Finalmente, vio la luz el paquete de modificaciones al texto emanado de la Convención Constitucional que propone el oficialismo, o la parte de aquél que va por el Apruebo (porque no hay que olvidar que un número no menor de dirigentes de izquierda ha señalado, en público o en privado, que votará Rechazo el 4 de septiembre). Sobre el fondo de las propuestas se escribirá mucho en estos días —más de alguien deberá argumentar que son ideas cosméticas, insuficientes o falaces— así que prefiero centrarme en tres puntos fundamentales para comprender el debate.

Primero, el pliego presentado es un fehaciente reconocimiento de que la propuesta generada por la convención no puede ser considerada ni siquiera un texto decente. Si los cambios fueran menores, o meramente formales —como el famoso condoro en la norma de la carta de nacionalización— no habría sido necesario recurrir a la cocina, ni anunciarlos con bombos y platillos antes del plebiscito. Luego, este debe ser un baño de realidad, para muchos electores del Apruebo: si antes les dijeron que la propuesta constitucional “no es perfecta, más se acerca a lo que siempre soñé”, hoy dicha metáfora debe pasar rápidamente al cajón de las frases que envejecen mal.

Segundo, la propuesta puede ocasionar un problema aún mayor para el mundo del Apruebo: el paquete de medidas fue suscrito por presidentes de partidos tradicionales, pero ello no implica que necesariamente vaya a representar a la masa que apoyó la redacción de los 388 artículos. Los pueblos originarios y los constituyentes “del pueblo” pueden perfectamente golpear la mesa y oponerse con fuerza a estos cambios. Y al parecer lo están haciendo. Por algo el Presidente del PC dijo, apenas unas horas después de firmar el acuerdo, que “no podemos garantizar que vamos a hacer estas cosas, porque en esto tendrá que haber debate popular”. Este debe ser otro baño de realidad. Sin filtros.

Finalmente, la apertura de modificar el texto por parte de quienes hasta ahora lo defendían a rajatabla, nos hace volver el foco en la Convención. Ahora que hay bastante consenso en que el texto es defectuoso, cabe preguntarse cómo consiguió el apoyo de dos tercios de la Convención. Y la respuesta encierra una verdad incómoda: la Convención estuvo lejos de ser representativa del Chile real, y terminó siendo un mal chiste.

Es hora de enfrentar que la Convención Constitucional no buscó nunca un nuevo pacto social amplio y estable, sino que se convirtió en una cámara de eco de activistas que defendían ciertas causas, como el medioambientalismo, el indigenismo o el animalismo. Y esta falta de “visión global” es justamente lo que hoy le está pasando la cuenta. Es lógico que, en un cuerpo representativo, estén presentes ciertas minorías; pero aquí se convirtieron, dramáticamente, en supramayorías, dejando en una abatida minoría a los constituyentes que sí querían construir la casa de todos.

Este punto es importante, al final del día, pues es probable que gane el Rechazo y que después del 5 de septiembre tengamos que enfrentarnos a un nuevo proceso constituyente. Y en esto quiero ser enfático: no hay que tenerle miedo a democratizar una nueva institución, pero sí hay que exigir reglas distintas. Una nueva Convención o un comité de expertos pueden funcionar, siempre y cuando los activistas vestidos de independientes no se tomen el poder, y los pueblos originarios no estén sobrerrepresentados. De lo contrario, ya podemos augurar el resultado. La locura consiste en hacer lo mismo una y otra vez —reza una frase atribuida a Einstein— esperando resultados distintos.

*Roberto Munita es abogado, sociólogo y master en Gestión Política George Washington University.

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