada, ahora, en trabajadora sometida a rigores y a sudores implacables. Su “carcelera” le acerca una cubeta de agua, la sed prohibida, a riesgo de sufrir una golpiza, la cabellera brilla, la transpiración, esos detalles que encuadra la cámara, los ojos de Lena, las pupilas se dilatan, y ese conjunto de “significantes”, que se transforman en un concepto de imagen, efecto de agobio, reafirmación de lucha, petitorio físico de esperanza, frente a la crueldad y el horror.

Una estética del cuerpo y de sus movimientos. El lente del realizador se encapricha con los desplazamientos de Watson. El montaje perfecto: planos en constante trance y traslado cinético de acciones narrativas. Salvo por el comienzo de la cinta, algo confuso y demasiado “rápido” (un problema de libreto), el resto de las secuencias (especialmente las que se desarrollan en el establecimiento y lugar que representa al espacio físico de Colonia Dignidad, en esa realidad diegética), son un lustroso ejemplo de cómo filmar un thriller con aristas y múltiples interpretaciones sociales, políticas, y conductuales: con intensidad dramática garantizada por lo menos hasta el plano final. Morir con las botas puestas.

El amor que nos consuela, reanima, y fortalece, la irracionalidad que jamás quiebra a los espíritus indomables y sedientos de justicia y de libertad. Colonia Dignidad es una película fuerte, y en definitiva, para nada olvidable: el efecto audiovisual que originan las golpizas a Brühl y las condiciones actorales de Watson, se roban los aplausos y la taquilla.

 

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