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Publicado el 13 de octubre, 2018

Santiago Ortúzar: Réplica a un comentario

Investigador Instituto de Estudios de la Sociedad Santiago Ortúzar
El análisis de Benjamín Ugalde falla en notar la centralidad de la objeción de Mansuy: Hayek, sostiene Mansuy, no demuestra ninguna conciencia del rol emancipatorio que la nación supuso en el desarrollo del individualismo.
Santiago Ortúzar Investigador Instituto de Estudios de la Sociedad
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La reciente reseña de Benjamín Ugalde al libro F. A. Hayek. Dos ensayos sobre economía y moral, de Daniel Mansuy y Matías Petersen (Santiago: IES, 2018), acusa en Mansuy una relación antagónica entre el liberalismo y la forma nacional, y le atribuye una posición “antiliberal”. Para Mansuy, por un lado, el liberalismo tendría un efecto “disolutivo” sobre la comunidad; por otro, su apelación a la nación consistiría esencialmente en una oposición a los cambios (por ejemplo, la reivindicación de “movimientos identitarios colectivistas”).

 

Un punto interesante es que la reseña se centra en la tesis de Mansuy, siendo que los efectos de las formas liberales (particularmente del mercado) sobre disposiciones morales como el altruismo o la solidaridad se discuten explícitamente en el trabajo de Matías Petersen. Esto sugiere que Ugalde está más interesado en reivindicar el rol que Hayek juega en esta discusión, pues Mansuy cuestiona su defensa normativa del liberalismo, que aboga, entre otras cosas, por la superación de las fronteras nacionales. La tensión entre “individualismo” y “colectivismo”, piensa Hayek, presiona en esa dirección: trascender la “comunidad imaginada” que el Estado ha inventado, esa narrativa arcaica que pareciera justificarse sólo por obligaciones de solidaridad y altruismo que no valen en la Gran Sociedad.

 

Hayek, sostiene Mansuy, no demuestra ninguna conciencia del rol emancipatorio que la nación supuso en el desarrollo del “individualismo”. La “sociedad abierta” presupone individuos separados de las relaciones de vasallaje que primaron en épocas anteriores, pues una relación de dependencia tan rígida y jerárquica impide la emergencia del orden espontáneo que necesita el mercado. Tanto el Estado como el mercado establecen lazos impersonales y abstractos entre los individuos, algo que Hayek ve con buenos ojos: es la condición para que cada individuo tome sus propias decisiones sin necesidad de una “jerarquía unitaria de fines”. El mercado presupone la transformación de las condiciones sociales que otrora hicieron posible el vasallaje.

 

Sin embargo, Ugalde falla en notar la centralidad de este punto. Sin discutir qué clase de problemas supone esto para Hayek, simplemente reitera ciertas objeciones de sensibilidad hayekiana en contra de los “colectivistas”. Considera a Mansuy un enemigo de la “globalización” y partidario de sectores “conservadores” que “alguna vez estuvieron asociados al fascismo” y que hoy se expresan como “identity politics”. Para Mansuy, el liberalismo introduciría un “germen de decadencia” en los “estados modernos”, escondiendo un “miedo al cambio” propio de la “actitud mágica” de las “sociedades tribales cerradas” de Popper (una explicación afín al “atavismo de la justicia social” de Hayek).

 

El problema es que la objeción de Ugalde da por sentado lo que necesita explicar: si el liberalismo pudo encarnarse y volverse operativo sólo con ayuda de la nación (y el Estado), ¿eso no sugiere que la dicotomía “liberalismo/colectivismo” es menos explicativa de lo que parece? Si las economías de mercado, en términos históricos, presuponen una intervención extensa del Estado, ¿eso no implica que los “órdenes creados” no pueden simplemente explicarse como evolución social (espontánea)?

 

La imprecisión que rodea algunas de las acusaciones de Ugalde agranda el problema. Si alguien es emparentado con el fascismo, ¿no se merece una descripción más detallada de ese parentesco? ¿Es suficiente mencionar la “asombrosa similitud” con el conservadurismo “alguna vez asociado” al fascismo? ¿En qué consiste precisamente dicha similitud? Ugalde espera que aceptemos la acusación de fascismo sin describir el vínculo que conecta las dos cosas. Esta incertidumbre aumenta cuando le atribuye a Mansuy una “actitud mágica” remanente de tiempos primitivos. Porque entonces la génesis del “conservadurismo” de Mansuy remite solamente a la irracionalidad, al rechazo visceral de todo “avance, adelanto o evolución”.

 

Pero entonces Ugalde renuncia a explorar críticamente esa postura, pues la asume como aquello incapaz de enfrentarse al examen de la razón. Ese conservadurismo no admite ninguna clase de explicación (simplemente “es así”), ni ninguna clase de diálogo significativo (es insensible a cualquier razón). ¿Pero es plausible que éste sea el gran nudo de los conflictos sociales? Si el conservadurismo es sólo la negación del cambio, ¿entonces su defensa de la “sociedad libre” y la apertura al cambio no se vuelven vacías, triviales? ¿No serían simplemente la afirmación tautológica del cambio por el cambio, sin posibilidad alguna de justificación ulterior?

 

Paradójicamente, esto se explica por el sesgo normativo de Ugalde: su pretensión de justificar las instituciones liberales es tan fuerte que lo vuelve insensible a cualquier análisis sobre el cambio social y la emergencia de distintas tensiones históricas.

 

Hayek pudo haberse contentado con una narrativa así, pero no veo por qué nosotros deberíamos hacerlo.

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