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Publicado el 24 de abril, 2020

Valentina Verbal: Peña, ¿entre la izquierda y la derecha?

Resulta curioso que alguien tan rigurosamente racional, y que con tanta fuerza ataca la emocionalidad que ha penetrado en la política y en los medios de comunicación, no vea —o no quiera admitir públicamente, al menos— que esa izquierda que él desea no es actualmente (y quizás por un buen tiempo más) nada más que eso: un anhelo.

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No deja de llamar la atención que alguien tan inteligente y perspicaz como Carlos Peña se lamente por la inexistencia de un “líder socialdemócrata” que le “pueda hacer frente” a la emergente figura de Joaquín Lavín. Estas palabras, expresadas el domingo pasado en “Reportajes” de El Mercurio, parecieran estar orientadas a separar aguas con la derecha, y a posicionarse como un izquierdista moderado, a la manera de Ricardo Lagos o de la otrora Concertación.

Llama la atención porque estas palabras del rector no se condicen con la agudeza a la que nos tiene acostumbrados. Tampoco, y de manera más concreta, con los lapidarios juicios que ha expresado contra el diagnóstico mainstream de la izquierda, tanto respecto de la crisis de octubre como respecto al Covid-19, actualmente en curso. Y, por último, tampoco son congruentes con la defensa que Peña ha hecho del libre mercado, más potente, sutil y persuasiva que la de cualquier intelectual público abiertamente de derecha.

Casi al final de esa entrevista, Peña dice que su deseo en favor de la existencia de un líder socialdemócrata es perfectamente “racional”, y agrega con tono imperativo que “la izquierda va a despertar del sueño de estos años para volver a lo que fue, una izquierda socialdemócrata, modernizadora, eficiente. Es su único destino”.

¿Qué posibilidades hay de que el sentido deseo de Peña se haga realidad? La verdad, y al menos por ahora, no las hay por ninguna parte.

Por lo mismo, resulta curioso que alguien tan rigurosamente racional, y que con tanta fuerza ataca la emocionalidad que ha penetrado en la política y en los medios de comunicación, no vea —o no quiera admitir públicamente, al menos— que esa izquierda que él desea no es actualmente (y quizás por un buen tiempo más) nada más que eso: un anhelo.

Eric Hobsbawm decía que, aunque trabajen principalmente con el pasado, los historiadores sí pueden predecir el futuro. Pero siempre y cuando lo hagan desde la conexión del pasado con el presente que se vive. Y a pesar de que, por cierto, algunas veces la historia nos sorprende, lo hace con acontecimientos, hechos físicos más bien que con sorpresas intelectuales. Incluso las revoluciones, que por supuesto tienen un trasfondo intelectual, suelen ser sorpresivas hasta para sus mismos protagonistas. Es lo que ha ocurrido muchas veces en la historia de Occidente, y es lo que concretamente sucedió en Chile el 18-O. A pesar de la “revolución pingüina” de 2006, del movimiento estudiantil de 2011 y de la gran cantidad de diagnósticos en favor de un malestar mayoritario en contra del “modelo neoliberal”, nadie fue capaz de predecir el nivel de violencia y destrucción que afectó al país durante cinco meses.

Y lo cierto, volviendo al tema de esta columna, es que la izquierda chilena tiene muy pocas posibilidades de llegar a levantar al líder socialdemócrata que Peña desea. De partida, para que esto ocurriese tendrían que existir partidos y coaliciones que, como ocurrió con la socialdemocracia post Guerra Fría, defendiesen simultáneamente la democracia representativa y el libre mercado con vistas a la instauración de un Estado de bienestar. Está izquierda ya no existe en Chile. Murió casi el mismo día en que comenzó a gobernar la derecha después de los 20 exitosos años de la Concertación. Desde ese momento, la izquierda chilena comenzó a adoptar un concepto de democracia y teorías económicas crecientemente incompatibles con esa socialdemocracia. Comenzó, además, a coquetear con concepciones que había abandonado al menos desde la caída de la URSS y, en general, se movió hacia la extrema izquierda, levantando electoralmente al Partido Comunista y al Frente Amplio.

Por otra parte, no hay que olvidar que desde el 2011 los partidos de la otrora Concertación ejercieron lo que Juan Linz llama “oposición desleal”, es decir, consideraron que la derecha carecía de legitimidad para gobernar. Y no por alguna razón de carácter formal, como haber llegado al poder mediante fraude electoral, sino únicamente por el hecho de que “la derecha le hace mal al país”, de que los únicos legitimados para gobernar son los partidos de izquierda. Esta es, para Linz, una de las causas fundamentales de las crisis políticas que, incluso, pueden conducir a los quiebres democráticos.

Luego de ello, y pese a dos procesos de reforma constitucional, los partidos de la otrora Concertación iniciaron un camino en reversa de deslegitimación de lo mismo que antes habían legitimado, de una manera incluso épica. Y pese a que, durante los años en que gobernaron, nunca fueron ellos tan explícitos en su defensa del mercado, al menos lo aplicaron y fortalecieron, aunque “rectificándolo” para “mejorar” la desigualdad. Pero de todos modos se trata de una concepción de igualdad distinta de la que propicia la izquierda hoy hegemónica. Mientras la Concertación propiciaba una “igualdad” en favor de los pobres, la izquierda actual (Partido Comunista, Frente Amplio y ex Concertación) hace lo propio con una igualdad contra los ricos y en contra del mercado, el único sistema económico que le ha traído progreso al país. Dicho de otro modo, mientras la Concertación quería nivelar hacia arriba, la izquierda actual parece conformarse —cuando no empeñarse— en nivelar hacia abajo.

Además, y pese a que se ha presentado como partidaria de la construcción de un “régimen de lo público”, basado en la provisión de “derechos sociales universales”, al final del día la nueva izquierda cuestiona el libre mercado en sí mismo, llamando a pensar en “nuevos modelos de desarrollo”, que no son otra cosa que la misma política de sustitución de importaciones que, durante el siglo XX, terminó en el más completo fracaso, tanto en Chile como en el resto del mundo. En una frase, la nueva izquierda busca y propugna un proyecto económico alternativo al libre mercado; lo que vale tanto como decir que la izquierda actual carece de una política económica viable.

Y si a todo lo anterior le agregamos un último componente —la creciente polarización—, no se ve por ninguna parte la posibilidad de un “líder socialdemócrata” para Chile. No se puede ver si, incluso, hasta los mismos líderes políticos que ayer fueron moderados cuando gobernaron, hoy se han radicalizado o se dejan intimidar por los radicalizados. Su ambigüedad a la hora de enfrentarse a la violencia política del 18-O da buena cuenta de ello.

Todo lo anterior, punto por punto, ha venido siendo criticado por Peña durante los últimos años, a través de varios libros y de muchísimas columnas de opinión. Y aunque constantemente busque recordarle a los chilenos que él pertenece a la centroizquierda, que es un “socialdemócrata”, lo cierto es que, otra vez siguiendo a Hobsbawm, si se une el pasado con el presente que hoy se vive, Peña de hecho ahora es —y todo indica que lo seguirá siendo por un buen tiempo— una persona de centroderecha. Todo lo centrista que se quiera, pero de derecha al fin y al cabo.

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